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domingo, 19 de septiembre de 2010

Celebraciones bicentenarias

Esta temporada de fiestas “bicentenarias” me deja algunas reflexiones que quiero compartir con mis amigos y lectores.

Much ado about nothing es la shakespeariana frase que resume mi pensamiento al respecto. Y es de lamentarse que, una vez más, gobierno e instituciones privadas se regodeen en presentarnos una serie de eventos seudo históricos como una trama ordenada, con principio y fin, donde descuellan personajes ficcionales que no tienen un ápice de verosimilitud. Y no sólo no son verosímiles, sino que cada uno aparece retratado en diferentes versiones contradictorias: la abominable serie de Televisa – “Gritos de muerte y libertad”, de una vulgaridad apabullante -, la película “Hidalgo; la historia jamás contada”, de la cual solo ví unas cuantas escenas; la de Discovery Channel: “El grito que sacudió a México”, y la de National Geographic Channel: “Hidalgo, la verdadera historia”.

Por supuesto, no pretendo tener un conocimiento especializado en el tema solo por haber visto unos cuantos programas de televisión y leído unos cuantos libros de historia de México. Sí me queda, en cambio, la sensación de que hay una falta de rigor en el tratamiento de los especialistas – quizá por mi formación en un área donde los hechos se presentan sin subjetividad y las interpretaciones no dependen de la nacionalidad o la filiación política o religiosa de quien las hace. Así, a fin de cuentas, nuestra historia nacional termina siendo un pot-pourri de fechas, nombres y eventos desordenados y frecuentemente inverosímiles. La consecuencia es que no se entiende (ni yo ni nadie) a este país.

Ya he mencionado anteriormente algunas de mis objeciones a que se sacralice al cura Hidalgo como “Padre de la Patria”. No se requiere un gran conocimiento para llegar a la conclusión de que ni ideológicamente, ni intelectualmente, ni militarmente, ni políticamente reúne este personaje cualidades que lo hagan merecedor a tal distinción. Era miembro de un grupo de criollos conspiradores en busca de terminar, sí, con los privilegios políticos y económicos de los españoles peninsulares, pero solamente para hacerlos extensivos a su grupo, no para lograr independencia de España y menos para acabar con la hegemonía de la Corona española. Y su “grito”, no olvidemos, incluía el “Viva Fernando VII”.

Y, pensándolo bien, hay otro aspecto de ignominia que sólo se menciona de pasada en el recuento del breve paso de Hidalgo por aquella guerra: la espantosa degollina de los españoles refugiados en la Alhóndiga de Granaditas; hombres, mujeres y niños apaleados, violados y destripados por la plebe sedienta de sangre, legitimada por el “mueran los gachupines” que se había incorporado a las arengas del cura y que, aún hoy, resuena ocasionalmente en las celebraciones septembrinas. Hidalgo no quiso, o no pudo, frenar a la turba en ese momento, pero no cabe duda de que él fue quien propició los acontecimientos. ¿No sería el momento de que nuestra ilustre Comisión Nacional de los Derechos Humanos tomara cartas en el asunto y emitiera, por lo menos, alguna recomendación para los que ensalzan la memoria de quien, ahora, sería considerado un criminal de guerra?

martes, 31 de agosto de 2010

Celebración del Bicentenario

En estos tiempos de celebración del llamado Bicentenario se agudiza la confusión sobre la realidad de los acontecimientos históricos. Nunca he sido fervoroso creyente en los símbolos de nuestra historia, y creo que nos han embaucado desde los primeros años de nuestra instrucción escolar con nombres, fechas y sucesos que ni tienen importancia, ni tienen – muchas veces - un gramo de verdad.

Tengo mi domicilio cerca de una calle llamada Hidalgo, y una revisión somera de la guía de la zona metropolitana arroja la cantidad de 1,258 calles, avenidas, cerradas, callejones y otras categorías que llevan el mismo nombre. Por ociosa curiosidad busqué en el mapa de la ciudad de Londres - del Greater London, o sea, la zona conurbada- alguna cosa equivalente, y puse “Wellington” (un héroe nacional de importancia para los ingleses como quizá lo sea Hidalgo para México), con las categorías “street”,”avenue”, “road”,“lane”, “close”, “mews”, “gardens”, “grove” y “park”, que son tal vez las más usadas en la nomenclatura callejera. Encontré un total de 11 casos.

Pero toma en cuenta, me podrían argumentar, que Hidalgo es el Padre de la Patria, en tanto que Wellington no tiene esa designación honorífica, a lo que yo podría contestar que no sé a cuento de qué le inventaron a aquél dicha calidad de progenitor y, en todo caso, Wellington fue un winner, mientras que Hidalgo, al término de los escasos cinco meses en que se mantuvo a la cabeza de su movimiento puede calificarse como un loser. ¿Por qué – insisto – tanto reconocimiento, tanto homenaje, tanta veneración, a un personaje que participó sólo efímeramente en aquella compleja guerra que duró casi exactamente 11 años? Y que, por añadidura, no manifestó en ningún momento rasgos de talento político o militar significativos.

¡Uy, palabras sacrílegas! Pero es que, regresando al tema inicial, sucede que acabo de ver por la televisión, en el Discovery Channel, el primer episodio de una serie llamada El grito que sacudió a México, que trata de lo sucedido en los primeros meses de aquella gesta iniciada en 1810. Y me llamó la atención la manera como el guión se aparta radicalmente de la ortodoxia nacionalista mexicana y, sin estridencias, presenta una versión de los hechos que calificaré como muy verosímil. Hidalgo perseguía integrar a los criollos - no a los indios - a los centros de decisión política y administrativa; su propósito no era independizarse de España sino, por el contrario, apoyar a la depuesta monarquía borbónica en contra de los invasores bonapartistas; el personaje que tenía las credenciales apropiadas para liderar el movimiento era Allende, y no el cura; la Corregidora era simplemente la señora de la casa donde se reunían los conspiradores – amable y simpática anfitriona, que no participante activa -; no hubo tal Grito ni se convocó a la gente mediante la campana de Dolores la noche del sábado 15 de septiembre sino hasta el 16, aprovechando que era domingo y la gente concurría espontáneamente, de haciendas, rancherías y caseríos cercanos a Dolores, a cumplir con los ritos religiosos dominicales.

Añado que la serie en cuestión, hecha con actores no profesionales pero, como en los programa de ese tipo en ese y otros canales norteamericanos (NatGeo o History Channel), conducidos con corrección en lo que se refiere a vestuario y ambientación, ha sido asesorada por un grupo amplio de historiadores mexicanos, de la UNAM, El Colegio de México, la Universidad Iberoamericana y El Colegio de San Luis Potosí, es decir, no se trata de una visión ramplona de “extranjeros malintencionados ignorantes de nuestra gloriosa historia patria”.

Y presenta, sin tapujos, a Hidalgo como un hombre que no tenía las cualidades que lo hubieran hecho un líder revolucionario capaz de llevar a su movimiento a buen final. Su fugaz participación en la guerra, y su pronta captura y fusilamiento, se debió más que nada a los gravísimos errores estratégicos que cometió, en contra de las opiniones de Allende. Y sus seguidores, por desgracia, fueron principalmente campesinos hambrientos, y asesinos y ladrones liberados de la cárcel por el cura, todos ellos atraídos por las perspectivas del pillaje y el saqueo de las poblaciones que caían en sus manos; gente, pues, sin la disciplina que requería un ejército revolucionario.

¿El Padre de la Patria? Pues creo que no; más bien, que nos han vendido – desde la escuela primaria – a un personaje muy cuestionable. Y es que no tenemos muchos héroes: de ahí, pues, las 1,258 calles que llevan su nombre, para confusión de quienes simplemente buscan una dirección.

jueves, 22 de julio de 2010

¿Nos lo merecemos o no?

Dice el Rector de la UNAM, don José Narro, que “nuestro país no merece lo que le pasa”, refiriéndose a “los problemas seculares de nuestra historia como la pobreza y la desigualdad” y se lamenta de “la falta de expectativas, el desánimo y las desavenencias entre grupos y sectores...” y de la falta, en general, “de visión de largo plazo, compromiso con el porvenir y sacrificio de lo inmediato”.

Pues tengo que decir que disiento de la tesis del señor rector. Si es admisible hablar de merecimientos, nuestro país (y entiendo por ello a la sociedad mexicana) se merece lo que le pasa, pues las cosas a que alude el rector no son culpa de nadie ajeno a esta sociedad: no son injustos castigos divinos, ni el resultado de invasiones de ejércitos extranjeros u otras causas que pudieran explicarlo. Qué, ¿somos acaso un país de inocentes que han sido “inmerecidamente” devastados por catástrofes incontrolables cuya consecuencia son esos siglos de pobreza y desigualdad?

Esos grandes problemas del país, la pobreza y la desigualdad, están ahí porque no han sido atendidos adecuadamente por los mexicanos, desde que existimos como tales, a partir de la conquista. Tenemos casi quinientos años de existencia más o menos definida – sea como colonia de la Corona Española o como país independiente – y ni durante la colonia ni después, en los doscientos años de vida independiente que con gran alborozo nos disponemos ahora a festejar, hemos sido capaces de forjar una nación próspera, donde se hubiese abolido la pobreza y la desigualdad. Y, por supuesto, pretextos no faltan. Cierto, durante los tres siglos de colonia, la política española hacia sus dominios coloniales fue desastrosa – aunque hay que admitir que, a la postre, los resultados para España también fueron desastrosos. La Corona Española nunca tuvo interés en desarrollar los territorios bajo su dominio, pero los que vivían aquí, llámense criollos, mestizos o indígenas, tampoco mostraron la capacidad para suplir esa displicencia y el país llegó al principio del Siglo XIX con una formidable falta de gente preparada para encargarse de manejar una nueva nación. Sí, admito que la política de la metrópoli en materia económica fue de una tontería sublime al restringir la posibilidad de fortalecer ciertas actividades clave, pero que yo sepa nunca limitó de manera deliberada el acceso a la educación de la población en general. Fueron los mexicanos quienes no se preocuparon de ello, pues los que eran propiamente españoles, además de los conquistadores, siempre constituyeron un grupo numéricamente pequeño. Y es irrebatible que los que no eran españoles eran mexicanos, ya fuese como criollos o de cualquier otro modo.

Y entonces, una vez que - en medio de una confusión todavía difícil de entender para la mayoría de nosotros - se formalizó la nación independiente, los mexicanos de aquella época y sus descendientes no supieron contender adecuadamente con los problemas. Fueron los mexicanos quienes empobrecieron aún más al país y quienes nunca emprendieron una política de estado para terminar con la desigualdad social, que todavía sigue siendo una situación muy grave. Fueron los mexicanos quienes abandonaron a su suerte a los territorios del norte y pusieron las bases para que a sus pobladores les resultara más atractivo pasar a formar parte de la poderosa nación norteamericana que seguir siendo víctimas del expolio metropolitano (y sigue siendo cierto que para muchos millones de compatriotas sea más atractivo irse a vivir a los Estados Unidos, a pesar de las tremendas dificultades que ello implica). Fueron los mexicanos los que después de las guerras intestinas del período de 1910 a 1920 crearon instituciones que, a la postre, resultaron ruinosas por la falta de previsión, talento y experiencia de quienes estuvieron a su cargo. Y en todas las épocas fue la sociedad mexicana la que propició la indolencia, la irresponsabilidad, la pasividad, el desprecio por el esfuerzo y el trabajo y fomentó la escandalosa corrupción que ahora nos ahoga.

Así que no hay más remedio que admitir que nos merecemos lo que pasa. ¡Qué fácil es echar la culpa a alguien más! Y por cierto, don José, seguimos sin encontrar el rumbo en materia educativa y propiciando el éxodo de nuestras mejores gentes a buscar horizontes en otros países.

jueves, 8 de julio de 2010

Sobre la sociedad mexicana

Hace un par de días, un buen amigo español me espetó lo siguiente: - “Me parece que la sociedad mexicana es cobarde”. Añadió que su opinión se basaba en lo que diariamente lee en la prensa de aquel país, además de impresiones directamente recogidas en diversas estancias en México. Conversábamos sobre el tema inevitable de la guerra contra los narcotraficantes y el horror de las masacres que nos tienen todos los días en las noticias internacionales y, ante mi desconcierto por la franqueza de su observación, me aclaró: - “Hay que distinguir entre la cobardía individual y la de la sociedad en su conjunto; la sociedad mexicana está acobardada ante el horror que vive y no parece saber en qué dirección moverse. Leemos y escuchamos múltiples voces en México que critican acremente la supuesta estrategia gubernamental en la guerra en que se halla metido, pero nadie sabe cuál es esa estrategia y mucho menos aportan una alternativa. Quienes hemos vivido una guerra – y estamos metidos en otra, pues hay actualmente fuerzas militares españolas combatiendo en Irak y en Afghanistán – sabemos que las estrategias de guerra no se hacen públicas y menos aún están sujetas al debate popular y a la crítica de cualquiera que pase por la calle. Podemos estar en contra de la guerra misma – y hay mecanismos para manifestarnos en ese sentido – pero la estrategia propiamente está a cargo del jefe de gobierno, de sus ministros y de los generales que comandan los destacamentos militares.”

Y prosiguió: - “Quizá la sociedad mexicana esté en contra de la guerra y supongamos que la gente piensa mayoritariamente que su presidente no debió haberse metido en ella. Pero eso es asunto pasado y no tiene remedio. No me queda claro cuál podría ser, en este momento, la alternativa. ¿Deponer las armas y mandar un mensaje de capitulación a los capos del narcotráfico? ¿Pedirles perdón y rogarles que se vuelva a la situación pre-Calderón, olvidando lo sucedido, acompañado incluso por la renuncia del presidente como gesto de arrepentimiento? Pues eso es lo que se interpreta fuera de México como el clamor de la sociedad, a juzgar por lo que se lee en los artículos de opinión en los diarios, donde prácticamente no hay nadie que muestre solidaridad y llame a la unidad nacional ante la situación de emergencia que atraviesa el país.”

“Desgraciadamente – continuó – la sociedad parece haber dejado solo al presidente. Los partidos políticos, más preocupados por su jugueteo electoral, no se involucran y evidentemente prefieren que aquél sufra el desgaste y se le carguen las cuentas a él y a su partido, como indicarían los resultados de las elecciones del pasado domingo. ¿Quién salió ganando? El PRI. ¿Y creen los mexicanos que ese partido político los sacará del hoyo, después de los setenta años que manejó al país de manera tan incompetente?”

Y concluyó: - “Por eso, querido amigo, creo que la sociedad mexicana se ha acobardado. Ya podéis estar seguros de que un gobierno débil, sin apoyo social y con las actitudes desleales de los que solo buscan el beneficio político a corto plazo, será incapaz de sacar al país de la situación tan crítica en que se encuentra. Y no creo necesario advertirte de los graves peligros que corre un país con un gobierno sin autoridad y donde los líderes de opinión se solazan en criticar y deslegitimar sus políticas. Ejemplos sobran”.

Bien, pues como podrán imaginar esa conversación me ha dejado muy pensativo y sin argumentos. Ojalá quienes lean estas líneas puedan ayudar a aclarar las cosas.

domingo, 30 de mayo de 2010

Curiosas semejanzas

Jamaica, antigua colonia británica en las Antillas y hoy una de las relativamente nuevas naciones inventadas tras los movimientos independistas de los años cincuentas y sesentas del siglo pasado, tiene aproximadamente unos 2.8 millones de habitantes, es decir, más o menos la cuarenta-ava parte de la población de México. En este mes de mayo del 2010 se convirtió en escenario de una furiosa batalla entre los pobladores de barrios enteros de la capital, Kingston, y la fuerza pública, principalmente el ejército, de aquel país isleño. La reyerta se desencadenó a raíz de la decisión del gobierno local de cumplimentar una petición de extradición, por parte de los Estados Unidos, contra uno de los más reputados barones, o capos, del narcotráfico local, un tal Dudus Coke.

Solamente el lunes 24 se registraron 26 víctimas mortales durante un asalto del ejército a un barrio marginado (que lleva el pintoresco nombre de Tivoli Gardens), y hasta el momento de escribir estas líneas el saldo de la batalla es de más de 75 muertos e incontables heridos, entre habitantes de la zona y soldados. Además, por cierto, no se ha localizado al Dudus Coke, quien está protegido por los habitantes de esa barriada, decididamente opuestos – hasta la muerte, dicen - a que se ejecute su extradición. Y añade el jefe de la policía: “démonos cuenta de que estamos inmersos en una guerra”.

Mis lectores se preguntarán, ¿y ahora, a éste qué le pasa, que se fue hasta Jamaica? Pues se trata de poner las cosas en perspectiva y para ello comenzaré por hacer algunos sencillos cálculos. En alrededor de dos semanas la guerra en cuestión ha cobrado 75 muertes, que equivaldrían en una simple extrapolación lineal a 3,000 en un país del tamaño de México. Si supusiéramos que lo que está sucediendo es un episodio extraordinariamente violento y que, si aquella guerra continúa lo haría con una intensidad 10 veces menor, querría decir que en tres años el saldo en Jamaica será más o menos de 540 muertes, que equivaldrían, en México, a cerca de 22,000. Bueno, pues mi aritmética es, al menos, consistente: esa cifra es aproximadamente lo que, según diversas fuentes, ha costado la guerra iniciada contra los cárteles de la droga a principio de este sexenio. Eso es, en simplista conclusión, lo que cuesta este tipo de guerras, independientemente de las “estrategias”, asunto en el que no soy muy versado, a diferencia de lo que suelen presumir algunos comentaristas de radio y televisión que critican las políticas gubernamentales.

No terminan en esas cuestiones nuestras semejanzas con el país caribeño: resulta que el partido laborista – que actualmente gobierna la isla – tiene, desde hace muchos años, estrechas ligas con la banda criminal del Dudus Coke (se dice, por ejemplo, que el partido había contratado a un importante bufete neoyorkino para tratar, sin éxito, de frenar la petición de extradición de este peligroso personaje) y se teme que el escándalo actual los salpique al punto de afectarles en una próxima ronda electoral. No sería extraño que el numerito que protagoniza ahora el candidato del PRD en nuestro estado de Quintana Roo (también caribeño, por curiosa coincidencia), ese señor conocido como Greg, termine por revelar ligas muy pecaminosas con algún cártel y desencadenar una serie (que muchos ya esperábamos desde hace algún tiempo) de eventos semejantes en otros estados del país. Y es que no es verosímil que los cárteles que operan en Michoacán, Morelos, Sinaloa, Nuevo León, Tamaulipas, por nombrar solo algunos, hayan desarrollado su enorme potencial económico y paramilitar sin que los correspondientes gobiernos estatales – del color que fueren - hubieran tenido pleno conocimiento de lo que estaba ocurriendo a lo largo de los últimos diez o quince años.

Y, como dirían los niños pequeños, ¡ay, nanita! Me temo que no hemos visto más que la punta del iceberg. De ahí tanto interés en desviar la atención hacia los temas secundarios, como el respeto a los derechos humanos y cuestiones de ese tipo. Lo que se viene puede ser cosa seria.

domingo, 23 de mayo de 2010

En Barcelona

Apenas reponiéndome del jet-lag, que a medida que avanzan los años cuesta más trabajo remontar, hago mis reflexiones semanales. Pero la distancia permite enfocar mejor y, aunque se pierde mucha información de detalle, el contexto es más amplio. El día a día en México produce un estruendo mental que limita las capacidades de análisis: tanta información, tan poca sustancia; hay que hacer todos los días un molesto filtrado de la noticia periodística impresa y televisada para quedarse, muchas veces, con nada.

Y, desde luego, no es que falte material; lo que sucede, creo, es que los informadores no tienen capacidad para discernir el trigo de la paja y, además, con un objetivo de carácter comerical, en un país con tan pocos lectores, para qué perder el tiempo en temas abstrusos si resulta más atractivo el regodeo barato con el último secuestro, la última batalla campal entre sicarios o el último asesinato – y éste, mientras más tarde en resolverse, mejor, pues cada día habrá nuevos y más jugosos detalles para añadir a la trama, como si fuera una telenovela; un culebrón, que dicen en España.

Hoy domingo compruebo, una vez más, que si hago el ejercicio con seriedad me toma alrededor de una hora leer El País, que es el diario cuyo contenido se ajusta más a mis gustos. Y me desconsuela pensar que en México no haya un solo periódico cuya lectura requiera arriba de diez minutos (excluyo aquéllos que por higiene mental ni siquiera se me ocurriría comprar). Curiosamente, contrasta la calidad de este diario (y del Vanguardia, éste de origen catalán) con la relativa pobreza de los programas noticiosos de la televisión española.

Y, a pesar de la crisis de la economía española, que parece de magnitud pocas veces vista, la vitalidad aparente de la ciudad – Barcelona – sigue magnífica, como siempre. No quiero pensar en los millones de personas en paro ni en las medidas de austeridad que ha debido tomar el gobierno – si bien tardíamente – y que tendrán un altísimo costo político que, me temo, tendrán como consecuencia la vuelta al poder de la derecha recalcitrante. Aquí, las calles, como siempre, repletas de gente alegre; los maravillosos parques – que gozamos mi mujer y yo haciendo ejercicio en la bicicleta dos o tres veces por semana - por no hablar de la gastronomía, tanto en la calidad de la materia prima como en su confección en los restoranes que ocasionalmente visitamos. En fin, que se disfruta esto, aprovechando un poco la relativa tunda que se ha llevado el euro como resultado de los desastres económicos de Grecia y España que arrastran a los demás países europeos, como un peso muerto atado a un náufrago. A nosotros nos cuesta trabajo entender la manga ancha (y no lo digo por España, desde luego) con que la Unión Europea abrió las puertas a países que no estaban en las mismas condiciones de desarrollo y que, me cuesta decirlo, tienen como principal producto de exportación a los mendigos y malvivientes que ahora pululan por las calles de París, Madrid o Barcelona y que han alimentado, por desgracia, la xenofobia feroz de los Berlusconis y otros sátrapas semejantes (en comparación con lo que sucede en Italia, la SB1070 de Arizona no pasa de ser paños calientes).

Y en otro orden de cosas, me he metido de lleno a la más reciente tecnología para leer libros: recibí un espléndido regalo, el artefacto llamado Kindle, que –como seguramente todos mis lectores saben – sirve para leer libros o cualquier otro material impreso o producido en una computadora. Tenía tiempo meditando sobre la conveniencia de adquirir uno, pero indeciso como soy, no pasaba de ahí. Me resolvieron el problema, y debo decir que estoy encantado con el aparato. Me apresuro a decir que, en mi opinión, no existe conflicto con el libro impreso y que no veo que, en un futuro a mediano plazo, éste vaya a desaparecer. Tengo libros con los que llevo una larga relación sentimental y nunca me desharía de ellos; pero para ciertos propósitos, como cuando uno está de viaje, resulta muy fácil y económico cargarlos en el Kindle y llevarlos conmigo: veamos, me ha costado menos de dos dólares comprar las novelas cortas de Melville y bajarlas del cielo en menos de 20 segundos, de modo que, aunque tenga la edición impresa, no me importa tener esta redundancia. Es muy impresionante darse cuenta de que el catálogo de Amazon para Kindle cuenta con más de 400,000 títulos de libros. La versión original de Moby Dick cuesta 3 dólares, lo mismo que el texto completo del Quijote en español. Tiene incorporado el New Oxford Dictionary, y puede bajarse una enciclopedia en español a muy bajo costo para su consulta en línea sin tener que moverse; puede accederse de forma inmediata al buscador Google, o a Wikipedia, o cargar documentos propios directamente desde la computadora. Tiene la opción de escuchar el texto en audio, con voz femenina o masculina, al gusto, y a la velocidad más cómoda para el usuario. Sin duda, tiene algunas limitaciones, pero como complemento es fantástico. Bueno, parezco vendedor de Amazon, pero estoy convencido de que es un prodigioso avance tecnológico.

domingo, 2 de mayo de 2010

Un intento de predecir el futuro

Un poco de reflexión y serenidad ante lo que viene sucediendo desde el principio del sexenio me lleva a concluir que tenemos por delante unos siete u ocho años hasta que se comience a ver la luz al final del túnel. Me refiero, claro, a la época de violencia abierta que se desató con la llegada del presidente Calderón al poder y que ha marcado, desgraciadamente, su gobierno. Terminará cuando la interacción de los varios factores involucrados en esta guerra interna llegue a calar a fondo y se acelere el inevitable desgaste de las fuerzas del mal - siempre y cuando el Estado mexicano no deponga las armas y capitule el próximo sexenio, lo que no es improbable, a la luz de lo que se percibe en los frentes políticos.

Está, en el trasfondo, el descomunal monto de los recursos económicos que mueve la delincuencia organizada. De un lado, pues, se tiene la capacidad de organización de los capos, la agilidad de su actuación, que no tiene que respetar reglas de ninguna especie más que las propias; la facilidad para reclutar, entrenar y mantener una fuerza irregular, pero disciplinada, de sicarios; la posibilidad de obtener armamento sofisticado sin limitaciones, gracias a la laxitud de las leyes del otro lado de la frontera norte y, por último, la eficacia de sus métodos para estar siempre informados sobre los movimientos estratégicos y tácticos de la fuerza pública que los enfrenta. En realidad, y por fortuna para nosotros, lo único que impide que hayan ganado la guerra desde las primeras etapas es que no se trata de un enemigo único, sino de un conjunto de facciones que luchan entre ellos, con gran primitivismo, por la conquista de territorios. No me cabe duda que la espeluznante cifra de muertos a causa de esta guerra es producto de las pugnas entre esas facciones: que si se unificaran para combatir al gobierno, la guerra habría terminado hace mucho.

Por el otro lado, hay un gobierno debilitado por las fuerzas políticas que, como aves de carroña, preferirían la derrota de las instituciones para repartirse el botín y seguir medrando, aunque ello supusiese una especie de pacto tácito con la delincuencia organizada – como había venido sucediendo hasta antes de este sexenio. En efecto, la decisión del presidente Calderón de enfrentar abiertamente a las bandas criminales, pomposamente llamadas cárteles, echando toda la carne disponible al asador y utilizando las únicas fuerzas relativamente confiables, como el ejército y la armada, destapó un proceso brutal de enfrentamiento contra el gobierno federal, además de sacar a la calle las guerras internas en la disputa territorial de las bandas organizadas. Esto no había sucedido antes, aunque las bandas criminales ya existían desde hace mucho. Eso solamente se explica sobre la existencia de un acuerdo con ellos, e inevitablemente uno tiene que concluir que ése era el caso en Chihuahua, Nuevo León, Tamaulipas, Michoacán y Morelos.

La consecuencia lógica de ello ha sido la reacción asustada de una sociedad que había vivido en aparente calma y que súbitamente se dio por enterada, con el regodeo de los medios amarillistas, de que hay terribles asesinatos, masacres horrorosas, gente decapitada, mutilada y colgada en lugares públicos. No sorprende que la mayor parte de las protestas sean contra las fuerzas armadas: como que hubiésemos estado mejor como era antes de que entraran en acción, y las inevitables víctimas inocentes siempre se achacan a sus elementos. Hay desgarramiento de vestiduras y de indignación por las violaciones a los derechos humanos que cometen soldados y marinos. Pero hasta ahora no recuerdo que los santones de los organismos dedicados a predicar y hacer el bien se hayan quejado una sola vez de que los narcotraficantes y sus sicarios también violan los derechos humanos. ¿Qué es lo que pasa?

Si a eso se añade la viscosidad indescriptible de la burocracia gubernamental, la falta de tamaños y experiencia de los responsables de la mayoría de las dependencias federales y estatales involucradas en el combate, los increíbles niveles de corrupción y deslealtad en los diferentes organismos policíacos y, por añadidura, la desvergüenza de legisladores y asambleístas que disfrutan poniendo trabas a la gestión presidencial, es sorprendente que no se haya perdido la guerra hasta este momento. Ha de ser cierto eso de que a la larga, el bien siempre triunfa sobre el mal. A pesar de todas las circunstancias.

Harto, como estoy, de todas esas zarandajas, me dí a la tarea de leer directa y personalmente la famosa Declaración Universal de los Derechos Humanos, y me encuentro de sopetón, para empezar, con que Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. ¡Atiza! Estaremos de acuerdo, espero, en que este primer artículo lo violan todas las partes involucradas, sin excepción. ¿Y como es que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos no ha procedido a hacer declaraciones y actuar contra los secuestradores y curas pederastas, que han infringido hasta el extremo el artículo de marras?

Volviendo al tema de inicio, creo razonable suponer que tenemos para siete u ocho años todavía. En ese tiempo habrá un desgaste considerable dentro de las bandas, que dedican mucha de su energía en liquidar sicarios de las partes contrarias, y poco a poco irán sufriendo las consecuencias de restricciones cada vez mayores en cuanto a lavado de dinero y, por otra parte, las fuerzas gubernamentales, si es que no se rinden antes, habrán ido adquiriendo experiencia, capacidad y profesionalismo y encontrado la forma de salvar las trabas que maliciosamente se les ponen enfrente. Por ahora, la lucha es muy desigual, pero el tiempo opera a favor del gobierno federal. Igual y saldremos adelante...

domingo, 25 de abril de 2010

NUEVA AGENCIA ESPACIAL MEXICANA (!)

Nos encontramos esta semana con la estremecedora noticia de que, al fin, se creó la AEXA, sí, la Agencia Espacial Mexicana. La Cámara de Diputados, en un acto de inusual consenso, dio luz verde a este proyecto, que parecería ponernos – al menos en el papel – en la misma línea de los países más desarrollados, los que han dedicado ya cuantiosos recursos a la exploración del espacio exterior y que han logrado con ello progresos enormes en materia de descubrimientos científicos y desarrollos tecnológicos.

No sé bien de qué se trate este asunto, y mi primera reacción, una vez repuesto de la sorpresa, ha sido de desconcierto y saludable escepticismo. ¿La Cámara de Diputados, ese grupo variopinto mayoritariamente compuesto de zafios ignorantes, decide crear un organismo cuya complejidad excedería por mucho a la de, por ejemplo, la agencia de exploración, explotación y distribución de derivados del petróleo, alias Pemex? ¿Cómo, cuándo y a quién se le ocurrió tan temeraria idea?

Evidentemente no tienen nuestros diputados la menor idea de lo que han parido. Para empezar, no es el mejor momento de iniciar un proyecto de esas dimensiones. No hay condiciones para iniciar una institución nueva que, por principio de cuentas, requeriría de recursos humanos y económicos que no existen. Pensemos nada más en los extravagantes proyectos de Ebrard (el “doctor” Ebrard, como irónicamente le llama Jacobo Zabludovsky), el segundo piso en el Periférico y el tranvía del Centro Histórico, que supuestamente serán financiados por el sector privado, dado que las arcas públicas están vacías.

Peor aún, un proyecto como la agencia espacial de marras necesitaría un arropamiento jurídico que lo pusiera a salvo de la viscosidad reglamentaria y operativa que ahoga a todos los organismos descentralizados y paraestatales. ¿Estaría a salvo, a diferencia de Pemex, la Comisión Federal de Electricidad, el Instituto Mexicano del Seguro Social y la UNAM – por nombrar sólo unos cuantos -, de tener un sindicato corporativo que hiciera su operación tres o cuatro veces más cara que en empresas homólogas de otros pasíses? ¿Tendría autonomía efectiva para establecer sus planes y programas de desarrollo por encima de los ciclos sexenales que hacen que en México sea imposible la planeación a largo plazo? ¿Podemos imaginar que el responsable de su funcionamiento no tuviera que presentarse obligatoriamente a la farsa estúpida de las “comparecencias” ante los legisladores para ser sujeto de escarnio y mofas por parte de analfabetos cuya único propósito es humillar al funcionario en turno, como tantas veces hemos visto en el pasado reciente? ¿Se imagina el lector tener que pasar por los infernales procesos de licitación para contratar los miles (si, auténticamente miles) de estudios técnicos y adquisiciones de instrumentos y materiales que son indispensables para un proyecto de esta naturaleza?

Un vistazo al sitio web de la NASA, la agencia espacial norteamericana, podría ser muy ilustrativo para los diputados (y, tranquilos, hay una página en español) y tal vez les abriría un poco los ojos. Verían que tiene una historia formidable: creada en 1958, pudo en apenas once años culminar el gran proyecto tecnológico del Siglo XX, llevar a los primeros hombres a la luna, en julio de 1969. Puedo pronosticar que dentro de once años nuestra naciente AEXA no habrá ni siquiera obtenido los terrenos para construir sus instalaciones. Y no bromeo; ¿recuerdan cuánto tiempo tomó la decisión para autorizar la construcción de una nueva refinería para Pemex y, luego, encontrar y obtener los terrenos para ubicarla?

En cuanto a recursos humanos, tiene la NASA una planta de alrededor de 18,000 personas, de los cuales casi 12,000 son científicos e ingenieros. ¿Dinero? Casi 19,000 millones de dólares para este año. ¿Proyectos? La luna, Marte, Júpiter, el telescopio Hubble,..., en fin.

¿Y nosotros? No tenemos ni siquiera una masa crìtica de gente formada en cuestiones tecnológicas relacionadas con la investigación aeroespacial. Y claro que podríamos formarla (en unos veinte o treinta años), pero no la tenemos ahora. Y, la guinda en el pastel: autorizaron los legisladores un presupuesto de ¡10 millones de pesos! para iniciar operaciones. No alcanzará ni para pagar a frailes, monjas y pobres, para que rueguen a Dios por el éxito de las misiones espaciales que habrán de emprender (parafraseando al Gran Capitán).

Ah, y por si fuera poco, ha sido el ahora diputado Reyes Tamez el impulsor del descabellado proyecto, seguramente preparando una posible jugada en la que podría él quedar al frente de la agencia. Ya vimos cómo, en su paso por la Secretaría de Educación Pública, en una de las gestiones más desangeladas y mediocres de que se tenga noticia, no fue capaz de lograr nada que significara una modesta mejoría en los abismales niveles de la educación pública del país.

Bueno, se me ocurre que tal vez podríamos proponer que al ejecutivo responsable de dirigir la AEXA se le obligara a presentar y aprobar la prueba ENLACE (creada en el sexenio de Tamez para medir el desempeño escolar en las escuelas públicas). Así tal vez quedaríamos vacunados contra tan alarmante posibilidad.

sábado, 17 de abril de 2010

Opinar no cuesta

Lo que nos faltaba: ahora hasta el conocido cantautor nos da su opinión sobre la estrategia del gobierno en la guerra contra los cárteles de la droga. Dice Joaquín Sabina (Reforma, 13-04-2010) “Calderón fue muy ingenuo, por decirlo de buena manera, cuando planteó esa batalla” (¿cómo sería si lo llega a decir de mala?). Y bien, noblesse oblige, el Presidente asistió con entusiasmo al concierto de Sabina, Vinagre y Rosas, como para dejar claro que el quehacer del cantante está en cantar y no en hablar de lo que no sabe. Que una cosa es la libertad de expresión y otra usarla para andar soltando -por decirlo de buena manera- cualquier sarta de tonterías.

Sí, todos estamos hasta la coronilla con lo que pasa en México. Los crueles asesinatos, la violencia indiscriminada, las amenazas, las extorsiones, los secuestros, en fin, un panorama aterrador. Pero también yo estoy hasta la coronilla de las opiniones ligeras vertidas a diestra y siniestra por columnistas y políticos ignorantes e irresponsables – y ahora hasta por cantantes populares, hágame usted el favor. Tenemos, de un lado, a bandas delictivas con enormes recursos económicos; con armamento moderno y abundante; con una buena organización y capacidad de corromper a las policías estatales y municipales para mantenerse informados y protegidos; pero, sobre todo, con una total falta de miramientos y respeto a las normas de la vida civilizada (si es necesario, extorsionan y secuestran; si es necesario, incendian; y si es necesario asesinan con lujo de violencia; en otras palabras, no tienen que respetar otras reglas que las suyas). Por el otro lado, un gobierno relativamente ineficaz, cuyas bases están podridas por las muchas décadas de complacencia y corrupción, sin experiencia en el manejo de situaciones tan complejas como la que estamos viviendo (y no me refiero al gobierno de Calderón nada más; ninguno de los gobiernos que lo precedieron desde 1920 hasta el 2006 –salvo quizá el de Calles- ha tenido que hacer frente a enemigos tan belicosos y terribles como los de ahora); todo ello agravado por la falta de apoyo político, por la desconfianza de la gente y por la viscosidad institucional que lastra las acciones del gobierno federal.

Y ya quiero ver al sucesor de Calderón, sea quien sea, enfrentado a esto. Las críticas que hoy recibe el presidente me recuerdan al inefable Fox, que se mofaba de la torpeza del gobierno federal frente al sainete zapatista de 1994, y afirmaba que “lo de Chiapas lo arreglo yo en quince minutos”; y ya vimos que no, ni en quince minutos ni en quince meses arregló nada – el problema solito se murió de hastío. Por desgracia, el problema de la delincuencia organizada y del tráfico de drogas, que indudablemente heredará el próximo gobierno, no se morirá de hastío. Y, una vez más afirmo, la legalización de la droga solamente funcionaría si se implementa simultáneamente en todo el mundo -sobre todo en los Estados Unidos- porque de otra manera México se convertiría en el centro mundial de producción, comercio y contrabando de enervantes; y no dudemos que los norteamericanos de inmediato nos cerrarían la frontera y nos impondrían el embargo económico y comercial (que el de Cuba sería de broma). En verdad, sí que se necesita ser ingenuo para suponer lo contrario.

A diferencia, pues, de tanto comentarista y locutor de radio y televisión y de tanto político ignorante, yo no la veo tan fácil y no me atrevo a decir ni que la estrategia está equivocada ni, por supuesto, cuál sería la buena. Lo que de verdad no entiendo es que haya quien quiera ser presidente para la próxima.

Y bueno, para rematar con algún tema ligero, me tocó hace días escuchar por la radio una entrevista que le hacía una conocida locutora al Secretario de Eduación Pública. El tono de las preguntas era de una familiaridad que chocaba con la investidura del entrevistado: Oye, Alonso, ¿y por qué tal cosa? oye, Alonso, ¿y por qué tal otra?, interrumpiéndolo a cada momento cuando el funcionario de marras trataba de dar contestación al interrogatorio. Pero el colmo fue cuando, en cierto momento, le dice: Alonso, perdona pero tengo que hacer un corte comercial; ¿me puedes esperar para seguir la entrevista?
¡Y el otro le contesta, sí, Denise, con mucho gusto, aquí espero en la línea!

¿Se imagina usted, por ejemplo, a don Jesús Reyes Heroles tolerando ese trato? No cabe duda: ya no hay clase; se ha perdido hasta la dignidad...

sábado, 10 de abril de 2010

Nuevo castigo para la capital

Doce años llevamos ya de gobierno perredista en la sufrida capital del país, doce. Cárdenas, Robles, López Obrador, Encinas, Ebrard. Doce años en que la administración municipal de una de las mayores urbes del mundo no ha demostrado estar a la altura de sus problemas, que son en verdad enormes y que por tanto habrían requerido una calidad (experiencia, talento, motivación) extraordinaria en quienes están a cargo de buscar las soluciones.

Y me pregunto yo, ¿por qué? ¿Por qué la ciudad de México ha caído – al parecer irremisiblemente -en manos de las tribus del PRD? A diferencia del resto de las grandes ciudades de nuestro país, en las que gobiernos estatales y municipales se suceden en una saludable alternancia (que no necesariamente exitosa), aquí parece que no hay forma de salir del hoyo y que, pase lo que pase, los otros partidos no tendrán nunca la posibilidad de ganar una elección para gobernar la ciudad.

Porque, como quiera que sea, razones muy evidentes hay para constatar que la calidad de vida en nuestra megaurbe ha venido deteriorándose año con año. Y que el gobierno de la ciudad nos toma por imbéciles ofreciendo el panem et circensis del imperio romano, el pan y circo con que se adormece a las multitudes y desfoga las inquietudes de fondo. Sí, veamos: por un lado se obsequia a los “viejitos” de sesenta y más años una pensión en metálico (un acto populista sin sentido, sin fundamento económico ni racionalidad); se mantienen tarifas ruinosas en los servicios municipales de transporte (con lo cual you get what you pay for); se mantiene la tolerancia al comercio ambulante (con la consecuente evasión fiscal) y, por otro, se tima a la gente ofreciéndoles embelecos como las pistas de hielo en la época navideña, en el Zócalo y a todo color (para que vean que no sólo los ricachones en Rockefeller Center pueden disfrutar del invierno) y las inefables playas artificiales que proporcionan material para un museo de los horrores.

¿Cómo es que no hemos podido en todos estos años exigir más seriedad al gobierno? Bueno, qué remedio, tenemos el que nos merecemos.

Ahora nos anuncian la construcción de otro segundo piso en el Anillo Periférico (que, bien mirado, no tiene nada de periférico), aduciendo que la ciudad está punto de colapsarse por los problemas de tráfico vehicular y que ésa es la solución.

¡Pero la ciudad está a punto de colapsarse por otras razones! Menciono solamente algunas: la inseguridad, que hace ya muy riesgoso salir a la calle a pasear, abordar un taxi o dejar la casa sola un fin de semana; la escasez de agua, que amenaza con volverse dramática en el corto plazo; la fragilidad del sistema de drenaje, que cada año causa inundaciones de enormes consecuencias sociales y económicas; la recolección de basura, que es cada vez menos eficaz y amenaza con una catástrofe ambiental, y la falta de un sistema de transporte público como el que tienen todas, sin excepción, las grandes ciudades en el mundo. ¿Por qué el gobierno de la ciudad no le entra a estos problemas, de importancia fundamental? ¿Por qué, por ejemplo, el sistema de transporte público mantiene la propiedad privada, atomizada, de los ”microbuses”, ineficientes y causantes de buena parte del caos vehicular?

Ahora bien, si el gobierno de la ciudad piensa que el problema fundamental es aliviar la circulación vehicular, ¿cómo es que no ha pensado en otras posibilidades mucho más económicas y eficaces? Se me ocurre, por ejemplo, la prohibición de bloquear con marchas o plantones el tráfico en las arterias y calles, factores causantes de la mayor parte de los problemas de congestión (se aducirá que eso sería limitar la libertad de expresión, pero a mí me parece obvio que la libertad - cualquier libertad - está acotada por los derechos de los demás: en este caso, el derecho de transitar por las calles y de llegar a su casa, a su trabajo, o al cine, si a uno le da la gana, a tiempo y sin trabas). Y, al mismo tiempo, establecer las bases de un buen sistema de transporte colectivo municipal – como en todas las grandes ciudades: Nueva York, París, Madrid, Londres, Barcelona, Berlín – donde la gente no tiene que desplazarse utilizando el vehículo propio.

Pero, ¿quizá estoy siendo demasiado ingenuo? Y es que, entonces – me entra la duda – ¿si no, a quién se le otorgarían los jugosos contratos que la obra del Periférico va a generar? ¿De dónde saldrían los fondos adicionales para financiar las campañas electorales que tenemos en puerta? A lo mejor eso explica todo...

sábado, 3 de abril de 2010

Pasión y muerte conmemoradas

Se acerca el fin de esta temporada de asueto, disfrutada a tope, que me ha permitido con calma hacer algunas reflexiones sobre las festividades religiosas que en estos días se conmemoran en el mundo cristiano.

Los eventos principales, los relacionados con los problemas que culminaron en la muerte de Jesús hace ya casi dos mil años, son el tema de los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que ahora quise leer con detenimiento (alguna vez, me dije, hay que hacerlo, y me queda ahora la duda de que la mayor parte del mundo católico haya hecho lo mismo) para poder valorar con más justedad lo que sucede en la llamada semana santa.

La lectura de los dichos evangelios requiere, debo decir, de una buena dosis de paciencia pues, como mencioné en la entrega anterior, no tienen una calidad literaria muy elevada. Me apresuro a aclarar que no habría razón para que la tuvieran, ya que sus autores no eran gente ilustrada – como se infiere de lo que en cada evangelio se dice a propósito de ellos. Y el que estuviesen llenos del Espíritu Santo (cito textualmente a Lucas: 24,45: les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras, y Hechos de los Apóstoles: 2, 4), como calificación para sus trabajos apostólicos ulteriores, no necesariamente les confería dotes de escritores.

Pues encontré que lo que es propiamente la Pasión y Muerte de Jesús, digamos, a partir de su arresto hasta su crucifixión, resurrección, últimos días con sus discípulos y ascensión al cielo, ocupa solamente una fracción pequeña, alrededor de 15 por ciento, del total del texto en todos los casos. Y, por favor, no se me malinterprete pues no lleva esto ninguna intención ofensiva ni peyorativa, pero el tono de esa última parte en los cuatro escritos no es especialmente dramático ni difiere del resto en otro sentido. Es, a mi entender, simplemente una narración de hechos.

No entiendo, pues, por qué los hechos inicial y final en los evangelios, a saber, la anunciación, concepción o encarnación (asunto espinoso que, por cierto, solamente se toca en Mateo y en Lucas) por un lado y, por el otro, la pasión y muerte, han sido inspiradores de tantísima producción artística, lo mismo en las artes plásticas que en la literatura y la música. Las visitas – casi imposibles en estas épocas por la tremenda afluencia turística – a los grandes museos en todo el mundo nos ofrecen, con gran profusión, anunciaciones, madonne col bambino y crucifixiones, mientras que otros episodios de la vida de Jesús son infrecuentes. Y la grandiosidad de las obras musicales relativas a esos hechos es formidable. Pero no me parece que la sola lectura de los textos del Nuevo Testamento haya podido ser tan inspiradora para los grandes genios de la pintura y de la música. No llego a comprenderlo, aunque admito que a lo mejor es esencialmente un asunto de fe – y del mecenazgo de los jerarcas eclesiásticos, que algunas cosas buenas también tenían.

En todo caso, es curioso que se dé más relieve a la muerte de Jesús que a su vida. Se puede o no estar de acuerdo con sus puntos de vista, pero, ¿por qué se le ha dado, históricamente, una importancia tan grande a su muerte, cuando que, en realidad, es la doctrina que predicó en vida la que habría de celebrarse?

Esta semana se dedica a las formas más vulgares y desagradables de conmemorar aquellos hechos. Y no solamente en México, donde la chabacanería de la celebración de la Pasión de Jesús alcanza niveles inefables, sino también en el resto del mundo católico, según pude ver ayer en la televisión: desde las multitudes en el Vaticano aclamando al maltrecho Ratzinger, cuyo semblante no disimula los efectos de la tempestad que amenaza con dañar irremediablemente a la iglesia católica; las procesiones en Sevilla, con sus encapuchados, que recuerdan al siniestro KuKluxKlan, y otras atrocidades, como en las Filipinas, donde los protagonistas son efectivamente clavados, con clavos reales, a las cruces que rememoran lo sucedido en el Gólgota.

¿Por qué, me vuelvo a preguntar, se ha extendido tanto la conmemoración de su muerte y no tanto de su vida? ¿Por qué no hay en el resto del año ningún período destinado a celebrar sus enseñanzas? Quizá, me aventuro a decir, porque en realidad no hayan penetrado más allá de la piel de sus seguidores.

domingo, 28 de marzo de 2010

Reflexiones de la semana santa

La semana que comienza (anticipadamente, pues hoy es domingo) es - nos dicen - de recogimiento y reflexión. El mundo católico conmemora la pasión, muerte y resurrección de su personaje central, en tanto que los países de tradición protestante - incluyendo la anglicana que, en estricto rigor, no debería señalarse como tal – lo hace hasta la semana siguiente, la de Pascua. La diferencia es que, mientras que unos reviven los eventos trágicos que culminan con la resurrección de Jesús, los otros inician con este dichoso suceso las correspondientes celebraciones. Y, en todo caso, para el resto del mundo la cuestión pasa más o menos inadvertida, y no pasemos por alto que, del total de la población del planeta, apenas una tercera parte se clasifica dentro del cristianismo.

Bueno, en todo caso, había pensado que la tarde de ayer podría dedicarla a escuchar la Pasión según San Mateo y acompañar la música con una lectura devota del correspondiente texto en el Nuevo Testamento. Pero no se dieron las condiciones, ya que competían contra mi propósito dos estrepitosas fiestas, al otro lado de la barranca frente a mi casa, la una con cumbias y la otra con mariachis, las dos a todo volumen, amplificado por la orografía del terreno. Es incompatible una cosa con la otra. En la sociedad mexicana no existe la noción de respeto al prójimo y menos, por lo visto, en la semana llamada santa.

Y la única conclusión a que pude llegar antes de verme obligado a cancelar mi propósito es que, curiosamente, el texto bíblico no es más que un pálido reflejo del esplendor musical surgido de la portentosa imaginación de Bach. En fin, habrá que reflexionar sobre el proceso espiritual que llevó de la narración - un poco confusa por lo esquemática y deshilada - de aquel episodio a la creación de una de las más deslumbrantes obras de la música occidental. Si se despoja al evangelio del aura de misterio y superstición que suele encontrarse en los templos católicos – que son, estoy seguro, el único lugar donde la gran mayoría de la gente ha tenido contacto con ese texto, a través de los sermones, fervorines y homilías que ahí dictan curas pomposos y arrogantes – y se hace su lectura de manera desapasionada y objetiva no logra entenderse su influencia en el arte y, en general, en la cultura occidental. Los misterios de la fé... y la realidad del poder (en otras épocas) omnímodo y brutal de la iglesia romana que no admitía desviaciones so pena de castigos terribles.

Esta semana tendrá lugar uno de los espectáculos paganos derivados de la tradición religiosa en México, a saber, la recreación de la crucifixión de Jesucristo. Una exhibición que se ha asentado ya irremisiblemente en la cultura popular de la capital del país y que carece, a mi juicio, de cualquier rasgo de calidad artística – tiene mucho de circo y casi nada de teatro – pero que año tras año congrega multitudes morbosas para ver a un pobre muchacho panzón cargar una pesada cruz y sufrir todo género de maltratos por parte de una banda de fascinerosos disfrazados conforme a una visión hollywoodesca de lo que podría ser un soldado romano. Lástima que sigan alentando estas prácticas lastimeras (por su vulgaridad y mal gusto) que bien poco tienen qué ver con una tradición religiosa bien fundada. Ya puestos en eso, ¿por qué no mejor propiciar la presentación de conciertos con la música de la Pasión, de Bach o de otros excelsos compositores? ¿En cuántas iglesias de México se toca - aunque fuera fragmentos, para no aburrir demasiado a la concurrencia - música religiosa de calidad? Esta carencia refleja, por supuesto, la ignorancia de los curas.

domingo, 21 de marzo de 2010

Eventos del día

Varios de mis corresponsales me han conminado a dejar el tono pesimista – hasta catastrofista – que suele, según me dicen, marcar estas modestas notas semanales. Con gusto lo haré, aunque debo añadir que no será fácil tarea desprenderse de las sensaciones de angustia que deja la lectura de la prensa cotidiana. Y con ese propósito en mente pasaré, primero, a comentar la esperada carta pastoral del señor Ratzinger que, bien vista, no pasa de ser, como ya lo había sospechado, pura “agua de borrajas”.

Frases como “deberán responder no solamente ante dios, sino también ante la justicia terrena” llevan a pensar, por un lado, que dios debe haber estado ocupado en otras cosas y no ha considerado de suficiente monta los crímenes de sus ministros en la tierra, los curas pederastas y, por otro, que la justicia terrena parecería haber estado a la espera de que el jefe de la iglesia romana autorizara su intervención en el asunto (vaya que ha tardado; igual que dios, ha de tener otras cosas más apremiantes). “Ofrece disculpas a las víctimas”: esto me suena a burla, aunque está peor lo de que ha “ordenado una misión mundial para todos los sacerdotes y religiosos, que consistirá en retiros, predicaciones y ceremonias”, según reporta el diario Reforma (21-03-2010). Pues si cree que con esto va a solucionar el problema... Como dije en mi anterior entrega, en otras épocas la justicia divina era más directa y expedita.

En otro orden de cosas, hoy me ha despertado la salva de petardos con que en este país se saluda a santos y próceres de la patria. Ya el pasado viernes el festejo del esposo de María y padre virginal de Jesús había provocado a tempranas horas descomunal estruendo, y el de hoy, aunque dedicado a la celebración del natalicio de un prócer menos estimado por la iglesia, no le fue a la zaga en cuanto a frecuencia y volumen. Y resignado a no poder conciliar el sueño en esas condiciones, me fui mentalmente deambulando hasta que, por una natural asociación de ideas, llegué al tema del mentado bicentenario que se festeja este año.

Y me hago la misma pregunta que en el caso del primer centenario: ¿qué es lo que con tanta enjundia vamos a celebrar en el segundo? ¿La Independencia? Claro que no me voy a meter en minucias históricas que han sido ya exhaustivamente estudiadas por los especialistas, pero hay ciertos aspectos sobre los que creo que hay un acuerdo general y que vale la pena dejar asentados en este momento: a) La revuelta encabezada por Hidalgo en 1810 no tenía por objeto alcanzar la independencia de España; b) la guerra de Independencia terminó – y sólo hasta entonces se pudo formalizar propiamente la Independencia – en 1821; c) la vida independiente de nuestro país se inició sin que estuviera claro para los mexicanos de qué se trataba eso.

Y, salvo que mis limitados conocimientos me estén llevando a decir tonterías (y me apresuro a admitir esa posibilidad), baste citar el hecho de que ni siquiera tenían preparado el nombre oficial del recién nacido país. Después de la infortunada aventura de Iturbide hubo primero que buscar al extraviado Guadalupe Victoria, que andaba haciendo vida de ermitaño en la selva (aunque si consultamos la página oficial del bicentenario obtendremos una relación de patrióticas mentiras sobre su biografía, pero esto ocurre siempre) para que se hiciera cargo del desastre político, social y económico en que se encontraba sumido el país.

¿Y quién de mis lectores sabe dónde y por qué salió lo de Estados Unidos Mexicanos? Nuestros vecinos del Norte habían consolidado su país y sus instituciones con una rapidez meteórica después de la revolución de 1776, y la adopción del nombre United States tenía el sentido de dejar claro y hacer justicia a los trece estados autónomos que ya existían desde antes de iniciarse la lucha contra la Corona Británica. Mi opinión – sin duda, políticamente incorrecta – es que aquí, como es habitual, no había nada preparado, ni siquiera el nombre que se le daría al recién independizado país. Y, bueno, se fueron por la fácil: ¿por qué no llamarse igual que los vecinos del Norte, simplemente haciendo la distinción con el toponímico? Como que si lo usaban ya en un país estable y poderoso, habría de ser un nombre respetable. ¿O no?

No se le dio importancia al hecho de que, en estricto rigor, los estados propiamente no existiesen todavía en 1824, fecha de la primera constitución del país, que en su Título I, Art. 2, dice a la letra que el territorio de la nación “comprende el que fue del virreinato llamado antes N. E., el que se decía capitanía general de Yucatán, el de las comandancias llamadas antes de provincias internas de Oriente y Occidente, y el de la baja y alta California con los terrenos anexos e islas adyacentes en ambos mares. Por una ley constitucional se hará una demarcación de los limites de la federación, luego que las circunstancias lo permitan.” O sea, la denominación se adelantó a los hechos: ¡los Estados Unidos Mexicanos se constituyeron antes de hubiera estados! Una más de las ficciones de nuestra historia.

Y como tantas veces, igual que sucede con las personas, lo cargan a uno desde el bautizo con un nombre que quizá no habría sido elegido, de haberse tenido la posibilidad. Es indudable que para todos los mexicanos el país se llama México: ya quisiera ver a cualquiera de mis connacionales arriesgar el ridículo al contestar a la pregunta ¿país de origen? ¡Estados Unidos Mexicanos!

Y cierro estas líneas mientras espero los resultados de la votación en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos (estos sí, de verdad) sobre la reforma del sistema de salud que abandera el Presidente Obama. Todo parece indicar que pasará. Y de ser así, estaremos presenciando un evento histórico en aquel país.

sábado, 13 de marzo de 2010

¿Y el castigo divino?

Cuando ví el encabezado de la nota publicada el 10-03-2009 en el diario Reforma quedé atónito. Qué insólita justificación: no sólo la Iglesia abusa. ¿Será una broma? Pero, no, el sentido del humor del Reforma no va por ahí, y seguramente muchos de sus lectores se sentirían ofendidos si ése hubiera sido el caso. Luego de leer la nota con cuidado no me quedó más remedio que convencerme de que, en efecto, la posición del Vaticano sería, más o menos, que, vaya, pues los curas también somos humanos y, como tales, sujetos a las tentaciones diabólicas de la carne, así que no somos los únicos: “los delitos sexuales también se dan en otros ámbitos de la sociedad (sic)”. Sí, pues; por ejemplo, entre psicópatas pervertidos; entre presidiarios de alta peligrosidad; entre bandas de sicarios asesinos; entre proxenetas y las mujeres que tienen esclavizadas, por citar algunos casos. ¡Caramba! Así que déjese usted de cosas; si va a meter a su hijo o hija en una escuela católica, estése preparado y luego no vaya a quejarse amargamente si es que resulta por ahí algún caso de violación. Ya lo advirtieron los altos jerarcas de la iglesia: es muy natural, sucede en todas partes.

Pues para mí que estos son crímenes horrendos, merecedores de los más duros castigos, y no de la protección velada del Vaticano, que salda las cosas con una simple reprimenda y pide a los culpables un acto de contrición – el arrepentimiento, que borra todas las culpas – y hasta ahí llegamos. En estricta verdad, ha habido muchos casos donde el castigo divino a quienes infringen las reglas ha sido francamente, diría yo, exagerado. Desde la expulsión del Edén a los primeros seres humanos – y no me aparto un ápice de lo que dice la Biblia (Génesis 3, 17) – por haberse comido una manzana, pasando por la tremenda inundación que acabó con todo ser viviente, culpable e inocente por igual, excepto Noé y su familia; y la lluvia de azufre y fuego sobre Sodoma y sobre Gomorra que liquidó a todos sus moradores, hombres, mujeres y niños (entre los que, por precoces que hubieran sido, muchos de ellos eran inocentes) y hasta la pobre mujer de Lot, que no hizo otra cosa que mirar hacia atrás, y tantísimas otras instancias de castigos desproporcionados, hemos visto como se trataba a los pecadores en los buenos tiempos biblícos. Lluvia de azufre y fuego, ¡nada menos!

Si se usara la misma vara de medir, a todos estos curas que han traicionado la confianza depositada en ellos por padres engatusados con la imagen de bondad y los votos de castidad y pureza que tanto pregonan, a todos ellos, repito, por lo menos una buena dosis de azufre y fuego les tendría que haber caído, y todos los que hemos dejado de creer en esas cosas tendríamos motivo de sobra para recobrar la fé. Y no vale decir que esos canallas ya lo pagarán en el infierno, pues no fue ése el razonamiento cuando aquello del diluvio y el incidente de Sodoma y Gomorra: nada de eso, se dijo, aquí y ahora mismo seréis castigados. Pues no, no se entiende bien cuál es la lógica del asunto.

Puede ser que haya habido, al paso de los siglos, un ablandamiento de la justicia divina y que, cansado de proceder tan rigurosamente con la especie humana usando penas severísimas para mostrarnos de lo que es capaz cuando se violan sus dictados, dios haya decidido ser más tolerante y pasar por alto transgresiones que considerase de poca monta. Aunque esta explicación no sería congruente con la sucesión de catástrofes naturales – que, como bien sabemos, no podrían suceder sin su divina anuencia – que una y otra vez asolan a nuestro planeta, castigando por igual a pecadores e inocentes (aunque hemos visto que esta distinción sutil no era óbice, en aquellos tiempos, para las lluvias de azufre y fuego y los diluvios).

Se nos dirá que los designios del señor son inescrutables (God moves in mysterious ways) y que nuestro entendimiento no es suficiente para comprender lo que él hace, ni sus razones. Pues sí, digo yo, pero es lo que él mismo nos otorgó cuando la Creación; no le hubiera costado nada dotarnos con algo más potente, lo que nos habría permitido acercarnos más a él y no pensar, a veces, que sus castigos son de una infinita crueldad – no compatible con lo que tanto nos dicen de su infinita misericordia. Sobre todo, que suelen no alcanzar a quienes evidentemente mucho los merecerían.

Algo parece estar mal en este divino rompecabezas. Y lo peor es que, sin que los demás se dieran cuenta, algunos muy listos tomaron en sus manos la interpretación de los designios del señor, lo que nos ha dejado a merced de exégetas francamente muy cuestionables. Y, para ejemplo, la indulgencia con que se trata a los curas pederastas que se han convertido en una plaga – en los países que presumen de católicos, por supuesto.

domingo, 28 de febrero de 2010

Los expertos argumentan

“Expertos de la UNAM argumentan que la creciente urbanización en forma anárquica en zonas vulnerables, la deforestación y pérdida de suelo en las sierras, así como la excesiva extracción de agua del subsuelo son los causantes de los hundimientos y fracturas del subsuelo”, nos informa el diario Reforma (28-2-2010). Creo que dichos expertos están descubriendo el hilo negro, pues una búsqueda hemerográfica cuidadosa nos mostraría que esa declaración se ha venido repitiendo, de forma casi literal, una y otra vez, desde hace muchísimos años. Si mal no recuerdo, hacia principios de los años cincuentas del siglo pasado el entonces rector de la UNAM – Nabor Carrillo, conocido ingeniero, especialista en mecánica de suelos – advertía ya de los riesgos de la excesiva extracción del agua del subsuelo, y era bien conocido para quienes vivíamos en esta ciudad el hundimiento, por esa causa, de edificios como el Palacio de Bellas Artes. Bien harían los expertos en documentarse mejor para no repetir lo mismo de siempre y ofrecernos, en cambio, alguna propuesta viable para atacar el problema.

Pues sí, porque el problema está claramente diagnosticado desde hace sesenta o setenta años, y lo que podría haber sido entonces una solución factible es ahora imposible. No preocupa tanto que la urbanización anárquica sea creciente: aunque fuera estable, es evidente que no se puede reubicar a la gente (¿cuántos, tres, cuatro, cinco millones de personas? ¿dónde, en Tlaxcala, Hidalgo, Puebla o Morelos?). Y tampco ha sido posible, por razones de índole diversa, detener la deforestación en las sierras.

Recuerdo que en los autobuses urbanos de la ciudad de México, allá por aquellos años, se anunciaba la venta de terrenos a diez minutos del Zócalo, a diez pesos el metro cuadrado, en urbanizaciones con nombres tan atractivos como Agua Azul o Pantitlán. Para mí, que venía de la Colonia del Valle, y tardaba más de veinte minutos en el trayecto al centro de la ciudad, era incomprensible cómo podía ser eso. Me tomó años darme cuenta de que estaban vendiendo el lecho desecado del lago de Texcoco, y quedé horrorizado, pues era evidente lo que sucedería si eso llegaba a poblarse de manera importante. Y así fue: mi primera visita a lo que después se llamó Nezahualcóyotl, hacia 1970, cuando apenas tendría un medio millón de habitantes, me confirmó que eso era una locura; un asentamiento humano en una superficie que por razón natural era un resumidero del agua pluvial, que dependía de sistemas costosísimos de bombeo para evitar que la gente se ahogara en la temporada de lluvias.

Y como era previsible, el sistema de protección a veces falla (dice la conocida ley de Murphy: “si algo puede fallar, va a fallar – y posiblemente en el momento menos conveniente”). Y, repito, en 1970 había sólo alrededor de medio millón de gentes en Neza, y desde luego el gigantesco asentamiento del Valle de Chalco no existía. ¿Cómo fue, qué sucedió, quién permitió, que lo que era ya una situación demencialmente peligrosa hace 40 años siguiera creciendo hasta multiplicar la exposición al riesgo por un factor de diez? Quizá, no sé, habría sido necesario utilizar al ejército para cercar el área e impedir que siguieran creciendo los asentamientos. Eso, claro, lo habría hecho un gobierno sensato y previsor; en cambio, lo que pasó es que, primero, alguien se enriqueció de manera inverosímil con la venta de los terrenos y, segundo, una vez que el crecimiento fue incontrolable, surgieron los líderes sociales que consiguieron el aprovisionamiento de energía eléctrica, el pavimento, el agua potable y el transporte público, todo a precios irrisorios, lo que convirtió a esa zonas de forma natural en un polo de atracción. Era mucho más barato vivir en Neza o en Chalco que en cualquier ciudad de los estados colindantes. Excepto que, pues cuando llueve, se inunda y no precisamente de agua limpia. Es una tragedia social y humana, pero cuando veo a la gente preguntando quién les va a indemnizar por los daños no puedo menos que contestar tácitamente con otra pregunta: ¿y quién les dijo que ahí se podía vivir?

La situación actual es el resultado de muchos gobiernos incompetentes y corruptos, y el actual no les va muy a la zaga en esos aspectos. Me atrevo a pronosticar que el problema de fondo no se va a solucionar nunca; que cada vez habrá más y mayores desastres; que el agua de la lluvia seguirá causando inundaciones año tras año, y que seguiremos oyendo a los expertos descubriendo lo evidente y a los gobernantes del Distrito Federal y del Estado de México “garantizando” que ahora sí, ya no habrá más inundaciones. Como no descubran la forma de que deje de llover o algún método científico para evitar que el agua corra hacia abajo...

domingo, 7 de febrero de 2010

Si pudiéramos llamar a cuentas...

El Economista (12-mar-2009) cabecea: “Ya no habrán inundaciones en el DF” (seguramente quiso decir "ya no habrá") y continúa: “El jefe de gobierno capitalino, Marcelo Ebrard, garantizó que la ciudad de México no sufrirá ninguna inundación...” Pues he aquí que más pronto cae un hablador que un cojo. Garantizó, nada menos.
Ha sido ésta una semana horripilante; la magnitud del desastre causado por las lluvias me produce una profunda congoja: es indignante ver por la televisión las imágenes de las familias en Chalco, en Iztapalapa, en Culhuacán – y para qué sigo – que han perdido bajo las aguas todo su modesto patrimonio, muebles, enseres, ropa, equipos, documentos, y que han debido trasladarse a albergues improvisados para pasar las noches a sabiendas de que al día siguiente les espera la nada; simple y sencillamente la nada...
La imagen que vemos aquí es de estos días, pero no es diferente de las que se veían en los diarios de la ciudad de México en los años cincuentas. Se ha trasladado la situación un poco, geográficamente; en aquellos tiempos las inundaciones afectaban al centro de la ciudad y no era raro ver voluntarios ayudando a los viandantes cruzar en embarcaciones improvisadas las calles de 16 de Septiembre o Venustiano Carranza; ahora los afectados están en regiones más alejadas del centro.
Eso que decía el señor Ebrard el año pasado, y que la realidad se ha encargado de desmentir dándole una especie de tremendo pastelazo en plena cara, lo hemos oído año tras año, desde que tengo memoria. La capital, una de las ciudades más grandes del mundo, en la novena (o algo así, según dicen) economía del globo, no ha podido solucionar un problema fundamental en muchas décadas. Y ese problema - que ha de ser difícil, supongo – indudablemente tiene una solución, que no involucra más que cuestiones de ingeniería.
Hay que dejar asentado que las sucesivas administraciones municipales de la ciudad de México, con el color político que hayan tenido, han sido de una ineptitud e incompetencia que las pone sin duda en primer lugar en el mundo. No existe en ningún país una ciudad de importancia que sufra recurrentemente catástrofes de esta magnitud. Y no hablemos ya de la criminalidad, del desastroso servicio de transporte público, del caos del tráfico, del estado del pavimento en las calles, en fin, de todo lo que debe encargarse una administración municipal: simplemente, lo más elemental, evitar que el agua de la lluvia se lleve el patrimonio de la gente o, peor aún, que las viviendas de miles de familias queden inundadas por las aguas negras.
Lamento mucho que no exista en México el concepto de accountability que hay en otros países. Ello significa que quien haya desempeñado un puesto público puede ser llamado a cuentas después - e incluso mucho después - de haber dejado el cargo (por ejemplo, como están haciéndolo en Inglaterra con el ex-primer ministro Tony Blair a propósito de las mentiras de que se valió para involucrar a su país en la guerra de Irak en el año 2003 o en Argentina, con los militares de la época de la dictadura a principios de los años setentas). Esa inmunidad que de manera inexplicable protege a nuestra clase política de manera vitalicia es lo que permite que permanentemente puedan hacernos trampas y engañarnos. ¿Cómo se vería que la cámara de diputados o la asamblea legislativa llamara a cuentas, a Alejandro Encinas, a Rosario Robles, a López Obrador, a Cuauhtémoc Cárdenas, a Óscar Espinosa, a Manuel Camacho y a tantos otros cuyos nombres ya olvido, para que expliquen por qué no hicieron lo que tenían que haber hecho?
¿Será verdad lo que dicen, que cada país tiene el gobierno que se merece?

domingo, 24 de enero de 2010

Muy solidarios ... ¿de veras?

En amable charla, el día de ayer, algunos amigos se congratulaban del espíritu solidario que muestran los mexicanos cuando se trata de ayudar a las víctimas de catástrofes naturales, en alusión al temblor de Haití. Y las anécdotas al respecto fluían, una tras otra: que si los donativos a la Cruz Roja eran de tal magnitud que se habían tenido que cerrar las calles aledañas a la sede de esa institución para hacer el acopio de despensas, agua, medicinas y similares; que si las vecinas de alguna de las contertulias habían inmediatamente respondido al llamado ofreciendo donar el equivalente de una de sus despensas semanales; que si los heroicos rescatistas mexicanos – conocidos como los topos – se habían desempeñado eficaz y valerosamente en Port-au-Prince, donde han podido salvar la vida de decenas de personas de entre los escombros; que si un grupo de simpáticas chicas, alumnas de alguna universidad privada, habían declarado a la televisión que estaban por salir hacia Haití para ayudar en las labores de auxilio. Y no faltaban las referencias a lo sucedido en nuestro terremoto de 1985, recordando como un amplio sector de la población de nuestra ciudad se volcó generosamente para ayudar en labores de rescate y apoyo a las víctimas de aquella catástrofe.

Y me preguntaba yo cómo es que ese espíritu de solidaridad generosa no se manifiesta más que frente a tales contingencias. ¿Por qué estamos listos para donar dinero y algo de esfuerzo en apoyo a las víctimas sobrevivientes de un terremoto, mientras que somos indiferentes ante las circunstancias cotidianas que - en otra escala de tiempo – tienen una gravedad aún mayor? Me refiero, por ejemplo, a la precariedad en que viven grandes sectores de la población de nuestra ciudad, en términos de vivienda, agua potable, servicios de salud y energía eléctrica. No hay mas que darse una vuelta por algunas áreas de Santa Fé, de Iztapalapa, de Nezahualcóyotl, Chimalhuacán o Chalco para darse cuenta del nivel de pobreza y desesperanza en que se desenvuelven día con día millones de “hermanos” (pues sí, porque si en esta dolorosa circunstancia hablamos de nuestros “hermanos” haitianos, con más razón deberíamos aceptar ese parentesco simbólico con los de aquí).

Desde luego, no se trata de que cada quien done una despensa a la semana para ayudar a los pobres, lo que sería una fórmula simplista (aunque vaya que sí ayudaría) y con problemas logísticos de tal magnitud que ya podemos imaginar dónde terminarían tales ayudas. Y honestamente no sé cómo podría hacerse para que un modesto porcentaje de la riqueza de las clases mejor ubicadas en la escala socio-económica pudiera servir para aliviar las estrecheces de los menos favorecidos – y, desde luego, tendría que eliminarse la participación del gobierno, pues ella sería garantía de un fracaso seguro.

Pero si al menos mostráramos cierta capacidad de indignación y pudiéramos hacerla sentir a las personas que con absoluta desfachatez disfrutan de privilegios inverosímiles con cargo a los recursos del erario, creo que habríamos dado un primer paso de cierta importancia. Veamos, por ejemplo: ¿sabían ustedes que un ministro de la Suprema Corte tiene un ingreso anual de $3,700,000, aparte de otras prestaciones menores como seguros de gastos médicos, becas para sus hijos, automóviles, choferes y otras nimiedades? ¿O que los magistrados del Tribunal Federal Electoral ganan $4,100,000 al año, y disfrutan de coches, niñeras, cocineras, choferes y otros privilegios que un jeque petrolero envidiaría? ¿Y que un diputado percibe más de $160,000 al mes, más algunas otras cosillas que llevarían sus ingresos por arriba de los $2,400,000 anuales (aunque los diputados se distinguen por que casi no trabajan)?

Estos son datos interesantísimos, si los comparamos con lo que sucede en el conjunto de la población del país. Según el INEGI (Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares, 2008), el ingreso mensual per capita (ajustado por economías de escala) en los hogares mexicanos es de poco más de $6,000 y, en particular, el 10% mejor retribuido de ese total gana $260,000 al año. Así pues, un diputado gana al año ¡nueve veces más! que el promedio en el estrato de más altos ingresos de la población. Asombroso, ¿no? Y, francamente, no lo merecen, como indudablemente estarán de acuerdo quienes lean esto. En mi opinión personal, no merecerían ni siquiera la décima parte de lo que ganan, si consideramos su preparación y talento. (¿Estarían dispuestos a someterse a un examen como el que se hace a los alumnos del bachillerato?)

Creo que valdría la pena hacer un ejercicio de reflexión acerca de lo que debe ganar quien vive del erario público. Si el señor Slim o el señor Zambrano o el señor Azcárraga ganan dinero a raudales, es indudable que lo reciben de sus propias empresas – y si no estás dispuesto a contribuir a ello, pues simplemente desconéctate de Telmex, no compres cemento y no veas la televisión. Pero si los sueldos proceden directamente de los impuestos que todos pagamos sería de decencia elemental establecer límites atendiendo a lo que percibe la inmensa mayoría de la población. Ahí es donde comienza la verdadera democracia. Que el estado pague esos sueldos a sus altos funcionarios me parece simple y llanamente inmoral.

Y volviendo a lo que decía al inicio de esta nota, creo que debemos mostrar nuestra solidaridad ciudadana comenzando por llamar la atención sobre los estrafalarios ingresos que perciben los llamados ”servidores públicos”. Existe la tecnología y los recursos para hacerlo.

domingo, 3 de enero de 2010

Lo que nos espera en el 2010

Queridos amigos, los destinatarios de este entretenimiento semanal: a quienes he tenido la satisfacción de ver en los días recientes, una vez más un abrazo cariñoso; a los demás, mis mejores deseos y la esperanza de que pronto nos reunamos para compartir vuestra compañía.

Y me temo que no puedo dejar de insistir en lo que se ha convertido ya en una preocupación general para quienes vivimos en este país, a saber, el tremendo combate entre las fuerzas del estado y las organizaciones delictivas que se conocen como cárteles del narcotráfico. Ha sido tema de conversación inevitable en las diversas reuniones sociales a propósito de las fiestas navideñas y de fin de año, y he podido confirmar que todavía hay un espectro muy amplio de percepciones y opiniones sobre lo que está sucediendo. Hay quienes condenan la utilización de las fuerzas armadas (esto es, el ejército y la armada) en esa lucha, y preferirían que soldados y marinos regresaran a sus cuarteles en espera de que la amenaza de alguna potencia extranjera requiriera de ellos para la defensa de la patria, dejando los problemas de seguridad interna a cargo de las policías estatales o municipales. En el otro extremo, pasando por una variedad de posiciones intermedias, están quienes – como yo – advierten que la situación había llegado al punto de que sin una acción enérgica all out, es decir, poniendo toda la carne en el asador, se avizoraba la posibilidad de que el estado fuese substituido por una colección de feudos al margen de la ley, con enorme poder económico y fundamentalmente violentos, lo que nos llevaría, luego de una época de transición más o menos corta, a la inevitable intervención militar de nuestros vecinos del norte. ¿Imaginación desbordada? Preguntémosle a los iraquíes o a los afganos.

El escenario no podría ser más aterrador: si hasta antes de la decisión estratégica del Presidente Calderón sobre el combate frontal al narcotráfico los ciudadanos vivíamos seriamente asustados por la incidencia de los asaltos, los secuestros, la extorsión de bajo perfil y la venta de protección, pensemos por un momento lo que podría ser en caso de que tales actividades se organizaran bajo mandos únicos en cada una de las regiones dominadas por los distintos cárteles, como una consecuencia secundaria de la debilidad y falta de eficacia de las fuerzas públicas. Cada uno de nosotros se vería obligado a pagar un impuesto de protección; tendríamos que cuidar a nuestras esposas e hijas (¿no sucedía así en la no lejana época de Maximino Ávila Camacho, cuando el gangsterismo se había institucionalizado en el país?); nos abstendríamos de ir al cine o a restaurantes para evitar toparnos
con la violencia estúpida de los sicarios y, en fin, quienes pudiesen hacerlo se irían del país mientras que los demás estarían condenados a vivir en el terror cotidiano.

A diferencia de lo que sucede ahora, entonces no habría a quien culpar ni podríamos cómodamente hacernos cruces a propósito de los atentados contra los derechos humanos. Ante la monstruosidad de los hechos delictivos, de los asaltos a mano armada, secuestros y asesinatos, la cuestión de los derechos humanos es totalmente superficial e irrelevante, como podría constatarse con la opinión de las víctimas y sus familiares.

Con las tanquetas, vehículos blindados y retenes militares en las calles; los operativos con fuego intenso y de gran calibre en Nuevo León, Michoacán, Morelos y Sinaloa, por nombrar a los más recientes, y otras manifestaciones similares, ¿todavía dudamos de que el país está inmerso en una guerra? Y las guerras son como un catastrófico tsunami, donde padecen sufrimientos y mueren incontables inocentes sin saber a cuento de qué. Estoy muy de acuerdo con el reciente discurso del Presidente Obama, justificando en algunos casos la guerra necesaria, explicando que los ejércitos de Hitler nunca habrían podido detenerse mediante el diálogo civilizado, y como prueba están los más de sesenta millones de muertos en la segunda guerra mundial.

Me parece bastante idiota suponer que la guerra, cualquiera que sea la denominación que se le dé, se va a decidir en un plebiscito, como algunos delirantes académicos plantean. Y peor todavía sugerir que la estrategia debe someterse a consulta pública (me puedo imaginar la instalación de casillas en las esquinas, para preguntar a los viandantes si están de acuerdo o no con el rumbo que van tomando las cosas y recoger sus votos). Y, va por descontado, me declaro absolutamente enemigo de la violencia y de las guerras en general – pero no caigo en la ingenuidad de suponer que alguien vaya a tomar en cuenta mi opinión sobre la guerra misma o, peor aún, sobre las estrategias que los responsables deberían seguir. Por último, pensar que el curso de las acciones bélicas debe basarse en el respeto a los derechos humanos es simplemente demencial.

Así pues, el dilema en que nos encontramos es asumir los hechos y tomar partido (es con el gobierno o con los cárteles del narco), o quedarnos en el limbo y buscar una tercera posición que, me temo, será cada vez más indefendible.

domingo, 20 de diciembre de 2009

¿Buscando apoyo para su candidatura?

El gobernador mexiquense, Enrique Peña Nieto, me ha dejado atónito por algo que considero una imprudencia política. La semana pasada nos enteramos de que andaba de paseo por Europa con su novia, además de nutrido séquito. Él afirma que cada quien lo pagó de su bolsillo, lo que sería insólito (esto es, no acostumbrado). Mi primera reacción fue preguntarme si sería ésta la temporada de vacaciones en Toluca, ya que el jefe de gobierno se ausenta tranquilamente de su puesto sin haber, aparentemente, una misión de estado que lo justifique. Porque decir que fue a poner un nacimiento en Roma es una inocentada, y hasta podría ser un intento de tomarnos el pelo.

Pero lo asombroso es que haya tenido la ocurrencia de visitar al señor Ratzinger en el Vaticano sin guardar la discreción que solía caracterizar a los políticos mexiquenses en otras épocas. Cada quien puede hacer lo que quiera en su vida privada (bueno, hasta cierto punto), pero hacer gala de su religiosidad católica sin el menor recato y publicar su entrevista con el jefe de la iglesia romana, con fotografía y todo... vamos, hombre, ¿pero en qué cabeza cabe?

Él es, incuestionablemente, uno de los aspirantes a ganar la candidatura del PRI para la próxima liza electoral del año 2012, que ya está a la vuelta de la esquina. Es verdad, como decía aquel pintoresco gobernador guerrerense, la caballada está flaca, pero con esto la situación adquiere visos alarmantes. Si se hubiera tratado de un político del PAN no tendría nada de raro (¿no recordamos, todavía con pena ajena, la visita del expresidente Fox al Vaticano, metiendo a Martita con calzador en todas partes, a pesar de las reglas protocolarias?).

Pero, ¿ahora también el PRI? Entre doña Beatriz, que quiere convencernos a toda costa de que ellos sí saben gobernar, a pesar de la aplastante evidencia en contrario, y ahora Peña Nieto, presumiendo de su devoción papista, creo que nos aguardan tiempos muy complicados.

domingo, 6 de diciembre de 2009

La ciudad secuestrada

El viernes pasado sufrimos, los habitantes de la ciudad de México, una agresión más. Un grupo de manifestantes, invocando la “libertad de expresión”, decidió – al decir de uno de sus líderes - tomar la ciudad, para exigir al gobierno algo (y lo pongo así, en abstracto, porque el motivo es insubstancial). Una primera reflexión: las estimaciones recientes dan alrededor de 18 millones de habitantes en la zona metropolitana, la mayor parte de los cuales dependen, para sus actividades – laborales, escolares, de abasto para el sustento, de atención de emergencias, o de simple entretenimiento – de la capacidad de movimiento dentro de la ciudad, de su ciudad. Por tanto, los grupos manifestantes, cuya intención es paralizar esa capacidad, cometen un atentado en contra de la mayoría de los habitantes de la ciudad, al impedirles la posibilidad de atender a sus necesidades. No sé a ciencia cierta el tamaño de los grupos que agredieron así a los ciudadanos, pero me atrevería a decir que difícilmente rebasaría un par de decenas de miles.

Se trata, entonces, de un ataque al orden público y a la convivencia civilizada, condiciones esenciales para la vida de una sociedad. La sociedad, por otro lado, ha evolucionado para proporcionarse los factores que le garanticen el cuidado de tales condiciones, como el gobierno y, en particular, una estructura de fuerza para usarse, cuando fuere necesario, en forma perfectamente legítima en defensa de la sociedad.

En consecuencia, el gobierno - en este caso el de la ciudad – no está cumpliendo con su cometido. Se trata de un gobierno que no cuida las necesidades de la inmensa mayoría de los ciudadanos para quienes gobierna. Y, sin embargo, parece que ya nos acostumbramos a ello, y cada vez que sucede alguna de estas alteraciones de la vida social simplemente tomamos nuestras providencias para ver de qué manera nos las arreglamos (cambios de horarios, cancelación de planes, y hasta exponernos a sufrir eventos trágicos como la imposibilidad de transportar a un enfermo grave a algún centro de atención médica). La conclusión es que tenemos el gobierno que merecemos. Y no se me pregunte ¿y qué quieres que hagamos? Al menos podríamos pensar en qué podemos hacer, y no simplemente resignarnos.

Segunda reflexión: ¿alguien sabe de alguna ocasión en que los actos de bloqueo de vialidades, plantones, paros y otros similares, hayan conseguido modificar el curso de las cosas para satisfacer la causa original que los motiva?

Tercera reflexión (más específica): Uno de los contingentes que participó en los eventos del viernes pasado fue el sindicato de trabajadores de la universidad (STUNAM), y relata el diario Reforma (5-12-09) que, al ser entrevistado uno de los asistentes de dicho gremio, dijo que “había que registrarse a la llegada y al término de la movilización para que no les descontaran la jornada laboral”. What??? ¿Así que a los que no van a trabajar les pagan el día? Bien, pues si tomamos el recientemente aprobado presupuesto anual de esa Casa de Estudios, de más de 27,000 millones de pesos, y lo dividimos entre 365 días, nos resulta que cada día cuesta casi 74 millones de pesos. Si suponemos que las actividades se paralizaron en un 50%, estaríamos hablando de unos 37 millones tirados a la basura. ¿Así andamos de sobrados?