Varios de mis corresponsales me han conminado a dejar el tono pesimista – hasta catastrofista – que suele, según me dicen, marcar estas modestas notas semanales. Con gusto lo haré, aunque debo añadir que no será fácil tarea desprenderse de las sensaciones de angustia que deja la lectura de la prensa cotidiana. Y con ese propósito en mente pasaré, primero, a comentar la esperada carta pastoral del señor Ratzinger que, bien vista, no pasa de ser, como ya lo había sospechado, pura “agua de borrajas”.
Frases como “deberán responder no solamente ante dios, sino también ante la justicia terrena” llevan a pensar, por un lado, que dios debe haber estado ocupado en otras cosas y no ha considerado de suficiente monta los crímenes de sus ministros en la tierra, los curas pederastas y, por otro, que la justicia terrena parecería haber estado a la espera de que el jefe de la iglesia romana autorizara su intervención en el asunto (vaya que ha tardado; igual que dios, ha de tener otras cosas más apremiantes). “Ofrece disculpas a las víctimas”: esto me suena a burla, aunque está peor lo de que ha “ordenado una misión mundial para todos los sacerdotes y religiosos, que consistirá en retiros, predicaciones y ceremonias”, según reporta el diario Reforma (21-03-2010). Pues si cree que con esto va a solucionar el problema... Como dije en mi anterior entrega, en otras épocas la justicia divina era más directa y expedita.
En otro orden de cosas, hoy me ha despertado la salva de petardos con que en este país se saluda a santos y próceres de la patria. Ya el pasado viernes el festejo del esposo de María y padre virginal de Jesús había provocado a tempranas horas descomunal estruendo, y el de hoy, aunque dedicado a la celebración del natalicio de un prócer menos estimado por la iglesia, no le fue a la zaga en cuanto a frecuencia y volumen. Y resignado a no poder conciliar el sueño en esas condiciones, me fui mentalmente deambulando hasta que, por una natural asociación de ideas, llegué al tema del mentado bicentenario que se festeja este año.
Y me hago la misma pregunta que en el caso del primer centenario: ¿qué es lo que con tanta enjundia vamos a celebrar en el segundo? ¿La Independencia? Claro que no me voy a meter en minucias históricas que han sido ya exhaustivamente estudiadas por los especialistas, pero hay ciertos aspectos sobre los que creo que hay un acuerdo general y que vale la pena dejar asentados en este momento: a) La revuelta encabezada por Hidalgo en 1810 no tenía por objeto alcanzar la independencia de España; b) la guerra de Independencia terminó – y sólo hasta entonces se pudo formalizar propiamente la Independencia – en 1821; c) la vida independiente de nuestro país se inició sin que estuviera claro para los mexicanos de qué se trataba eso.
Y, salvo que mis limitados conocimientos me estén llevando a decir tonterías (y me apresuro a admitir esa posibilidad), baste citar el hecho de que ni siquiera tenían preparado el nombre oficial del recién nacido país. Después de la infortunada aventura de Iturbide hubo primero que buscar al extraviado Guadalupe Victoria, que andaba haciendo vida de ermitaño en la selva (aunque si consultamos la página oficial del bicentenario obtendremos una relación de patrióticas mentiras sobre su biografía, pero esto ocurre siempre) para que se hiciera cargo del desastre político, social y económico en que se encontraba sumido el país.
¿Y quién de mis lectores sabe dónde y por qué salió lo de Estados Unidos Mexicanos? Nuestros vecinos del Norte habían consolidado su país y sus instituciones con una rapidez meteórica después de la revolución de 1776, y la adopción del nombre United States tenía el sentido de dejar claro y hacer justicia a los trece estados autónomos que ya existían desde antes de iniciarse la lucha contra la Corona Británica. Mi opinión – sin duda, políticamente incorrecta – es que aquí, como es habitual, no había nada preparado, ni siquiera el nombre que se le daría al recién independizado país. Y, bueno, se fueron por la fácil: ¿por qué no llamarse igual que los vecinos del Norte, simplemente haciendo la distinción con el toponímico? Como que si lo usaban ya en un país estable y poderoso, habría de ser un nombre respetable. ¿O no?
No se le dio importancia al hecho de que, en estricto rigor, los estados propiamente no existiesen todavía en 1824, fecha de la primera constitución del país, que en su Título I, Art. 2, dice a la letra que el territorio de la nación “comprende el que fue del virreinato llamado antes N. E., el que se decía capitanía general de Yucatán, el de las comandancias llamadas antes de provincias internas de Oriente y Occidente, y el de la baja y alta California con los terrenos anexos e islas adyacentes en ambos mares. Por una ley constitucional se hará una demarcación de los limites de la federación, luego que las circunstancias lo permitan.” O sea, la denominación se adelantó a los hechos: ¡los Estados Unidos Mexicanos se constituyeron antes de hubiera estados! Una más de las ficciones de nuestra historia.
Y como tantas veces, igual que sucede con las personas, lo cargan a uno desde el bautizo con un nombre que quizá no habría sido elegido, de haberse tenido la posibilidad. Es indudable que para todos los mexicanos el país se llama México: ya quisiera ver a cualquiera de mis connacionales arriesgar el ridículo al contestar a la pregunta ¿país de origen? ¡Estados Unidos Mexicanos!
Y cierro estas líneas mientras espero los resultados de la votación en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos (estos sí, de verdad) sobre la reforma del sistema de salud que abandera el Presidente Obama. Todo parece indicar que pasará. Y de ser así, estaremos presenciando un evento histórico en aquel país.
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