“Expertos de la UNAM argumentan que la creciente urbanización en forma anárquica en zonas vulnerables, la deforestación y pérdida de suelo en las sierras, así como la excesiva extracción de agua del subsuelo son los causantes de los hundimientos y fracturas del subsuelo”, nos informa el diario Reforma (28-2-2010). Creo que dichos expertos están descubriendo el hilo negro, pues una búsqueda hemerográfica cuidadosa nos mostraría que esa declaración se ha venido repitiendo, de forma casi literal, una y otra vez, desde hace muchísimos años. Si mal no recuerdo, hacia principios de los años cincuentas del siglo pasado el entonces rector de la UNAM – Nabor Carrillo, conocido ingeniero, especialista en mecánica de suelos – advertía ya de los riesgos de la excesiva extracción del agua del subsuelo, y era bien conocido para quienes vivíamos en esta ciudad el hundimiento, por esa causa, de edificios como el Palacio de Bellas Artes. Bien harían los expertos en documentarse mejor para no repetir lo mismo de siempre y ofrecernos, en cambio, alguna propuesta viable para atacar el problema.
Pues sí, porque el problema está claramente diagnosticado desde hace sesenta o setenta años, y lo que podría haber sido entonces una solución factible es ahora imposible. No preocupa tanto que la urbanización anárquica sea creciente: aunque fuera estable, es evidente que no se puede reubicar a la gente (¿cuántos, tres, cuatro, cinco millones de personas? ¿dónde, en Tlaxcala, Hidalgo, Puebla o Morelos?). Y tampco ha sido posible, por razones de índole diversa, detener la deforestación en las sierras.
Recuerdo que en los autobuses urbanos de la ciudad de México, allá por aquellos años, se anunciaba la venta de terrenos a diez minutos del Zócalo, a diez pesos el metro cuadrado, en urbanizaciones con nombres tan atractivos como Agua Azul o Pantitlán. Para mí, que venía de la Colonia del Valle, y tardaba más de veinte minutos en el trayecto al centro de la ciudad, era incomprensible cómo podía ser eso. Me tomó años darme cuenta de que estaban vendiendo el lecho desecado del lago de Texcoco, y quedé horrorizado, pues era evidente lo que sucedería si eso llegaba a poblarse de manera importante. Y así fue: mi primera visita a lo que después se llamó Nezahualcóyotl, hacia 1970, cuando apenas tendría un medio millón de habitantes, me confirmó que eso era una locura; un asentamiento humano en una superficie que por razón natural era un resumidero del agua pluvial, que dependía de sistemas costosísimos de bombeo para evitar que la gente se ahogara en la temporada de lluvias.
Y como era previsible, el sistema de protección a veces falla (dice la conocida ley de Murphy: “si algo puede fallar, va a fallar – y posiblemente en el momento menos conveniente”). Y, repito, en 1970 había sólo alrededor de medio millón de gentes en Neza, y desde luego el gigantesco asentamiento del Valle de Chalco no existía. ¿Cómo fue, qué sucedió, quién permitió, que lo que era ya una situación demencialmente peligrosa hace 40 años siguiera creciendo hasta multiplicar la exposición al riesgo por un factor de diez? Quizá, no sé, habría sido necesario utilizar al ejército para cercar el área e impedir que siguieran creciendo los asentamientos. Eso, claro, lo habría hecho un gobierno sensato y previsor; en cambio, lo que pasó es que, primero, alguien se enriqueció de manera inverosímil con la venta de los terrenos y, segundo, una vez que el crecimiento fue incontrolable, surgieron los líderes sociales que consiguieron el aprovisionamiento de energía eléctrica, el pavimento, el agua potable y el transporte público, todo a precios irrisorios, lo que convirtió a esa zonas de forma natural en un polo de atracción. Era mucho más barato vivir en Neza o en Chalco que en cualquier ciudad de los estados colindantes. Excepto que, pues cuando llueve, se inunda y no precisamente de agua limpia. Es una tragedia social y humana, pero cuando veo a la gente preguntando quién les va a indemnizar por los daños no puedo menos que contestar tácitamente con otra pregunta: ¿y quién les dijo que ahí se podía vivir?
La situación actual es el resultado de muchos gobiernos incompetentes y corruptos, y el actual no les va muy a la zaga en esos aspectos. Me atrevo a pronosticar que el problema de fondo no se va a solucionar nunca; que cada vez habrá más y mayores desastres; que el agua de la lluvia seguirá causando inundaciones año tras año, y que seguiremos oyendo a los expertos descubriendo lo evidente y a los gobernantes del Distrito Federal y del Estado de México “garantizando” que ahora sí, ya no habrá más inundaciones. Como no descubran la forma de que deje de llover o algún método científico para evitar que el agua corra hacia abajo...
No hay comentarios:
Publicar un comentario