Cada vez es más evidente que nuestro país no logrará salir adelante si no se articula la acción gubernamental en torno a la educación. Suena esto a frase hueca, ¿no es así? Esto, o alguna frase equivalente, lo repiten cada día nuestros políticos, aunque sin saber bien a bien de lo que están hablando.
Porque estoy convencido de que el proyecto educativo de México es un enorme fracaso. Es un fracaso porque este país no ha logrado dejar atrás la desigualdad social que prevalecía a la terminación de la guerra de independencia en 1821, y lo único que habría podido modificar eso es un gran proyecto educativo nacional que hiciera explícito ese objetivo. Ya podremos endulzar los hechos con toda suerte de ejemplos para tratar de convencernos de que todo va bien y que no soy otra cosa que un pesimista irredento, pero la realidad se empeña en mostrarnos lo contrario.
Ayer leía en la estupenda novela de Leonardo Padura, “El hombre que amaba los perros”, una frase que el autor atribuye a Trotski como una reflexión luego de sus primeras semanas en este país: “México le parecía un mundo pujante, sostenido sobre un profundo mestizaje cultural que, sin embargo, no sería capaz, en siglos, de derribar las barreras que separaban a las razas convivientes.” Y me parece que Trotski – o, quizá, el novelista – manifestaba una gran lucidez y una capacidad de percepción formidable: ¡ése, más que cualquier otro, es el problema de fondo!
Nos hemos querido convencer, en un ejercicio de autocomplacencia y a fuerza de repetirlo sin parar (como si fuéramos discípulos de Goebbels), de que en México la democracia crece, y basta con escuchar por la radio y ver por la tele el torrente de spots publicitarios del Instituto Federal Electoral y de las cámaras de diputados, senadores y demás artificios inútiles, de que la democracia se alcanza simplemente con otorgar a todo el mundo una credencial de elector, y de que si mucha gente vota en las elecciones entonces ya tenemos un país democrático.
Pero se ha dicho hasta el cansancio, y cito (porque es el que me viene a la memoria primero) a Ortega y Gasset: “la democracia sólo es posible entre iguales; entre desiguales se llama plebeyismo”. Y no puede negarse que México es el país de la desigualdad. Me refiero, claro está, a la desigualdad social, que también hay la económica, pero ésta es mucho más fácil de revertir – siempre y cuando se comience por la social. (Por ejemplo, contribuye a la desigualdad económica el inaudito tabulador salarial de los diputados, senadores, gobernadores y demás gente de esa laya, y disminuiríamos esa desigualdad si se bajaran los sueldos hasta, digamos, el equivalente de diez salarios mínimos, ya que no merecen más).
Y vuelvo al tema de entrada: el fracaso del proyecto educativo. Es muy difícil entrarle al toro si no se comienza por admitir que ahí está; se dice, por ejemplo, en el trabajo científico, que la primera condición para intentar la solución de un problema es darse cuenta de que el problema existe. Tenemos, para empezar, los bandazos políticos de cada sexenio o – como es el caso ahora – de mitad de sexenio. La secretaría – ministerio - de educación, la instancia superior del estado (nótese, digo estado y no gobierno) para orientar y garantizar que se hagan las cosas conforme a esa orientación, cambia de personajes, de planes, de programas, a cada rato. ¿Cómo poder, así, hacer las cosas?
Hay una falta de seriedad en este asunto que trasluce una falta de interés, no sólo del gobierno (de los gobiernos, mejor dicho, al menos desde 1930 hasta la fecha, salvo alguna que otra excepción) sino de todos los mexicanos. La educación, como proyecto de estado, no existe en México: ha sido desde hace muchísimos años una serie de proyectos políticos personales que no dejan huella o, en todo caso, la que dejan es nociva.
Cada nueva hornada de ministros y subsecretarios (y rectores y directores de instituciones de educación superior) trae su propia agenda política, ajena a la realidad de la situación. No se ve ninguna idea que considere cómo resolver en el mediano y largo plazo la pobreza intelectual de los cuadros dirigentes, que en otros países recibe una atención especialísima, como un asunto de la más alta prioridad nacional. Es muy importante alfabetizar, pero también es muy importante educar, instruir, preparar a los miles o decenas de miles de personas que en unos cuantos años habrán de tomar las riendas del país y enfrentarse a decisiones de la mayor trascendencia, ahora encomendadas, en su mayoría, a improvisados o vividores profesionales.
¿Cómo terminar con la ingerencia de un perverso sindicato en los asuntos educativos, un sindicato cuya función cotidiana es defender a holgazanes e ignorantes y cuyos propósitos a largo plazo parecerían estar inspirados en los designios de intereses ajenos al país?
¿Cómo establecer un gran cuerpo orientador de la educación, integrado por lo más granado de la sociedad, abierto - sin el prejuicio chauvinista que nos caracteriza – a las mejores experiencias de todos los países, ajeno a los vaivenes políticos; un cuerpo relativamente autónomo que trascendiera las necesidades y urgencias políticas circunstanciales y que se planteara los problemas en un contexto de largo plazo?
Ahí se los dejo...
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