Se acerca el fin de esta temporada de asueto, disfrutada a tope, que me ha permitido con calma hacer algunas reflexiones sobre las festividades religiosas que en estos días se conmemoran en el mundo cristiano.
Los eventos principales, los relacionados con los problemas que culminaron en la muerte de Jesús hace ya casi dos mil años, son el tema de los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que ahora quise leer con detenimiento (alguna vez, me dije, hay que hacerlo, y me queda ahora la duda de que la mayor parte del mundo católico haya hecho lo mismo) para poder valorar con más justedad lo que sucede en la llamada semana santa.
La lectura de los dichos evangelios requiere, debo decir, de una buena dosis de paciencia pues, como mencioné en la entrega anterior, no tienen una calidad literaria muy elevada. Me apresuro a aclarar que no habría razón para que la tuvieran, ya que sus autores no eran gente ilustrada – como se infiere de lo que en cada evangelio se dice a propósito de ellos. Y el que estuviesen llenos del Espíritu Santo (cito textualmente a Lucas: 24,45: les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras, y Hechos de los Apóstoles: 2, 4), como calificación para sus trabajos apostólicos ulteriores, no necesariamente les confería dotes de escritores.
Pues encontré que lo que es propiamente la Pasión y Muerte de Jesús, digamos, a partir de su arresto hasta su crucifixión, resurrección, últimos días con sus discípulos y ascensión al cielo, ocupa solamente una fracción pequeña, alrededor de 15 por ciento, del total del texto en todos los casos. Y, por favor, no se me malinterprete pues no lleva esto ninguna intención ofensiva ni peyorativa, pero el tono de esa última parte en los cuatro escritos no es especialmente dramático ni difiere del resto en otro sentido. Es, a mi entender, simplemente una narración de hechos.
No entiendo, pues, por qué los hechos inicial y final en los evangelios, a saber, la anunciación, concepción o encarnación (asunto espinoso que, por cierto, solamente se toca en Mateo y en Lucas) por un lado y, por el otro, la pasión y muerte, han sido inspiradores de tantísima producción artística, lo mismo en las artes plásticas que en la literatura y la música. Las visitas – casi imposibles en estas épocas por la tremenda afluencia turística – a los grandes museos en todo el mundo nos ofrecen, con gran profusión, anunciaciones, madonne col bambino y crucifixiones, mientras que otros episodios de la vida de Jesús son infrecuentes. Y la grandiosidad de las obras musicales relativas a esos hechos es formidable. Pero no me parece que la sola lectura de los textos del Nuevo Testamento haya podido ser tan inspiradora para los grandes genios de la pintura y de la música. No llego a comprenderlo, aunque admito que a lo mejor es esencialmente un asunto de fe – y del mecenazgo de los jerarcas eclesiásticos, que algunas cosas buenas también tenían.
En todo caso, es curioso que se dé más relieve a la muerte de Jesús que a su vida. Se puede o no estar de acuerdo con sus puntos de vista, pero, ¿por qué se le ha dado, históricamente, una importancia tan grande a su muerte, cuando que, en realidad, es la doctrina que predicó en vida la que habría de celebrarse?
Esta semana se dedica a las formas más vulgares y desagradables de conmemorar aquellos hechos. Y no solamente en México, donde la chabacanería de la celebración de la Pasión de Jesús alcanza niveles inefables, sino también en el resto del mundo católico, según pude ver ayer en la televisión: desde las multitudes en el Vaticano aclamando al maltrecho Ratzinger, cuyo semblante no disimula los efectos de la tempestad que amenaza con dañar irremediablemente a la iglesia católica; las procesiones en Sevilla, con sus encapuchados, que recuerdan al siniestro KuKluxKlan, y otras atrocidades, como en las Filipinas, donde los protagonistas son efectivamente clavados, con clavos reales, a las cruces que rememoran lo sucedido en el Gólgota.
¿Por qué, me vuelvo a preguntar, se ha extendido tanto la conmemoración de su muerte y no tanto de su vida? ¿Por qué no hay en el resto del año ningún período destinado a celebrar sus enseñanzas? Quizá, me aventuro a decir, porque en realidad no hayan penetrado más allá de la piel de sus seguidores.
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