Nos encontramos esta semana con la estremecedora noticia de que, al fin, se creó la AEXA, sí, la Agencia Espacial Mexicana. La Cámara de Diputados, en un acto de inusual consenso, dio luz verde a este proyecto, que parecería ponernos – al menos en el papel – en la misma línea de los países más desarrollados, los que han dedicado ya cuantiosos recursos a la exploración del espacio exterior y que han logrado con ello progresos enormes en materia de descubrimientos científicos y desarrollos tecnológicos.
No sé bien de qué se trate este asunto, y mi primera reacción, una vez repuesto de la sorpresa, ha sido de desconcierto y saludable escepticismo. ¿La Cámara de Diputados, ese grupo variopinto mayoritariamente compuesto de zafios ignorantes, decide crear un organismo cuya complejidad excedería por mucho a la de, por ejemplo, la agencia de exploración, explotación y distribución de derivados del petróleo, alias Pemex? ¿Cómo, cuándo y a quién se le ocurrió tan temeraria idea?
Evidentemente no tienen nuestros diputados la menor idea de lo que han parido. Para empezar, no es el mejor momento de iniciar un proyecto de esas dimensiones. No hay condiciones para iniciar una institución nueva que, por principio de cuentas, requeriría de recursos humanos y económicos que no existen. Pensemos nada más en los extravagantes proyectos de Ebrard (el “doctor” Ebrard, como irónicamente le llama Jacobo Zabludovsky), el segundo piso en el Periférico y el tranvía del Centro Histórico, que supuestamente serán financiados por el sector privado, dado que las arcas públicas están vacías.
Peor aún, un proyecto como la agencia espacial de marras necesitaría un arropamiento jurídico que lo pusiera a salvo de la viscosidad reglamentaria y operativa que ahoga a todos los organismos descentralizados y paraestatales. ¿Estaría a salvo, a diferencia de Pemex, la Comisión Federal de Electricidad, el Instituto Mexicano del Seguro Social y la UNAM – por nombrar sólo unos cuantos -, de tener un sindicato corporativo que hiciera su operación tres o cuatro veces más cara que en empresas homólogas de otros pasíses? ¿Tendría autonomía efectiva para establecer sus planes y programas de desarrollo por encima de los ciclos sexenales que hacen que en México sea imposible la planeación a largo plazo? ¿Podemos imaginar que el responsable de su funcionamiento no tuviera que presentarse obligatoriamente a la farsa estúpida de las “comparecencias” ante los legisladores para ser sujeto de escarnio y mofas por parte de analfabetos cuya único propósito es humillar al funcionario en turno, como tantas veces hemos visto en el pasado reciente? ¿Se imagina el lector tener que pasar por los infernales procesos de licitación para contratar los miles (si, auténticamente miles) de estudios técnicos y adquisiciones de instrumentos y materiales que son indispensables para un proyecto de esta naturaleza?
Un vistazo al sitio web de la NASA, la agencia espacial norteamericana, podría ser muy ilustrativo para los diputados (y, tranquilos, hay una página en español) y tal vez les abriría un poco los ojos. Verían que tiene una historia formidable: creada en 1958, pudo en apenas once años culminar el gran proyecto tecnológico del Siglo XX, llevar a los primeros hombres a la luna, en julio de 1969. Puedo pronosticar que dentro de once años nuestra naciente AEXA no habrá ni siquiera obtenido los terrenos para construir sus instalaciones. Y no bromeo; ¿recuerdan cuánto tiempo tomó la decisión para autorizar la construcción de una nueva refinería para Pemex y, luego, encontrar y obtener los terrenos para ubicarla?
En cuanto a recursos humanos, tiene la NASA una planta de alrededor de 18,000 personas, de los cuales casi 12,000 son científicos e ingenieros. ¿Dinero? Casi 19,000 millones de dólares para este año. ¿Proyectos? La luna, Marte, Júpiter, el telescopio Hubble,..., en fin.
¿Y nosotros? No tenemos ni siquiera una masa crìtica de gente formada en cuestiones tecnológicas relacionadas con la investigación aeroespacial. Y claro que podríamos formarla (en unos veinte o treinta años), pero no la tenemos ahora. Y, la guinda en el pastel: autorizaron los legisladores un presupuesto de ¡10 millones de pesos! para iniciar operaciones. No alcanzará ni para pagar a frailes, monjas y pobres, para que rueguen a Dios por el éxito de las misiones espaciales que habrán de emprender (parafraseando al Gran Capitán).
Ah, y por si fuera poco, ha sido el ahora diputado Reyes Tamez el impulsor del descabellado proyecto, seguramente preparando una posible jugada en la que podría él quedar al frente de la agencia. Ya vimos cómo, en su paso por la Secretaría de Educación Pública, en una de las gestiones más desangeladas y mediocres de que se tenga noticia, no fue capaz de lograr nada que significara una modesta mejoría en los abismales niveles de la educación pública del país.
Bueno, se me ocurre que tal vez podríamos proponer que al ejecutivo responsable de dirigir la AEXA se le obligara a presentar y aprobar la prueba ENLACE (creada en el sexenio de Tamez para medir el desempeño escolar en las escuelas públicas). Así tal vez quedaríamos vacunados contra tan alarmante posibilidad.
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