domingo, 23 de mayo de 2010

En Barcelona

Apenas reponiéndome del jet-lag, que a medida que avanzan los años cuesta más trabajo remontar, hago mis reflexiones semanales. Pero la distancia permite enfocar mejor y, aunque se pierde mucha información de detalle, el contexto es más amplio. El día a día en México produce un estruendo mental que limita las capacidades de análisis: tanta información, tan poca sustancia; hay que hacer todos los días un molesto filtrado de la noticia periodística impresa y televisada para quedarse, muchas veces, con nada.

Y, desde luego, no es que falte material; lo que sucede, creo, es que los informadores no tienen capacidad para discernir el trigo de la paja y, además, con un objetivo de carácter comerical, en un país con tan pocos lectores, para qué perder el tiempo en temas abstrusos si resulta más atractivo el regodeo barato con el último secuestro, la última batalla campal entre sicarios o el último asesinato – y éste, mientras más tarde en resolverse, mejor, pues cada día habrá nuevos y más jugosos detalles para añadir a la trama, como si fuera una telenovela; un culebrón, que dicen en España.

Hoy domingo compruebo, una vez más, que si hago el ejercicio con seriedad me toma alrededor de una hora leer El País, que es el diario cuyo contenido se ajusta más a mis gustos. Y me desconsuela pensar que en México no haya un solo periódico cuya lectura requiera arriba de diez minutos (excluyo aquéllos que por higiene mental ni siquiera se me ocurriría comprar). Curiosamente, contrasta la calidad de este diario (y del Vanguardia, éste de origen catalán) con la relativa pobreza de los programas noticiosos de la televisión española.

Y, a pesar de la crisis de la economía española, que parece de magnitud pocas veces vista, la vitalidad aparente de la ciudad – Barcelona – sigue magnífica, como siempre. No quiero pensar en los millones de personas en paro ni en las medidas de austeridad que ha debido tomar el gobierno – si bien tardíamente – y que tendrán un altísimo costo político que, me temo, tendrán como consecuencia la vuelta al poder de la derecha recalcitrante. Aquí, las calles, como siempre, repletas de gente alegre; los maravillosos parques – que gozamos mi mujer y yo haciendo ejercicio en la bicicleta dos o tres veces por semana - por no hablar de la gastronomía, tanto en la calidad de la materia prima como en su confección en los restoranes que ocasionalmente visitamos. En fin, que se disfruta esto, aprovechando un poco la relativa tunda que se ha llevado el euro como resultado de los desastres económicos de Grecia y España que arrastran a los demás países europeos, como un peso muerto atado a un náufrago. A nosotros nos cuesta trabajo entender la manga ancha (y no lo digo por España, desde luego) con que la Unión Europea abrió las puertas a países que no estaban en las mismas condiciones de desarrollo y que, me cuesta decirlo, tienen como principal producto de exportación a los mendigos y malvivientes que ahora pululan por las calles de París, Madrid o Barcelona y que han alimentado, por desgracia, la xenofobia feroz de los Berlusconis y otros sátrapas semejantes (en comparación con lo que sucede en Italia, la SB1070 de Arizona no pasa de ser paños calientes).

Y en otro orden de cosas, me he metido de lleno a la más reciente tecnología para leer libros: recibí un espléndido regalo, el artefacto llamado Kindle, que –como seguramente todos mis lectores saben – sirve para leer libros o cualquier otro material impreso o producido en una computadora. Tenía tiempo meditando sobre la conveniencia de adquirir uno, pero indeciso como soy, no pasaba de ahí. Me resolvieron el problema, y debo decir que estoy encantado con el aparato. Me apresuro a decir que, en mi opinión, no existe conflicto con el libro impreso y que no veo que, en un futuro a mediano plazo, éste vaya a desaparecer. Tengo libros con los que llevo una larga relación sentimental y nunca me desharía de ellos; pero para ciertos propósitos, como cuando uno está de viaje, resulta muy fácil y económico cargarlos en el Kindle y llevarlos conmigo: veamos, me ha costado menos de dos dólares comprar las novelas cortas de Melville y bajarlas del cielo en menos de 20 segundos, de modo que, aunque tenga la edición impresa, no me importa tener esta redundancia. Es muy impresionante darse cuenta de que el catálogo de Amazon para Kindle cuenta con más de 400,000 títulos de libros. La versión original de Moby Dick cuesta 3 dólares, lo mismo que el texto completo del Quijote en español. Tiene incorporado el New Oxford Dictionary, y puede bajarse una enciclopedia en español a muy bajo costo para su consulta en línea sin tener que moverse; puede accederse de forma inmediata al buscador Google, o a Wikipedia, o cargar documentos propios directamente desde la computadora. Tiene la opción de escuchar el texto en audio, con voz femenina o masculina, al gusto, y a la velocidad más cómoda para el usuario. Sin duda, tiene algunas limitaciones, pero como complemento es fantástico. Bueno, parezco vendedor de Amazon, pero estoy convencido de que es un prodigioso avance tecnológico.

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