domingo, 19 de septiembre de 2010

Celebraciones bicentenarias

Esta temporada de fiestas “bicentenarias” me deja algunas reflexiones que quiero compartir con mis amigos y lectores.

Much ado about nothing es la shakespeariana frase que resume mi pensamiento al respecto. Y es de lamentarse que, una vez más, gobierno e instituciones privadas se regodeen en presentarnos una serie de eventos seudo históricos como una trama ordenada, con principio y fin, donde descuellan personajes ficcionales que no tienen un ápice de verosimilitud. Y no sólo no son verosímiles, sino que cada uno aparece retratado en diferentes versiones contradictorias: la abominable serie de Televisa – “Gritos de muerte y libertad”, de una vulgaridad apabullante -, la película “Hidalgo; la historia jamás contada”, de la cual solo ví unas cuantas escenas; la de Discovery Channel: “El grito que sacudió a México”, y la de National Geographic Channel: “Hidalgo, la verdadera historia”.

Por supuesto, no pretendo tener un conocimiento especializado en el tema solo por haber visto unos cuantos programas de televisión y leído unos cuantos libros de historia de México. Sí me queda, en cambio, la sensación de que hay una falta de rigor en el tratamiento de los especialistas – quizá por mi formación en un área donde los hechos se presentan sin subjetividad y las interpretaciones no dependen de la nacionalidad o la filiación política o religiosa de quien las hace. Así, a fin de cuentas, nuestra historia nacional termina siendo un pot-pourri de fechas, nombres y eventos desordenados y frecuentemente inverosímiles. La consecuencia es que no se entiende (ni yo ni nadie) a este país.

Ya he mencionado anteriormente algunas de mis objeciones a que se sacralice al cura Hidalgo como “Padre de la Patria”. No se requiere un gran conocimiento para llegar a la conclusión de que ni ideológicamente, ni intelectualmente, ni militarmente, ni políticamente reúne este personaje cualidades que lo hagan merecedor a tal distinción. Era miembro de un grupo de criollos conspiradores en busca de terminar, sí, con los privilegios políticos y económicos de los españoles peninsulares, pero solamente para hacerlos extensivos a su grupo, no para lograr independencia de España y menos para acabar con la hegemonía de la Corona española. Y su “grito”, no olvidemos, incluía el “Viva Fernando VII”.

Y, pensándolo bien, hay otro aspecto de ignominia que sólo se menciona de pasada en el recuento del breve paso de Hidalgo por aquella guerra: la espantosa degollina de los españoles refugiados en la Alhóndiga de Granaditas; hombres, mujeres y niños apaleados, violados y destripados por la plebe sedienta de sangre, legitimada por el “mueran los gachupines” que se había incorporado a las arengas del cura y que, aún hoy, resuena ocasionalmente en las celebraciones septembrinas. Hidalgo no quiso, o no pudo, frenar a la turba en ese momento, pero no cabe duda de que él fue quien propició los acontecimientos. ¿No sería el momento de que nuestra ilustre Comisión Nacional de los Derechos Humanos tomara cartas en el asunto y emitiera, por lo menos, alguna recomendación para los que ensalzan la memoria de quien, ahora, sería considerado un criminal de guerra?

martes, 31 de agosto de 2010

Celebración del Bicentenario

En estos tiempos de celebración del llamado Bicentenario se agudiza la confusión sobre la realidad de los acontecimientos históricos. Nunca he sido fervoroso creyente en los símbolos de nuestra historia, y creo que nos han embaucado desde los primeros años de nuestra instrucción escolar con nombres, fechas y sucesos que ni tienen importancia, ni tienen – muchas veces - un gramo de verdad.

Tengo mi domicilio cerca de una calle llamada Hidalgo, y una revisión somera de la guía de la zona metropolitana arroja la cantidad de 1,258 calles, avenidas, cerradas, callejones y otras categorías que llevan el mismo nombre. Por ociosa curiosidad busqué en el mapa de la ciudad de Londres - del Greater London, o sea, la zona conurbada- alguna cosa equivalente, y puse “Wellington” (un héroe nacional de importancia para los ingleses como quizá lo sea Hidalgo para México), con las categorías “street”,”avenue”, “road”,“lane”, “close”, “mews”, “gardens”, “grove” y “park”, que son tal vez las más usadas en la nomenclatura callejera. Encontré un total de 11 casos.

Pero toma en cuenta, me podrían argumentar, que Hidalgo es el Padre de la Patria, en tanto que Wellington no tiene esa designación honorífica, a lo que yo podría contestar que no sé a cuento de qué le inventaron a aquél dicha calidad de progenitor y, en todo caso, Wellington fue un winner, mientras que Hidalgo, al término de los escasos cinco meses en que se mantuvo a la cabeza de su movimiento puede calificarse como un loser. ¿Por qué – insisto – tanto reconocimiento, tanto homenaje, tanta veneración, a un personaje que participó sólo efímeramente en aquella compleja guerra que duró casi exactamente 11 años? Y que, por añadidura, no manifestó en ningún momento rasgos de talento político o militar significativos.

¡Uy, palabras sacrílegas! Pero es que, regresando al tema inicial, sucede que acabo de ver por la televisión, en el Discovery Channel, el primer episodio de una serie llamada El grito que sacudió a México, que trata de lo sucedido en los primeros meses de aquella gesta iniciada en 1810. Y me llamó la atención la manera como el guión se aparta radicalmente de la ortodoxia nacionalista mexicana y, sin estridencias, presenta una versión de los hechos que calificaré como muy verosímil. Hidalgo perseguía integrar a los criollos - no a los indios - a los centros de decisión política y administrativa; su propósito no era independizarse de España sino, por el contrario, apoyar a la depuesta monarquía borbónica en contra de los invasores bonapartistas; el personaje que tenía las credenciales apropiadas para liderar el movimiento era Allende, y no el cura; la Corregidora era simplemente la señora de la casa donde se reunían los conspiradores – amable y simpática anfitriona, que no participante activa -; no hubo tal Grito ni se convocó a la gente mediante la campana de Dolores la noche del sábado 15 de septiembre sino hasta el 16, aprovechando que era domingo y la gente concurría espontáneamente, de haciendas, rancherías y caseríos cercanos a Dolores, a cumplir con los ritos religiosos dominicales.

Añado que la serie en cuestión, hecha con actores no profesionales pero, como en los programa de ese tipo en ese y otros canales norteamericanos (NatGeo o History Channel), conducidos con corrección en lo que se refiere a vestuario y ambientación, ha sido asesorada por un grupo amplio de historiadores mexicanos, de la UNAM, El Colegio de México, la Universidad Iberoamericana y El Colegio de San Luis Potosí, es decir, no se trata de una visión ramplona de “extranjeros malintencionados ignorantes de nuestra gloriosa historia patria”.

Y presenta, sin tapujos, a Hidalgo como un hombre que no tenía las cualidades que lo hubieran hecho un líder revolucionario capaz de llevar a su movimiento a buen final. Su fugaz participación en la guerra, y su pronta captura y fusilamiento, se debió más que nada a los gravísimos errores estratégicos que cometió, en contra de las opiniones de Allende. Y sus seguidores, por desgracia, fueron principalmente campesinos hambrientos, y asesinos y ladrones liberados de la cárcel por el cura, todos ellos atraídos por las perspectivas del pillaje y el saqueo de las poblaciones que caían en sus manos; gente, pues, sin la disciplina que requería un ejército revolucionario.

¿El Padre de la Patria? Pues creo que no; más bien, que nos han vendido – desde la escuela primaria – a un personaje muy cuestionable. Y es que no tenemos muchos héroes: de ahí, pues, las 1,258 calles que llevan su nombre, para confusión de quienes simplemente buscan una dirección.

lunes, 9 de agosto de 2010

Funcionarios analfabetos

El pasado 1o. de agosto se publicó un artículo en el New York Times firmado por Elisabeth Malkin, con el título “Las manifestaciones ponen a prueba la paciencia de los conductores en la ciudad de México”, a propósito de los cotidianos bloqueos a la circulación vehicular por parte de grupos que hacen de la calle un lugar apropiado para expresar sus opiniones, protestas o exigencias. Malkin se refiere, con cierta sorna, al lema que ahora encabeza las publicaciones oficiales del gobierno del Distrito Federal, ¨Capital en Movimiento”, haciendo notar que, en realidad, la mayor parte del tiempo nuestra sufrida capital está más bien semiparalizada.

El artículo en cuestión, ya comentado también por Sergio Sarmiento en su columna Jaque Mate, en el diario Reforma (6-Ago-2010), refleja la estupefacción de cualquier observador externo ante lo absurdo de la situación. Se trata de una ciudad enorme, con problemas gigantescos – varias veces he insistido sobre ello – que rebasan la capacidad técnica y administrativa de sus gobernantes y agobian a sus habitantes, pero que es víctima, además, de la irracionalidad de grupúsculos políticos que por inconsciencia o por maldad añaden dificultades artificiales a las de por sí incontrolables situaciones derivadas de las condiciones meteorológicas y otras causas.

Ciertamente, son pocas las ciudades del mundo en que sus habitantes están sujetos a este tipo de situaciones. A veces, desde luego, se dan manifestaciones callejeras y se cierra momentáneamente alguna vialidad importante (me tocó recientemente presenciar una, en Barcelona, que no duró arriba de unos 40 minutos y se disolvió con orden y presteza). En Nueva York, Londres, Madrid, París o Berlín, urbes todas ellas que no podríamos calificar de antidemocráticas, estas cosas no suceden más que, en todo caso, de manera aislada y controlada por la policía local. ¿Por qué, en cambio, a nosotros nos pasa eso, que no puedo más que calificar como una estupidez perversa que causa graves daños a la población?

El origen está, creo yo, en la demagogia característica de los gobiernos PRIístas que, durante setenta años, se esforzaban por aparentar que cuidaban con pulcritud las libertades individuales y sociales. Recuerdo (qué buena memoria, ¿eh?) aquella frase del Presidente Ruiz Cortines, por allá de los años cincuentas, enunciada con toda solemnidad “es preferible el abuso de las libertades ciudadanas que el ejercicio de la más moderada dictadura”. Y vaya mentira, pues aquel veracruzano no se tentaba el corazón para reprimir con la dureza que fuese necesaria a quienes trataran de subvertir el orden, al igual que sus sucesores. Así se fue construyendo, sexenio tras sexenio, esa doble personalidad de los gobiernos mexicanos, por un lado predicando las libertades y, por el otro, asestando sin miramientos duros mazazos a quienes osaran salirse de control.

Sin embargo, en la capital del país se ha dado un cambio de estilo en los últimos doce o quince años, a raíz de los gobiernos de seudo-izquierda que se han apoderado del control político y administrativo de la ciudad (y digo de seudo-izquierda, porque por lo general el término izquierda refleja una posición progresista pero fundamentalmente racional; en el caso del D.F., por desgracia, esta condición no suele cumplirse). A diferencia del doble discurso PRIísta, los gobiernos de seudo-izquierda han optado por soltar la rienda, dejando al libre arbitrio de las masas el funcionamiento de la ciudad. Es evidente que eso les representa grandes ventajas electorales, y por ello no se ve, en un futuro cercano, la posibilidad de que nos deshagamos de ellos.

Y las justificaciones que ofrecen los funcionarios municipales son de una inocencia palmaria, que hace patente su cortedad mental. Narra la periodista Malkin que el subsecretario de gobierno del Distrito Federal, un tal Juan José García Ochoa, aduce que “en nuestro país hay un derecho constitucional a manifestarse”. Este buen señor ignora que ese derecho constitucional existe en muchos otros países, y paso a citar tres a guisa de ejemplo:

En la Constitución de los Estados Unidos dice textualmente la First Amendment (traducción mía): “La ley no puede establecer una religión ni prohibir su libre culto, ni restringir la libertad de expresión o el derecho de la gente para reunirse pacíficamente o para ejercer el derecho de petición...”

Y en la Constitución Española rezan los artículos 20 y 21: “Se reconocen y protegen los derechos a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio...”, “Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas... En el caso de reuniones en lugares de tránsito público y manifestaciones se dará comunicación previa a la autoridad, que sólo podrá prohibirlas cuando existan razones fundadas de alteración del orden público para personas y bienes.”

En Inglaterra existe formalmente la Human Rights Act, de 1988, que establece el derecho a la protesta pacífica o acción directa no violenta. Esto significa que se puede participar en una manifestación pública de protesta mientras no se dé la violencia contra personas o bienes. Sin embargo, se requiere obtener un permiso previo de la autoridad policial

Comparemos estos con el Artículo 9o. de la Constitución de nuestro país: “No se podrá coartar el derecho de asociarse o reunirse pacíficamente con cualquier objeto lícito... Ninguna reunión armada, tiene derecho de deliberar... No se considerará ilegal, y no podrá ser disuelta una asamblea o reunión que tenga por objeto hacer una petición o presentar una protesta por algún acto a una autoridad, si no se profieren injurias contra ésta, ni se hiciere uso de violencias o amenazas para intimidarla u obligarla a resolver en el sentido que se desee...”

Si leemos bien nos daremos cuenta de que la constitución mexicana es ligeramente más restrictiva que la norteamericana o la española aunque, en todo caso, la coincidencia de fondo con las tres citadas es realmente notable en ese sentido. Lo que sucede es que nuestros funcionarios de la seudo-izquierda padecen deficiencias graves en su formación. Son, de hecho analfabetos funcionales, pues conocen el alfabeto, pero son incapaces de comprender lo que leen. Y, claro, aún así pretenden darle una lección a los extranjeros exponiendo una supuesta superioridad de nuestras leyes en materia de libertades. Vaya ridículo el que hacen.

jueves, 22 de julio de 2010

¿Nos lo merecemos o no?

Dice el Rector de la UNAM, don José Narro, que “nuestro país no merece lo que le pasa”, refiriéndose a “los problemas seculares de nuestra historia como la pobreza y la desigualdad” y se lamenta de “la falta de expectativas, el desánimo y las desavenencias entre grupos y sectores...” y de la falta, en general, “de visión de largo plazo, compromiso con el porvenir y sacrificio de lo inmediato”.

Pues tengo que decir que disiento de la tesis del señor rector. Si es admisible hablar de merecimientos, nuestro país (y entiendo por ello a la sociedad mexicana) se merece lo que le pasa, pues las cosas a que alude el rector no son culpa de nadie ajeno a esta sociedad: no son injustos castigos divinos, ni el resultado de invasiones de ejércitos extranjeros u otras causas que pudieran explicarlo. Qué, ¿somos acaso un país de inocentes que han sido “inmerecidamente” devastados por catástrofes incontrolables cuya consecuencia son esos siglos de pobreza y desigualdad?

Esos grandes problemas del país, la pobreza y la desigualdad, están ahí porque no han sido atendidos adecuadamente por los mexicanos, desde que existimos como tales, a partir de la conquista. Tenemos casi quinientos años de existencia más o menos definida – sea como colonia de la Corona Española o como país independiente – y ni durante la colonia ni después, en los doscientos años de vida independiente que con gran alborozo nos disponemos ahora a festejar, hemos sido capaces de forjar una nación próspera, donde se hubiese abolido la pobreza y la desigualdad. Y, por supuesto, pretextos no faltan. Cierto, durante los tres siglos de colonia, la política española hacia sus dominios coloniales fue desastrosa – aunque hay que admitir que, a la postre, los resultados para España también fueron desastrosos. La Corona Española nunca tuvo interés en desarrollar los territorios bajo su dominio, pero los que vivían aquí, llámense criollos, mestizos o indígenas, tampoco mostraron la capacidad para suplir esa displicencia y el país llegó al principio del Siglo XIX con una formidable falta de gente preparada para encargarse de manejar una nueva nación. Sí, admito que la política de la metrópoli en materia económica fue de una tontería sublime al restringir la posibilidad de fortalecer ciertas actividades clave, pero que yo sepa nunca limitó de manera deliberada el acceso a la educación de la población en general. Fueron los mexicanos quienes no se preocuparon de ello, pues los que eran propiamente españoles, además de los conquistadores, siempre constituyeron un grupo numéricamente pequeño. Y es irrebatible que los que no eran españoles eran mexicanos, ya fuese como criollos o de cualquier otro modo.

Y entonces, una vez que - en medio de una confusión todavía difícil de entender para la mayoría de nosotros - se formalizó la nación independiente, los mexicanos de aquella época y sus descendientes no supieron contender adecuadamente con los problemas. Fueron los mexicanos quienes empobrecieron aún más al país y quienes nunca emprendieron una política de estado para terminar con la desigualdad social, que todavía sigue siendo una situación muy grave. Fueron los mexicanos quienes abandonaron a su suerte a los territorios del norte y pusieron las bases para que a sus pobladores les resultara más atractivo pasar a formar parte de la poderosa nación norteamericana que seguir siendo víctimas del expolio metropolitano (y sigue siendo cierto que para muchos millones de compatriotas sea más atractivo irse a vivir a los Estados Unidos, a pesar de las tremendas dificultades que ello implica). Fueron los mexicanos los que después de las guerras intestinas del período de 1910 a 1920 crearon instituciones que, a la postre, resultaron ruinosas por la falta de previsión, talento y experiencia de quienes estuvieron a su cargo. Y en todas las épocas fue la sociedad mexicana la que propició la indolencia, la irresponsabilidad, la pasividad, el desprecio por el esfuerzo y el trabajo y fomentó la escandalosa corrupción que ahora nos ahoga.

Así que no hay más remedio que admitir que nos merecemos lo que pasa. ¡Qué fácil es echar la culpa a alguien más! Y por cierto, don José, seguimos sin encontrar el rumbo en materia educativa y propiciando el éxodo de nuestras mejores gentes a buscar horizontes en otros países.

jueves, 8 de julio de 2010

Sobre la sociedad mexicana

Hace un par de días, un buen amigo español me espetó lo siguiente: - “Me parece que la sociedad mexicana es cobarde”. Añadió que su opinión se basaba en lo que diariamente lee en la prensa de aquel país, además de impresiones directamente recogidas en diversas estancias en México. Conversábamos sobre el tema inevitable de la guerra contra los narcotraficantes y el horror de las masacres que nos tienen todos los días en las noticias internacionales y, ante mi desconcierto por la franqueza de su observación, me aclaró: - “Hay que distinguir entre la cobardía individual y la de la sociedad en su conjunto; la sociedad mexicana está acobardada ante el horror que vive y no parece saber en qué dirección moverse. Leemos y escuchamos múltiples voces en México que critican acremente la supuesta estrategia gubernamental en la guerra en que se halla metido, pero nadie sabe cuál es esa estrategia y mucho menos aportan una alternativa. Quienes hemos vivido una guerra – y estamos metidos en otra, pues hay actualmente fuerzas militares españolas combatiendo en Irak y en Afghanistán – sabemos que las estrategias de guerra no se hacen públicas y menos aún están sujetas al debate popular y a la crítica de cualquiera que pase por la calle. Podemos estar en contra de la guerra misma – y hay mecanismos para manifestarnos en ese sentido – pero la estrategia propiamente está a cargo del jefe de gobierno, de sus ministros y de los generales que comandan los destacamentos militares.”

Y prosiguió: - “Quizá la sociedad mexicana esté en contra de la guerra y supongamos que la gente piensa mayoritariamente que su presidente no debió haberse metido en ella. Pero eso es asunto pasado y no tiene remedio. No me queda claro cuál podría ser, en este momento, la alternativa. ¿Deponer las armas y mandar un mensaje de capitulación a los capos del narcotráfico? ¿Pedirles perdón y rogarles que se vuelva a la situación pre-Calderón, olvidando lo sucedido, acompañado incluso por la renuncia del presidente como gesto de arrepentimiento? Pues eso es lo que se interpreta fuera de México como el clamor de la sociedad, a juzgar por lo que se lee en los artículos de opinión en los diarios, donde prácticamente no hay nadie que muestre solidaridad y llame a la unidad nacional ante la situación de emergencia que atraviesa el país.”

“Desgraciadamente – continuó – la sociedad parece haber dejado solo al presidente. Los partidos políticos, más preocupados por su jugueteo electoral, no se involucran y evidentemente prefieren que aquél sufra el desgaste y se le carguen las cuentas a él y a su partido, como indicarían los resultados de las elecciones del pasado domingo. ¿Quién salió ganando? El PRI. ¿Y creen los mexicanos que ese partido político los sacará del hoyo, después de los setenta años que manejó al país de manera tan incompetente?”

Y concluyó: - “Por eso, querido amigo, creo que la sociedad mexicana se ha acobardado. Ya podéis estar seguros de que un gobierno débil, sin apoyo social y con las actitudes desleales de los que solo buscan el beneficio político a corto plazo, será incapaz de sacar al país de la situación tan crítica en que se encuentra. Y no creo necesario advertirte de los graves peligros que corre un país con un gobierno sin autoridad y donde los líderes de opinión se solazan en criticar y deslegitimar sus políticas. Ejemplos sobran”.

Bien, pues como podrán imaginar esa conversación me ha dejado muy pensativo y sin argumentos. Ojalá quienes lean estas líneas puedan ayudar a aclarar las cosas.

miércoles, 30 de junio de 2010

EL PAÍS DE LA FRIVOLIDAD

En general, la distancia nos da una mejor perspectiva, y creo que es una buena costumbre – para el observador de la realidad nacional - alejarse de tiempo en tiempo para enfocarse en las cuestiones de fondo y no perderse en los detalles, casi siempre insustanciales, con que nos agobia la lectura cotidiana de la prensa escrita. La de nuestro país, digo, pues frecuentemente he comparado el tiempo que dedico a hojear los diarios que la maravilla tecnológica del internet pone a mi disposición y, bueno, de los diez o quince minutos que me lleva la lectura del Reforma dominical de México a la hora y media que habría que dedicar a El País o a Le Monde o al New York Times, pues hay una gran diferencia.

Y es que el signo del México actual es la frivolidad. No hay interés por involucrarse seriamente en nada – o, cuando mucho, solamente dentro de los límites estrechos de la actividad profesional - ; de ahí, pues, que nuestros diarios dediquen más espacio a temas triviales, o bien que aborden los asuntos de mayor importancia solo de manera superficial, recurriendo más a la expresión vehemente o al lirismo desenfrenado que a la reflexión seria y prudente. Y puedo incluir aquí a muchos de nuestros intelectuales. El no sorprendente despliegue de homenajes póstumos, discursos y ditirambos al reciente fallecimiento de Carlos Monsiváis ejemplifica lo anterior. Desde luego, no quiero descalificar a Monsiváis (parafraseando a Cantinflas, digo que ya otros se encargarán de hacerlo), pero no creo errar al usarlo como ejemplo de lo que afirmé antes. Entiendo por qué alguien como la señora Poniatowska se deshaga en elogios y santifique al “cronista de todos los cronistas”; lo que no entiendo es por qué ella se alza como representante de la clase pensante y no hay protestas (y recuerdo, por cierto, la sentencia de Octavio Paz: “Monsiváis no es un hombre de ideas sino de ocurrencias”). En fin, que nadie es profeta en su tierra, pero también hay los que solamente en su tierra son profetas.

Y pongo otro ejemplo reciente: como residente de San Ángel no pude menos que sentirme agraviado por la intención del gobierno del D.F. de cambiar el nombre de la avenida Altavista por “Paseo José Luis Cuevas”. Vivimos en una de las ciudades más inseguras del mundo, con problemas atroces en cuanto al suministro de agua potable, al desalojo de aguas residuales, a la recolección de basura, al transporte público, en fin, en todas las áreas de la incumbencia municipal. Y ahora, como si la intención fuese burlarse de los ciudadanos, nos ofrece una propuesta concreta: ¡cambiar el nombre de una calle! Quienes por ahí vivimos nos sentiríamos contentos si el gobierno de la frivolidad intentase resolver algunos problemas reales y dejara en santa paz a la avenida Altavista.

Aunque, por otro lado, el diario Reforma (23-Jun-2010) recoge en una entrevista al pintor Cuevas la siguiente opinión, a propósito del cambio de nombre a la avenida: “Él tiene su casa, tiene su calle, tiene todo; ¿entonces porque yo no voy a tener exactamente lo que Diego Rivera tuvo?" No entraré a juzgar la equiparación entre Rivera y Cuevas que propone este último (Cuevas, como todos sabemos, es la personificación misma de la frivolidad), y no opinaré sobre si debe tener o no lo mismo que Rivera pero, habiendo tantísimas calles en la ciudad que no tienen nombre (véase, por ejemplo, la Guía Roji, para constatarlo: la cantidad de calles que se designan por número es enorme), ¿por qué no se premia mejor a Cuevas con alguna de ésas? Al oriente de la Av. Plutarco Elías Calles, a lo largo de la calzada Ermita Iztapalapa, o en San Juan de Aragón, por citar solo dos zonas, hay centenares de calles y avenidas que bien podrían usar el nombre del díscolo pintor y satisfacer su ego. No vaya a ser que, si los vecinos de San Ángel logran frenar la impúdica intención del gobierno citadino, se le ocurra pedir en compensación que le pongan su nombre al Paseo de la Reforma.

Y, en otro orden de cosas, veo que se ha armado un revuelo por la advertencia del secretario Gómez Mont a los comisionados de derechos humanos, conminándolos a no convertirse en “tontos útiles de la delincuencia”. Parece que la expresión “tontos útiles” tiene su historia, y suele atribuirse a Lenin su utilización al referirse a los capitalistas que le venderían al estado comunista la soga con que éste los ahorcaría. Claro que Lenin hablaba en ruso (creo más bien que la expresión usada por Gómez Mont proviene del inglés “useful idiots”), así que resulta difícil saber qué es lo que realmente dijo, y más bien parecería que la expresión original en inglés sería “utter simpleton”, usada por Keynes para referirse al presidente Wilson, y que podría traducirse como “completo simplón” o “completo inocentón”. En todo caso, a reserva de que Gómez Mont clarifique el sentido preciso de su expresión, no veo por qué habrían de indignarse los comisionados de marras. ¿No estamos, acaso, en un país donde todo el mundo clama por el respeto a la libertad de expresión? Es evidente que el secretario está haciendo uso de ese derecho, y no tiene nada de reprochable que exprese su opinión (que, me adelanto a decir, comparto plenamente). Ahora, no lo dude usted, vendrán los desgarramientos de vestiduras, en una manifestación más de nuestra mexicana frivolidad.

domingo, 20 de junio de 2010

Impresiones de Turquía

Una visita relámpago a Turquía, planeada sin más pretensiones que una simple excursión turística, me ha dejado turulato. Además de una visita a las ruinas de Éfeso, uno de los centros destacados de la Grecia clásica y del imperio romano y de cierta importancia, además, en las primeras épocas de la cristiandad, el impacto sobresaliente lo recibimos en Estambul. Es difícil describir esta ciudad – imposible competir con tantos escritores prodigiosos que ya lo han hecho, desde Pierre Loti hasta Orhan Pamuk – y debo confesar que ciertos prejuicios antiguos me habían siempre mantenido sin mayor interés en visitarla. Y no me queda duda, ahora, de que es una de las más bellas ciudades que conozco: lo mismo en sus aspectos naturales, ubicada a ambos lados del Bósforo (cuyo nombre evoca los misteriosos relatos sobre los emperadores otomanos, sus serrallos y las constantes pugnas con sus contrapartes cristianas), que por los imponentes palacios y mezquitas que dominan el paisaje urbano, por un lado y, por otro, las modernas construcciones residenciales que bordean el paso hacia el Mar Negro, que recordarían los panoramas de muchos sitios de la próspera costa occidental de los Estados Unidos.

En los pocos, pero intensísimos, días que estuvimos ahí nos dimos cuenta de que nuestra ignorancia era monumental. Desconocíamos, por ejemplo, que es una ciudad de quince millones de habitantes – tanto o más que nuestra ciudad de México –, con un tráfico caótico, igual que en casa, pero con un sistema de transporte público de primer nivel, a diferencia del nuestro. Y con una vitalidad que se refleja en el movimiento de los centenares de embarcaciones que día y noche transitan por el estrecho, desde los veleros y lanchas deportivas y las pequeñas naves de pasajeros que hacen servicio de transporte de un lado al otro, hasta los enormes petroleros y mercantes que van y vienen de los países en las orillas del Mar Negro. En fin, una ciudad de la cual nos quedamos prendados.

Ahora bien, aparte de los aspectos aparentes de la ciudad – que, por cierto, no es la capital del país, pese a ser la más grande – se pueden apreciar otras cosas que por fuerza requieren adentrarse en la historia remota y reciente del país. Para empezar, es un país musulmán – escuchamos diversas versiones que sitúan entre el 93 y el 99 por ciento a quienes profesan esa religión – pero al mismo tiempo es un estado laico. Lleno de mezquitas que, a las horas acostumbradas, lanzan desde sus minaretes los llamados a la oración que, con toda tranquilidad, son ignorados por la mayor parte de la gente que vemos por la calle. Hay un cierto número de viandantes que llevan el atuendo tradicional, los hombres con sus chilabas y las mujeres con la cabeza cubierta o incluso llevando la burka, pero la mayor parte lleva vestimenta europea y llegamos a ver buen número de jóvenes mujeres con vestidos que aun en España llamarían atrevidos. Pero hay un alto grado de tolerancia al respecto, por lo que se puede apreciar; se ven grupos de jovencitas departiendo en los cafés, algunas con velo y otras sin él, como si nada. La venta y el consumo de alcohol es totalmente libre, como en cualquier país occidental. Y siendo musulmán, no es un país árabe, lo que a nosotros nos pareció algo extraño. El idioma es absoluta y totalmente incomprensible, aunque usan el alfabeto latino, si bien con algunas letras levemente modificadas para adecuarse a fonemas que no corresponden a ese alfabeto.

Bueno, y va un pequeño breviario cultural. Desde mediados del Siglo XV se consolidó el imperio otomano, que fue durante siglos una de las entidades políticas más importantes del mundo y una permanente piedra en el zapato para el cristianismo en la lucha por el control del Mediterráneo. En 1571, con la derrota de la flota otomana en la batalla de Lepanto, se frenó el expansionismo turco en el Mediterráneo occidental, pero el imperio se mantuvo hasta el final de la primera guerra mundial, en 1918. Es decir, Turquía nunca fue un país sojuzgado, y durante casi quinientos años mantuvo un status de potencia imperial.

Ahora bien, lo que sucede en las tres décadas entre 1915 y 1945 es realmente impresionante (y debo confesar que lo ignoraba hasta ahora, cuando mi visita a Estambul hizo imprescindible documentarme al respecto). Bien, para no aburrir al lector diré rápidamente que en la guerra de 1914-1918 Turquía estaba aliada con Alemania, y la derrota tuvo como consecuencia que los ejércitos victoriosos ocuparan el país. Pero esto tuvo el efecto de alimentar el nacionalismo turco y antes de cuatro años los ejércitos de ocupación, principalmente los británicos, incapaces de controlar el movimiento nacionalista, se vieron forzados a abandonar el país. ¡Sólo cuatro años! En ese corto lapso se expulsaron las fuerzas de ocupación, se abolió el imperio otomano de casi cinco siglos de antigüedad, se constituyó la república de Turquía y este país volvió a tomar el control de una de las zonas estratégicas más importantes del mundo, a saber, el paso del Egeo al Mar Negro que, obviamente, era el botín más codiciado por las naciones contendientes. ¡Absolutamente increíble!

¿Cómo entender eso? Claro, fue la ola de nacionalismo turco, pero al frente de ella la figura del gran líder Mustafá Kemal, que fue electo presidente de la república en 1923 (y recibió el nombramiento honorífico de Atatürk - padre de los turcos – en 1934). Este personaje, cuyo prestigio se basó inicialmente en su estrategia para derrotar a los británicos en la sangrienta batalla de Gallipoli, estuvo al frente del estado turco hasta su muerte, en 1938, y en esos quince años impulsó su modernización con una serie de medidas que son difíciles de entender para alguien que viene de un país que en los últimos noventa años no ha podido poner en práctica cabalmente un proyecto de nación. Entre otras cosas, logró:

- Abolir el imperio otomano e instituir una república democrática parlamentaria.
- En un país musulmán, imponer el estado laico y dejar fuera del juego a los clérigos (para comparación, véase lo que está sucediendo ahora en Argelia).
- Forzar el cambio de la escritura, imponiendo el alfabeto latino.
- Imponer, como tarea esencial para el estado turco, la unificación y modernización de la educación, dejando claro que la liberación de un país solamente es posible con un sistema educativo eficaz. Es interesante mencionar que tuvo, como asesor para este proyecto, al filósofo norteamericano John Dewey (¿se imagina el lector lo que pasaría en nuestro país si el presidente invitara a un norteamericano para asesorarlo en materia educativa?).
- Incorporar a la mujer con plenos derechos, suprimiendo la costumbre todavía prevalente en los países árabes de subordinación al hombre. El otorgamiento de la igualdad jurídica entre los sexos se adelantó incluso a varios países europeos.
- Con la modernización de la escritura, impulsó la lectura del Corán en idioma turco, lo que puso al alcance de todos el acceso a los textos religiosos, suprimiendo así el control de los clérigos sobre su interpretación.
- Con una actitud pragmática llevó a cabo la reforma del sistema jurídico turco basándose en los modelos suizo e italiano, eliminando, entre otras cosas, los tribunales islámicos.
- Bueno, hasta la indumentaria, pues poniendose él mismo como ejemplo se generalizó el uso de la moda europea y se obligó a todos los empleados públicos a utilizar ese atuendo.

Como puede notarse, me he quedado profundamente impresionado con aquel país. Y con la evidencia de que es posible hacer cambios profundos en relativamente corto plazo. ¿Seremos los mexicanos capaces de algo igual?

(Por afortunada coincidencia, ha aparecido en el diario El País de hoy un artículo de Juan Goytisolo - excelente, como siempre - sobre el tema de Turquía, que recomiendo sin reservas a quien quiera conocer un poco más sobre ese país y su paradójica relación con la Unión Europea).

domingo, 30 de mayo de 2010

Curiosas semejanzas

Jamaica, antigua colonia británica en las Antillas y hoy una de las relativamente nuevas naciones inventadas tras los movimientos independistas de los años cincuentas y sesentas del siglo pasado, tiene aproximadamente unos 2.8 millones de habitantes, es decir, más o menos la cuarenta-ava parte de la población de México. En este mes de mayo del 2010 se convirtió en escenario de una furiosa batalla entre los pobladores de barrios enteros de la capital, Kingston, y la fuerza pública, principalmente el ejército, de aquel país isleño. La reyerta se desencadenó a raíz de la decisión del gobierno local de cumplimentar una petición de extradición, por parte de los Estados Unidos, contra uno de los más reputados barones, o capos, del narcotráfico local, un tal Dudus Coke.

Solamente el lunes 24 se registraron 26 víctimas mortales durante un asalto del ejército a un barrio marginado (que lleva el pintoresco nombre de Tivoli Gardens), y hasta el momento de escribir estas líneas el saldo de la batalla es de más de 75 muertos e incontables heridos, entre habitantes de la zona y soldados. Además, por cierto, no se ha localizado al Dudus Coke, quien está protegido por los habitantes de esa barriada, decididamente opuestos – hasta la muerte, dicen - a que se ejecute su extradición. Y añade el jefe de la policía: “démonos cuenta de que estamos inmersos en una guerra”.

Mis lectores se preguntarán, ¿y ahora, a éste qué le pasa, que se fue hasta Jamaica? Pues se trata de poner las cosas en perspectiva y para ello comenzaré por hacer algunos sencillos cálculos. En alrededor de dos semanas la guerra en cuestión ha cobrado 75 muertes, que equivaldrían en una simple extrapolación lineal a 3,000 en un país del tamaño de México. Si supusiéramos que lo que está sucediendo es un episodio extraordinariamente violento y que, si aquella guerra continúa lo haría con una intensidad 10 veces menor, querría decir que en tres años el saldo en Jamaica será más o menos de 540 muertes, que equivaldrían, en México, a cerca de 22,000. Bueno, pues mi aritmética es, al menos, consistente: esa cifra es aproximadamente lo que, según diversas fuentes, ha costado la guerra iniciada contra los cárteles de la droga a principio de este sexenio. Eso es, en simplista conclusión, lo que cuesta este tipo de guerras, independientemente de las “estrategias”, asunto en el que no soy muy versado, a diferencia de lo que suelen presumir algunos comentaristas de radio y televisión que critican las políticas gubernamentales.

No terminan en esas cuestiones nuestras semejanzas con el país caribeño: resulta que el partido laborista – que actualmente gobierna la isla – tiene, desde hace muchos años, estrechas ligas con la banda criminal del Dudus Coke (se dice, por ejemplo, que el partido había contratado a un importante bufete neoyorkino para tratar, sin éxito, de frenar la petición de extradición de este peligroso personaje) y se teme que el escándalo actual los salpique al punto de afectarles en una próxima ronda electoral. No sería extraño que el numerito que protagoniza ahora el candidato del PRD en nuestro estado de Quintana Roo (también caribeño, por curiosa coincidencia), ese señor conocido como Greg, termine por revelar ligas muy pecaminosas con algún cártel y desencadenar una serie (que muchos ya esperábamos desde hace algún tiempo) de eventos semejantes en otros estados del país. Y es que no es verosímil que los cárteles que operan en Michoacán, Morelos, Sinaloa, Nuevo León, Tamaulipas, por nombrar solo algunos, hayan desarrollado su enorme potencial económico y paramilitar sin que los correspondientes gobiernos estatales – del color que fueren - hubieran tenido pleno conocimiento de lo que estaba ocurriendo a lo largo de los últimos diez o quince años.

Y, como dirían los niños pequeños, ¡ay, nanita! Me temo que no hemos visto más que la punta del iceberg. De ahí tanto interés en desviar la atención hacia los temas secundarios, como el respeto a los derechos humanos y cuestiones de ese tipo. Lo que se viene puede ser cosa seria.

domingo, 23 de mayo de 2010

En Barcelona

Apenas reponiéndome del jet-lag, que a medida que avanzan los años cuesta más trabajo remontar, hago mis reflexiones semanales. Pero la distancia permite enfocar mejor y, aunque se pierde mucha información de detalle, el contexto es más amplio. El día a día en México produce un estruendo mental que limita las capacidades de análisis: tanta información, tan poca sustancia; hay que hacer todos los días un molesto filtrado de la noticia periodística impresa y televisada para quedarse, muchas veces, con nada.

Y, desde luego, no es que falte material; lo que sucede, creo, es que los informadores no tienen capacidad para discernir el trigo de la paja y, además, con un objetivo de carácter comerical, en un país con tan pocos lectores, para qué perder el tiempo en temas abstrusos si resulta más atractivo el regodeo barato con el último secuestro, la última batalla campal entre sicarios o el último asesinato – y éste, mientras más tarde en resolverse, mejor, pues cada día habrá nuevos y más jugosos detalles para añadir a la trama, como si fuera una telenovela; un culebrón, que dicen en España.

Hoy domingo compruebo, una vez más, que si hago el ejercicio con seriedad me toma alrededor de una hora leer El País, que es el diario cuyo contenido se ajusta más a mis gustos. Y me desconsuela pensar que en México no haya un solo periódico cuya lectura requiera arriba de diez minutos (excluyo aquéllos que por higiene mental ni siquiera se me ocurriría comprar). Curiosamente, contrasta la calidad de este diario (y del Vanguardia, éste de origen catalán) con la relativa pobreza de los programas noticiosos de la televisión española.

Y, a pesar de la crisis de la economía española, que parece de magnitud pocas veces vista, la vitalidad aparente de la ciudad – Barcelona – sigue magnífica, como siempre. No quiero pensar en los millones de personas en paro ni en las medidas de austeridad que ha debido tomar el gobierno – si bien tardíamente – y que tendrán un altísimo costo político que, me temo, tendrán como consecuencia la vuelta al poder de la derecha recalcitrante. Aquí, las calles, como siempre, repletas de gente alegre; los maravillosos parques – que gozamos mi mujer y yo haciendo ejercicio en la bicicleta dos o tres veces por semana - por no hablar de la gastronomía, tanto en la calidad de la materia prima como en su confección en los restoranes que ocasionalmente visitamos. En fin, que se disfruta esto, aprovechando un poco la relativa tunda que se ha llevado el euro como resultado de los desastres económicos de Grecia y España que arrastran a los demás países europeos, como un peso muerto atado a un náufrago. A nosotros nos cuesta trabajo entender la manga ancha (y no lo digo por España, desde luego) con que la Unión Europea abrió las puertas a países que no estaban en las mismas condiciones de desarrollo y que, me cuesta decirlo, tienen como principal producto de exportación a los mendigos y malvivientes que ahora pululan por las calles de París, Madrid o Barcelona y que han alimentado, por desgracia, la xenofobia feroz de los Berlusconis y otros sátrapas semejantes (en comparación con lo que sucede en Italia, la SB1070 de Arizona no pasa de ser paños calientes).

Y en otro orden de cosas, me he metido de lleno a la más reciente tecnología para leer libros: recibí un espléndido regalo, el artefacto llamado Kindle, que –como seguramente todos mis lectores saben – sirve para leer libros o cualquier otro material impreso o producido en una computadora. Tenía tiempo meditando sobre la conveniencia de adquirir uno, pero indeciso como soy, no pasaba de ahí. Me resolvieron el problema, y debo decir que estoy encantado con el aparato. Me apresuro a decir que, en mi opinión, no existe conflicto con el libro impreso y que no veo que, en un futuro a mediano plazo, éste vaya a desaparecer. Tengo libros con los que llevo una larga relación sentimental y nunca me desharía de ellos; pero para ciertos propósitos, como cuando uno está de viaje, resulta muy fácil y económico cargarlos en el Kindle y llevarlos conmigo: veamos, me ha costado menos de dos dólares comprar las novelas cortas de Melville y bajarlas del cielo en menos de 20 segundos, de modo que, aunque tenga la edición impresa, no me importa tener esta redundancia. Es muy impresionante darse cuenta de que el catálogo de Amazon para Kindle cuenta con más de 400,000 títulos de libros. La versión original de Moby Dick cuesta 3 dólares, lo mismo que el texto completo del Quijote en español. Tiene incorporado el New Oxford Dictionary, y puede bajarse una enciclopedia en español a muy bajo costo para su consulta en línea sin tener que moverse; puede accederse de forma inmediata al buscador Google, o a Wikipedia, o cargar documentos propios directamente desde la computadora. Tiene la opción de escuchar el texto en audio, con voz femenina o masculina, al gusto, y a la velocidad más cómoda para el usuario. Sin duda, tiene algunas limitaciones, pero como complemento es fantástico. Bueno, parezco vendedor de Amazon, pero estoy convencido de que es un prodigioso avance tecnológico.

lunes, 17 de mayo de 2010

Espejismos demagógicos

Tenemos - dice don José Narro, Rector de la UNAM – una deuda pendiente con Hidalgo y “el movimiento libertario que encabezó”, dijo, después de destacar “el papel reformador y visionario que desempeñó” (Reforma, 9-may-2010). Bueno, pues a mi juicio esa opinión acerca del llamado padre de la patria peca de ciertas inexactitudes. Porque una cosa son los mitos que nos endilgan al por mayor en los libros de texto de la escuela primaria, y otra lo que cualquier persona medianamente ilustrada sabe del cura michoacano y su papel – por cierto, efímero - en la guerra de Independencia.

No presumo de ser especialista en cuestiones históricas, pero en estos tiempos no es difícil acceder a fuentes de primera para obtener información al respecto. Es cierto que le tocó a Hidalgo dar el primer paso en el movimiento armado de septiembre de 1810, que encabezó hasta que, apenas seis meses después, en marzo de 1811, fue hecho prisionero y posteriormente juzgado y ejecutado. Ahora bien, él era un miembro de la clase criolla que veía una oportunidad de deshacerse de una serie de restricciones impuestas por la Metrópoli aportando, a cambio, un apoyo a la monarquía española temporalmente hecha a un lado por las fuerzas napoleónicas que fueron, a la postre, derrotadas por los británicos, devolviendo con ello a los españoles al nefasto Fernando VII (qué desgracia para ellos, ¿eh?). No hay duda de que la guerra de Independencia tuvo como fundamento el descontento de la clase criolla con las restricciones que les imponía la corona española, y nunca se planteó como cuestión prioritaria liberar de la pobreza a los indígenas ni eliminar la concentración de la riqueza entre los grandes hacendados y mineros. No fue, pues, un movimiento “libertario” ni Hidalgo intentaba una reforma en ese sentido ni, mucho menos, era un "visionario" como enjundiosamente lo califica el rector de la UNAM.

Por otro lado, la fugaz conducción del movimiento por Hidalgo fue desastrosa. Pudo convocar a grandes contingentes de desposeídos a su causa, pero al mismo tiempo les permitió tremendas arbitrariedades por la forma en que dejaba que la masa de hombres que se decían parte del ejército insurgente y sin ningún sentido de lo que querían lograr se vengaran de los españoles, asesinándolos en forma brutal y apoderándose de sus bienes, pues robaban todo lo que podían cargar (¿no recuerda esto mucho de lo sucedido cien años después, en las guerritas de la Revolución? Fue una guerra de venganza y saqueo, más que un movimiento organizado y con objetivos claros. Esto, entre otras cosas – tales como su falta de sentido estratégico y conocimiento militar –, le enajenó la buena voluntad de sectores importantes de la población y no logró el apoyo que hubiera sido necesario para llevar a buen término su lucha. Contrasta esto, por cierto, con las modalidades de la guerra de Independencia que encabezó Washington, treinta o cuarenta años antes, en la que había prohibición terminante de llevar a cabo pillajes y saqueos en las poblaciones que tenían la mala suerte de encontrarse en los terrenos de la contienda. Entonces si que tenían una visión estratégica y de largo plazo: basta ver los resultados.

Todo esto está muy ampliamente documentado, en particular por el Instituto de Investigaciones Históricas de la propia UNAM, donde sin duda habrían gustosamente prestado la asesoría necesaria a su rector para que tuviera la información correcta. O, acaso, se la prestaron, pero decidió mejor irse por la libre y continuar propalando las falacias. Es un poco desalentador que la Universidad Nacional se siga haciendo eco de los mitos con que se quiere seducir a las mentes infantiles.

Aunque, la verdad es que nos gusta, a los mexicanos, engañarnos con estos espejismos demagógicos. Muchas veces me pregunto qué sucedería si, milagrosamente, surgiera un movimiento a favor de la verdad histórica; si los mexicanos pusiéramos los pies en la tierra y tratáramos de vernos como somos; sin las mentiras de que está plagada nuestra historia oficial. Si hasta los rusos tienen que hacer de tripas corazón y reconocer las atrocidades del régimen soviético, ¿por qué nosotros no nos atrevemos?

sábado, 8 de mayo de 2010

¿Para esto educamos a nuestros jóvenes?

Me topé a principios de la semana con una nota alarmante (Reforma, 3-may-2010): “Cada año 15,000 profesionistas emigran a Estados Unidos”. Después de revisar la información con cuidado y de tratar de conciliar las cifras ahí citadas – que la aritmética no es el fuerte de los reporteros – me parece que la situación es bastante peor pues, según un informe de la Secretaría de Eduación Pública (“Panorama del Mercado Laboral de Profesionales 2009”), habría más de 580,000 mexicanos en Estados Unidos que tengan una licenciatura o un grado académico superior.

Aquí debo hacer una reflexión de tipo general: la organización académica de las instituciones de enseñanza superior en México tiene mayoritariamente una orientación profesionalizante; esto es, no se concibe que una persona pueda tener una educación abierta de gran contenido y calidad al margen de la camisa de fuerza que impone una profesión específica – y me refiero con esto a los abogados, médicos, ingenieros, dentistas y otros que, en conjunto, se llaman profesionistas liberales – y que suele requerir, en otros países, una licencia para su ejercicio (es evidente que por eso se les llama “licenciados”). Pero, bueno, eso es harina de otro costal, y la cuestión es que los más de medio millón de paisanos a los que aludo en el párrafo anterior son personas que han cursado, después del bachillerato, cuando menos cinco años de estudios formales en alguna institución universitaria.

¿Y entonces? Bien, hagamos un sencillo cálculo: al país le cuesta la friolera de algo así como 65,000 pesos anuales la estancia de un joven en una universidad (hago notar que eso de que la educación pública sea gratuita es una falacia: alguien - o sea, los contribuyentes – la paga). Durante cinco años, ese joven nos habrá costado 325,000 pesos, y los 580,000 jóvenes que ahora residen en el vecino país nos habrán entonces salido, en total, por lo menos en 200,000 millones de pesos – solamente por su educación post-bachillerato. Todo esto, claro está, con una aritmética sencilla y con aproximaciones gruesas. Por lo menos podríamos pedirle a los norteamericanos que nos compensaran económicamente en virtud del ahorro que les supone a ellos contar con esa fuerza de trabajo cuya educación no les costó.

Pero, claro, eso no es lo más importante: la cuestión es que nos hemos quedado sin ellos. Yo no iría tan lejos como para decir que todos ellos sean personas de primer nivel, pero si aceptáramos que el 10% de ellos lo fueran...; bueno, digamos el 5%, entonces estaríamos hablando de una masa de cerca de 30,000 elementos de primer nivel que ha perdido el país. Y, déjenme decirles, la élite dirigente de un país, los cuadros que ocupan los altos puestos de la actividad política; de la administración pública; de la enseñanza, la investigación y el desarrollo tecnológico; de las actividades empresariales en la banca, la industria, en fin, de todo lo que mueve al país, se beneficiaría enormemente de poder contar con 30,000 individuos de primer nivel. ¿Cuántos son los que en este momento tienen en sus manos la dirección del país? A ojo de buen cubero, calculo que serían entre 30,000y 50,000. Hemos echado a la calle a una masa de gente de primer nivel que equivale numéricamente al grupo dirigente. ¡Qué desperdicio!

Porque, a pesar de buen número de excepciones que soy el primero en reconocer pero que son relativamente pocas, quienes ahora ocupan esos cargos en México no son personas de primer nivel. Y es que de alguna manera ha permeado en la mentalidad de los mexicanos que no se necesita ser una persona con un talento y una formación de primer nivel para ocupar los puestos a que arriba me refiero: basta revisar el curriculum de nuestros políticos, diputados, senadores, asambleístas, gobernadores, en fin, para darse cuenta de que tienen en común una notoria falta de formación personal, trátese de líderes sindicales, activistas populacheros, actrices de telenovela o azafatas de aerolíneas. Y, no nos engañemos, con ese equipo nunca llegaremos muy lejos.

Lo más alarmante de la situación es la ligereza con que la autoridades educativas aceptan la situación. En la nota periodística a que me refiero se pone de manifiesto, por ejemplo, la frivolidad con que el subsecretario de educación trata de minimizar el problema: “el desempleo, la falta de experiencia y los bajos salarios son los factores que contribuyen a que la gente se vaya a los Estados Unidos”. Y no, el subsecretario se equivoca, pues no hay desempleo en los niveles a que me refiero - ¿no tienen acaso empleo los diputados, senadores, secretarios, subsecretarios, gobernadores, y directores generales que menciono arriba y que no tienen ni de lejos el mismo nivel de talento y competencia que ese 5% de primer nivel que perdimos en favor de los Estados Unidos? Y lo mismo digo en cuanto a experiencia y bajos salarios. No; lo que pasa es que hemos optado colectivamente por otorgar esos empleos a Noroñas, Juanitos y Brugadas y demás hez de la sociedad, propiciando así un lento pero seguro suicidio nacional.

La mayoría de quienes son destinatarios de estas líneas, amigos y colaboradores, tienen hijos que han decidido irse a vivir a otro país; jóvenes extraordinariamente preparados y talentosos que no desean vivir aquí. Razones muy diversas los han empujado a tomar esa decisión, aunque quizá hay un denominador común: hay la conciencia de que México ha perdido competitividad, no solamente en aspectos concretos de su economía, sino en cuanto a ser un país interesante para establecerse permanentemente. Aparte de cuestiones como la inseguridad y la baja calidad de vida, tener que enfrentarse cotidianamente a la aterradora burocracia que controla el país, ya sea en las instituciones públicas, en las universidades y prácticamente en todos los aspectos de la cotidianidad, es una perspectiva muy desalentadora para jóvenes inteligentes, creativos y preparados - ¡y vaya que los hay! Mejor buscarle por otro lado, llámese Estados Unidos, España, Inglaterra, Francia, Canadá y hasta Australia, donde suelen ser bien recibidos. Y me apresuro a añadir que no me estoy refiriendo aquí a los emigrantes ilegales, trabajadores agrícolas que buscan trabajo para sobrevivir y que ahora tienen que sufrir el acoso de leyes como la SB1070 en el estado de Arizona. Eso es otro asunto.

domingo, 2 de mayo de 2010

Un intento de predecir el futuro

Un poco de reflexión y serenidad ante lo que viene sucediendo desde el principio del sexenio me lleva a concluir que tenemos por delante unos siete u ocho años hasta que se comience a ver la luz al final del túnel. Me refiero, claro, a la época de violencia abierta que se desató con la llegada del presidente Calderón al poder y que ha marcado, desgraciadamente, su gobierno. Terminará cuando la interacción de los varios factores involucrados en esta guerra interna llegue a calar a fondo y se acelere el inevitable desgaste de las fuerzas del mal - siempre y cuando el Estado mexicano no deponga las armas y capitule el próximo sexenio, lo que no es improbable, a la luz de lo que se percibe en los frentes políticos.

Está, en el trasfondo, el descomunal monto de los recursos económicos que mueve la delincuencia organizada. De un lado, pues, se tiene la capacidad de organización de los capos, la agilidad de su actuación, que no tiene que respetar reglas de ninguna especie más que las propias; la facilidad para reclutar, entrenar y mantener una fuerza irregular, pero disciplinada, de sicarios; la posibilidad de obtener armamento sofisticado sin limitaciones, gracias a la laxitud de las leyes del otro lado de la frontera norte y, por último, la eficacia de sus métodos para estar siempre informados sobre los movimientos estratégicos y tácticos de la fuerza pública que los enfrenta. En realidad, y por fortuna para nosotros, lo único que impide que hayan ganado la guerra desde las primeras etapas es que no se trata de un enemigo único, sino de un conjunto de facciones que luchan entre ellos, con gran primitivismo, por la conquista de territorios. No me cabe duda que la espeluznante cifra de muertos a causa de esta guerra es producto de las pugnas entre esas facciones: que si se unificaran para combatir al gobierno, la guerra habría terminado hace mucho.

Por el otro lado, hay un gobierno debilitado por las fuerzas políticas que, como aves de carroña, preferirían la derrota de las instituciones para repartirse el botín y seguir medrando, aunque ello supusiese una especie de pacto tácito con la delincuencia organizada – como había venido sucediendo hasta antes de este sexenio. En efecto, la decisión del presidente Calderón de enfrentar abiertamente a las bandas criminales, pomposamente llamadas cárteles, echando toda la carne disponible al asador y utilizando las únicas fuerzas relativamente confiables, como el ejército y la armada, destapó un proceso brutal de enfrentamiento contra el gobierno federal, además de sacar a la calle las guerras internas en la disputa territorial de las bandas organizadas. Esto no había sucedido antes, aunque las bandas criminales ya existían desde hace mucho. Eso solamente se explica sobre la existencia de un acuerdo con ellos, e inevitablemente uno tiene que concluir que ése era el caso en Chihuahua, Nuevo León, Tamaulipas, Michoacán y Morelos.

La consecuencia lógica de ello ha sido la reacción asustada de una sociedad que había vivido en aparente calma y que súbitamente se dio por enterada, con el regodeo de los medios amarillistas, de que hay terribles asesinatos, masacres horrorosas, gente decapitada, mutilada y colgada en lugares públicos. No sorprende que la mayor parte de las protestas sean contra las fuerzas armadas: como que hubiésemos estado mejor como era antes de que entraran en acción, y las inevitables víctimas inocentes siempre se achacan a sus elementos. Hay desgarramiento de vestiduras y de indignación por las violaciones a los derechos humanos que cometen soldados y marinos. Pero hasta ahora no recuerdo que los santones de los organismos dedicados a predicar y hacer el bien se hayan quejado una sola vez de que los narcotraficantes y sus sicarios también violan los derechos humanos. ¿Qué es lo que pasa?

Si a eso se añade la viscosidad indescriptible de la burocracia gubernamental, la falta de tamaños y experiencia de los responsables de la mayoría de las dependencias federales y estatales involucradas en el combate, los increíbles niveles de corrupción y deslealtad en los diferentes organismos policíacos y, por añadidura, la desvergüenza de legisladores y asambleístas que disfrutan poniendo trabas a la gestión presidencial, es sorprendente que no se haya perdido la guerra hasta este momento. Ha de ser cierto eso de que a la larga, el bien siempre triunfa sobre el mal. A pesar de todas las circunstancias.

Harto, como estoy, de todas esas zarandajas, me dí a la tarea de leer directa y personalmente la famosa Declaración Universal de los Derechos Humanos, y me encuentro de sopetón, para empezar, con que Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. ¡Atiza! Estaremos de acuerdo, espero, en que este primer artículo lo violan todas las partes involucradas, sin excepción. ¿Y como es que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos no ha procedido a hacer declaraciones y actuar contra los secuestradores y curas pederastas, que han infringido hasta el extremo el artículo de marras?

Volviendo al tema de inicio, creo razonable suponer que tenemos para siete u ocho años todavía. En ese tiempo habrá un desgaste considerable dentro de las bandas, que dedican mucha de su energía en liquidar sicarios de las partes contrarias, y poco a poco irán sufriendo las consecuencias de restricciones cada vez mayores en cuanto a lavado de dinero y, por otra parte, las fuerzas gubernamentales, si es que no se rinden antes, habrán ido adquiriendo experiencia, capacidad y profesionalismo y encontrado la forma de salvar las trabas que maliciosamente se les ponen enfrente. Por ahora, la lucha es muy desigual, pero el tiempo opera a favor del gobierno federal. Igual y saldremos adelante...

domingo, 25 de abril de 2010

NUEVA AGENCIA ESPACIAL MEXICANA (!)

Nos encontramos esta semana con la estremecedora noticia de que, al fin, se creó la AEXA, sí, la Agencia Espacial Mexicana. La Cámara de Diputados, en un acto de inusual consenso, dio luz verde a este proyecto, que parecería ponernos – al menos en el papel – en la misma línea de los países más desarrollados, los que han dedicado ya cuantiosos recursos a la exploración del espacio exterior y que han logrado con ello progresos enormes en materia de descubrimientos científicos y desarrollos tecnológicos.

No sé bien de qué se trate este asunto, y mi primera reacción, una vez repuesto de la sorpresa, ha sido de desconcierto y saludable escepticismo. ¿La Cámara de Diputados, ese grupo variopinto mayoritariamente compuesto de zafios ignorantes, decide crear un organismo cuya complejidad excedería por mucho a la de, por ejemplo, la agencia de exploración, explotación y distribución de derivados del petróleo, alias Pemex? ¿Cómo, cuándo y a quién se le ocurrió tan temeraria idea?

Evidentemente no tienen nuestros diputados la menor idea de lo que han parido. Para empezar, no es el mejor momento de iniciar un proyecto de esas dimensiones. No hay condiciones para iniciar una institución nueva que, por principio de cuentas, requeriría de recursos humanos y económicos que no existen. Pensemos nada más en los extravagantes proyectos de Ebrard (el “doctor” Ebrard, como irónicamente le llama Jacobo Zabludovsky), el segundo piso en el Periférico y el tranvía del Centro Histórico, que supuestamente serán financiados por el sector privado, dado que las arcas públicas están vacías.

Peor aún, un proyecto como la agencia espacial de marras necesitaría un arropamiento jurídico que lo pusiera a salvo de la viscosidad reglamentaria y operativa que ahoga a todos los organismos descentralizados y paraestatales. ¿Estaría a salvo, a diferencia de Pemex, la Comisión Federal de Electricidad, el Instituto Mexicano del Seguro Social y la UNAM – por nombrar sólo unos cuantos -, de tener un sindicato corporativo que hiciera su operación tres o cuatro veces más cara que en empresas homólogas de otros pasíses? ¿Tendría autonomía efectiva para establecer sus planes y programas de desarrollo por encima de los ciclos sexenales que hacen que en México sea imposible la planeación a largo plazo? ¿Podemos imaginar que el responsable de su funcionamiento no tuviera que presentarse obligatoriamente a la farsa estúpida de las “comparecencias” ante los legisladores para ser sujeto de escarnio y mofas por parte de analfabetos cuya único propósito es humillar al funcionario en turno, como tantas veces hemos visto en el pasado reciente? ¿Se imagina el lector tener que pasar por los infernales procesos de licitación para contratar los miles (si, auténticamente miles) de estudios técnicos y adquisiciones de instrumentos y materiales que son indispensables para un proyecto de esta naturaleza?

Un vistazo al sitio web de la NASA, la agencia espacial norteamericana, podría ser muy ilustrativo para los diputados (y, tranquilos, hay una página en español) y tal vez les abriría un poco los ojos. Verían que tiene una historia formidable: creada en 1958, pudo en apenas once años culminar el gran proyecto tecnológico del Siglo XX, llevar a los primeros hombres a la luna, en julio de 1969. Puedo pronosticar que dentro de once años nuestra naciente AEXA no habrá ni siquiera obtenido los terrenos para construir sus instalaciones. Y no bromeo; ¿recuerdan cuánto tiempo tomó la decisión para autorizar la construcción de una nueva refinería para Pemex y, luego, encontrar y obtener los terrenos para ubicarla?

En cuanto a recursos humanos, tiene la NASA una planta de alrededor de 18,000 personas, de los cuales casi 12,000 son científicos e ingenieros. ¿Dinero? Casi 19,000 millones de dólares para este año. ¿Proyectos? La luna, Marte, Júpiter, el telescopio Hubble,..., en fin.

¿Y nosotros? No tenemos ni siquiera una masa crìtica de gente formada en cuestiones tecnológicas relacionadas con la investigación aeroespacial. Y claro que podríamos formarla (en unos veinte o treinta años), pero no la tenemos ahora. Y, la guinda en el pastel: autorizaron los legisladores un presupuesto de ¡10 millones de pesos! para iniciar operaciones. No alcanzará ni para pagar a frailes, monjas y pobres, para que rueguen a Dios por el éxito de las misiones espaciales que habrán de emprender (parafraseando al Gran Capitán).

Ah, y por si fuera poco, ha sido el ahora diputado Reyes Tamez el impulsor del descabellado proyecto, seguramente preparando una posible jugada en la que podría él quedar al frente de la agencia. Ya vimos cómo, en su paso por la Secretaría de Educación Pública, en una de las gestiones más desangeladas y mediocres de que se tenga noticia, no fue capaz de lograr nada que significara una modesta mejoría en los abismales niveles de la educación pública del país.

Bueno, se me ocurre que tal vez podríamos proponer que al ejecutivo responsable de dirigir la AEXA se le obligara a presentar y aprobar la prueba ENLACE (creada en el sexenio de Tamez para medir el desempeño escolar en las escuelas públicas). Así tal vez quedaríamos vacunados contra tan alarmante posibilidad.

sábado, 17 de abril de 2010

Opinar no cuesta

Lo que nos faltaba: ahora hasta el conocido cantautor nos da su opinión sobre la estrategia del gobierno en la guerra contra los cárteles de la droga. Dice Joaquín Sabina (Reforma, 13-04-2010) “Calderón fue muy ingenuo, por decirlo de buena manera, cuando planteó esa batalla” (¿cómo sería si lo llega a decir de mala?). Y bien, noblesse oblige, el Presidente asistió con entusiasmo al concierto de Sabina, Vinagre y Rosas, como para dejar claro que el quehacer del cantante está en cantar y no en hablar de lo que no sabe. Que una cosa es la libertad de expresión y otra usarla para andar soltando -por decirlo de buena manera- cualquier sarta de tonterías.

Sí, todos estamos hasta la coronilla con lo que pasa en México. Los crueles asesinatos, la violencia indiscriminada, las amenazas, las extorsiones, los secuestros, en fin, un panorama aterrador. Pero también yo estoy hasta la coronilla de las opiniones ligeras vertidas a diestra y siniestra por columnistas y políticos ignorantes e irresponsables – y ahora hasta por cantantes populares, hágame usted el favor. Tenemos, de un lado, a bandas delictivas con enormes recursos económicos; con armamento moderno y abundante; con una buena organización y capacidad de corromper a las policías estatales y municipales para mantenerse informados y protegidos; pero, sobre todo, con una total falta de miramientos y respeto a las normas de la vida civilizada (si es necesario, extorsionan y secuestran; si es necesario, incendian; y si es necesario asesinan con lujo de violencia; en otras palabras, no tienen que respetar otras reglas que las suyas). Por el otro lado, un gobierno relativamente ineficaz, cuyas bases están podridas por las muchas décadas de complacencia y corrupción, sin experiencia en el manejo de situaciones tan complejas como la que estamos viviendo (y no me refiero al gobierno de Calderón nada más; ninguno de los gobiernos que lo precedieron desde 1920 hasta el 2006 –salvo quizá el de Calles- ha tenido que hacer frente a enemigos tan belicosos y terribles como los de ahora); todo ello agravado por la falta de apoyo político, por la desconfianza de la gente y por la viscosidad institucional que lastra las acciones del gobierno federal.

Y ya quiero ver al sucesor de Calderón, sea quien sea, enfrentado a esto. Las críticas que hoy recibe el presidente me recuerdan al inefable Fox, que se mofaba de la torpeza del gobierno federal frente al sainete zapatista de 1994, y afirmaba que “lo de Chiapas lo arreglo yo en quince minutos”; y ya vimos que no, ni en quince minutos ni en quince meses arregló nada – el problema solito se murió de hastío. Por desgracia, el problema de la delincuencia organizada y del tráfico de drogas, que indudablemente heredará el próximo gobierno, no se morirá de hastío. Y, una vez más afirmo, la legalización de la droga solamente funcionaría si se implementa simultáneamente en todo el mundo -sobre todo en los Estados Unidos- porque de otra manera México se convertiría en el centro mundial de producción, comercio y contrabando de enervantes; y no dudemos que los norteamericanos de inmediato nos cerrarían la frontera y nos impondrían el embargo económico y comercial (que el de Cuba sería de broma). En verdad, sí que se necesita ser ingenuo para suponer lo contrario.

A diferencia, pues, de tanto comentarista y locutor de radio y televisión y de tanto político ignorante, yo no la veo tan fácil y no me atrevo a decir ni que la estrategia está equivocada ni, por supuesto, cuál sería la buena. Lo que de verdad no entiendo es que haya quien quiera ser presidente para la próxima.

Y bueno, para rematar con algún tema ligero, me tocó hace días escuchar por la radio una entrevista que le hacía una conocida locutora al Secretario de Eduación Pública. El tono de las preguntas era de una familiaridad que chocaba con la investidura del entrevistado: Oye, Alonso, ¿y por qué tal cosa? oye, Alonso, ¿y por qué tal otra?, interrumpiéndolo a cada momento cuando el funcionario de marras trataba de dar contestación al interrogatorio. Pero el colmo fue cuando, en cierto momento, le dice: Alonso, perdona pero tengo que hacer un corte comercial; ¿me puedes esperar para seguir la entrevista?
¡Y el otro le contesta, sí, Denise, con mucho gusto, aquí espero en la línea!

¿Se imagina usted, por ejemplo, a don Jesús Reyes Heroles tolerando ese trato? No cabe duda: ya no hay clase; se ha perdido hasta la dignidad...

sábado, 10 de abril de 2010

Nuevo castigo para la capital

Doce años llevamos ya de gobierno perredista en la sufrida capital del país, doce. Cárdenas, Robles, López Obrador, Encinas, Ebrard. Doce años en que la administración municipal de una de las mayores urbes del mundo no ha demostrado estar a la altura de sus problemas, que son en verdad enormes y que por tanto habrían requerido una calidad (experiencia, talento, motivación) extraordinaria en quienes están a cargo de buscar las soluciones.

Y me pregunto yo, ¿por qué? ¿Por qué la ciudad de México ha caído – al parecer irremisiblemente -en manos de las tribus del PRD? A diferencia del resto de las grandes ciudades de nuestro país, en las que gobiernos estatales y municipales se suceden en una saludable alternancia (que no necesariamente exitosa), aquí parece que no hay forma de salir del hoyo y que, pase lo que pase, los otros partidos no tendrán nunca la posibilidad de ganar una elección para gobernar la ciudad.

Porque, como quiera que sea, razones muy evidentes hay para constatar que la calidad de vida en nuestra megaurbe ha venido deteriorándose año con año. Y que el gobierno de la ciudad nos toma por imbéciles ofreciendo el panem et circensis del imperio romano, el pan y circo con que se adormece a las multitudes y desfoga las inquietudes de fondo. Sí, veamos: por un lado se obsequia a los “viejitos” de sesenta y más años una pensión en metálico (un acto populista sin sentido, sin fundamento económico ni racionalidad); se mantienen tarifas ruinosas en los servicios municipales de transporte (con lo cual you get what you pay for); se mantiene la tolerancia al comercio ambulante (con la consecuente evasión fiscal) y, por otro, se tima a la gente ofreciéndoles embelecos como las pistas de hielo en la época navideña, en el Zócalo y a todo color (para que vean que no sólo los ricachones en Rockefeller Center pueden disfrutar del invierno) y las inefables playas artificiales que proporcionan material para un museo de los horrores.

¿Cómo es que no hemos podido en todos estos años exigir más seriedad al gobierno? Bueno, qué remedio, tenemos el que nos merecemos.

Ahora nos anuncian la construcción de otro segundo piso en el Anillo Periférico (que, bien mirado, no tiene nada de periférico), aduciendo que la ciudad está punto de colapsarse por los problemas de tráfico vehicular y que ésa es la solución.

¡Pero la ciudad está a punto de colapsarse por otras razones! Menciono solamente algunas: la inseguridad, que hace ya muy riesgoso salir a la calle a pasear, abordar un taxi o dejar la casa sola un fin de semana; la escasez de agua, que amenaza con volverse dramática en el corto plazo; la fragilidad del sistema de drenaje, que cada año causa inundaciones de enormes consecuencias sociales y económicas; la recolección de basura, que es cada vez menos eficaz y amenaza con una catástrofe ambiental, y la falta de un sistema de transporte público como el que tienen todas, sin excepción, las grandes ciudades en el mundo. ¿Por qué el gobierno de la ciudad no le entra a estos problemas, de importancia fundamental? ¿Por qué, por ejemplo, el sistema de transporte público mantiene la propiedad privada, atomizada, de los ”microbuses”, ineficientes y causantes de buena parte del caos vehicular?

Ahora bien, si el gobierno de la ciudad piensa que el problema fundamental es aliviar la circulación vehicular, ¿cómo es que no ha pensado en otras posibilidades mucho más económicas y eficaces? Se me ocurre, por ejemplo, la prohibición de bloquear con marchas o plantones el tráfico en las arterias y calles, factores causantes de la mayor parte de los problemas de congestión (se aducirá que eso sería limitar la libertad de expresión, pero a mí me parece obvio que la libertad - cualquier libertad - está acotada por los derechos de los demás: en este caso, el derecho de transitar por las calles y de llegar a su casa, a su trabajo, o al cine, si a uno le da la gana, a tiempo y sin trabas). Y, al mismo tiempo, establecer las bases de un buen sistema de transporte colectivo municipal – como en todas las grandes ciudades: Nueva York, París, Madrid, Londres, Barcelona, Berlín – donde la gente no tiene que desplazarse utilizando el vehículo propio.

Pero, ¿quizá estoy siendo demasiado ingenuo? Y es que, entonces – me entra la duda – ¿si no, a quién se le otorgarían los jugosos contratos que la obra del Periférico va a generar? ¿De dónde saldrían los fondos adicionales para financiar las campañas electorales que tenemos en puerta? A lo mejor eso explica todo...

sábado, 3 de abril de 2010

Pasión y muerte conmemoradas

Se acerca el fin de esta temporada de asueto, disfrutada a tope, que me ha permitido con calma hacer algunas reflexiones sobre las festividades religiosas que en estos días se conmemoran en el mundo cristiano.

Los eventos principales, los relacionados con los problemas que culminaron en la muerte de Jesús hace ya casi dos mil años, son el tema de los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que ahora quise leer con detenimiento (alguna vez, me dije, hay que hacerlo, y me queda ahora la duda de que la mayor parte del mundo católico haya hecho lo mismo) para poder valorar con más justedad lo que sucede en la llamada semana santa.

La lectura de los dichos evangelios requiere, debo decir, de una buena dosis de paciencia pues, como mencioné en la entrega anterior, no tienen una calidad literaria muy elevada. Me apresuro a aclarar que no habría razón para que la tuvieran, ya que sus autores no eran gente ilustrada – como se infiere de lo que en cada evangelio se dice a propósito de ellos. Y el que estuviesen llenos del Espíritu Santo (cito textualmente a Lucas: 24,45: les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras, y Hechos de los Apóstoles: 2, 4), como calificación para sus trabajos apostólicos ulteriores, no necesariamente les confería dotes de escritores.

Pues encontré que lo que es propiamente la Pasión y Muerte de Jesús, digamos, a partir de su arresto hasta su crucifixión, resurrección, últimos días con sus discípulos y ascensión al cielo, ocupa solamente una fracción pequeña, alrededor de 15 por ciento, del total del texto en todos los casos. Y, por favor, no se me malinterprete pues no lleva esto ninguna intención ofensiva ni peyorativa, pero el tono de esa última parte en los cuatro escritos no es especialmente dramático ni difiere del resto en otro sentido. Es, a mi entender, simplemente una narración de hechos.

No entiendo, pues, por qué los hechos inicial y final en los evangelios, a saber, la anunciación, concepción o encarnación (asunto espinoso que, por cierto, solamente se toca en Mateo y en Lucas) por un lado y, por el otro, la pasión y muerte, han sido inspiradores de tantísima producción artística, lo mismo en las artes plásticas que en la literatura y la música. Las visitas – casi imposibles en estas épocas por la tremenda afluencia turística – a los grandes museos en todo el mundo nos ofrecen, con gran profusión, anunciaciones, madonne col bambino y crucifixiones, mientras que otros episodios de la vida de Jesús son infrecuentes. Y la grandiosidad de las obras musicales relativas a esos hechos es formidable. Pero no me parece que la sola lectura de los textos del Nuevo Testamento haya podido ser tan inspiradora para los grandes genios de la pintura y de la música. No llego a comprenderlo, aunque admito que a lo mejor es esencialmente un asunto de fe – y del mecenazgo de los jerarcas eclesiásticos, que algunas cosas buenas también tenían.

En todo caso, es curioso que se dé más relieve a la muerte de Jesús que a su vida. Se puede o no estar de acuerdo con sus puntos de vista, pero, ¿por qué se le ha dado, históricamente, una importancia tan grande a su muerte, cuando que, en realidad, es la doctrina que predicó en vida la que habría de celebrarse?

Esta semana se dedica a las formas más vulgares y desagradables de conmemorar aquellos hechos. Y no solamente en México, donde la chabacanería de la celebración de la Pasión de Jesús alcanza niveles inefables, sino también en el resto del mundo católico, según pude ver ayer en la televisión: desde las multitudes en el Vaticano aclamando al maltrecho Ratzinger, cuyo semblante no disimula los efectos de la tempestad que amenaza con dañar irremediablemente a la iglesia católica; las procesiones en Sevilla, con sus encapuchados, que recuerdan al siniestro KuKluxKlan, y otras atrocidades, como en las Filipinas, donde los protagonistas son efectivamente clavados, con clavos reales, a las cruces que rememoran lo sucedido en el Gólgota.

¿Por qué, me vuelvo a preguntar, se ha extendido tanto la conmemoración de su muerte y no tanto de su vida? ¿Por qué no hay en el resto del año ningún período destinado a celebrar sus enseñanzas? Quizá, me aventuro a decir, porque en realidad no hayan penetrado más allá de la piel de sus seguidores.

domingo, 28 de marzo de 2010

Reflexiones de la semana santa

La semana que comienza (anticipadamente, pues hoy es domingo) es - nos dicen - de recogimiento y reflexión. El mundo católico conmemora la pasión, muerte y resurrección de su personaje central, en tanto que los países de tradición protestante - incluyendo la anglicana que, en estricto rigor, no debería señalarse como tal – lo hace hasta la semana siguiente, la de Pascua. La diferencia es que, mientras que unos reviven los eventos trágicos que culminan con la resurrección de Jesús, los otros inician con este dichoso suceso las correspondientes celebraciones. Y, en todo caso, para el resto del mundo la cuestión pasa más o menos inadvertida, y no pasemos por alto que, del total de la población del planeta, apenas una tercera parte se clasifica dentro del cristianismo.

Bueno, en todo caso, había pensado que la tarde de ayer podría dedicarla a escuchar la Pasión según San Mateo y acompañar la música con una lectura devota del correspondiente texto en el Nuevo Testamento. Pero no se dieron las condiciones, ya que competían contra mi propósito dos estrepitosas fiestas, al otro lado de la barranca frente a mi casa, la una con cumbias y la otra con mariachis, las dos a todo volumen, amplificado por la orografía del terreno. Es incompatible una cosa con la otra. En la sociedad mexicana no existe la noción de respeto al prójimo y menos, por lo visto, en la semana llamada santa.

Y la única conclusión a que pude llegar antes de verme obligado a cancelar mi propósito es que, curiosamente, el texto bíblico no es más que un pálido reflejo del esplendor musical surgido de la portentosa imaginación de Bach. En fin, habrá que reflexionar sobre el proceso espiritual que llevó de la narración - un poco confusa por lo esquemática y deshilada - de aquel episodio a la creación de una de las más deslumbrantes obras de la música occidental. Si se despoja al evangelio del aura de misterio y superstición que suele encontrarse en los templos católicos – que son, estoy seguro, el único lugar donde la gran mayoría de la gente ha tenido contacto con ese texto, a través de los sermones, fervorines y homilías que ahí dictan curas pomposos y arrogantes – y se hace su lectura de manera desapasionada y objetiva no logra entenderse su influencia en el arte y, en general, en la cultura occidental. Los misterios de la fé... y la realidad del poder (en otras épocas) omnímodo y brutal de la iglesia romana que no admitía desviaciones so pena de castigos terribles.

Esta semana tendrá lugar uno de los espectáculos paganos derivados de la tradición religiosa en México, a saber, la recreación de la crucifixión de Jesucristo. Una exhibición que se ha asentado ya irremisiblemente en la cultura popular de la capital del país y que carece, a mi juicio, de cualquier rasgo de calidad artística – tiene mucho de circo y casi nada de teatro – pero que año tras año congrega multitudes morbosas para ver a un pobre muchacho panzón cargar una pesada cruz y sufrir todo género de maltratos por parte de una banda de fascinerosos disfrazados conforme a una visión hollywoodesca de lo que podría ser un soldado romano. Lástima que sigan alentando estas prácticas lastimeras (por su vulgaridad y mal gusto) que bien poco tienen qué ver con una tradición religiosa bien fundada. Ya puestos en eso, ¿por qué no mejor propiciar la presentación de conciertos con la música de la Pasión, de Bach o de otros excelsos compositores? ¿En cuántas iglesias de México se toca - aunque fuera fragmentos, para no aburrir demasiado a la concurrencia - música religiosa de calidad? Esta carencia refleja, por supuesto, la ignorancia de los curas.

domingo, 21 de marzo de 2010

Eventos del día

Varios de mis corresponsales me han conminado a dejar el tono pesimista – hasta catastrofista – que suele, según me dicen, marcar estas modestas notas semanales. Con gusto lo haré, aunque debo añadir que no será fácil tarea desprenderse de las sensaciones de angustia que deja la lectura de la prensa cotidiana. Y con ese propósito en mente pasaré, primero, a comentar la esperada carta pastoral del señor Ratzinger que, bien vista, no pasa de ser, como ya lo había sospechado, pura “agua de borrajas”.

Frases como “deberán responder no solamente ante dios, sino también ante la justicia terrena” llevan a pensar, por un lado, que dios debe haber estado ocupado en otras cosas y no ha considerado de suficiente monta los crímenes de sus ministros en la tierra, los curas pederastas y, por otro, que la justicia terrena parecería haber estado a la espera de que el jefe de la iglesia romana autorizara su intervención en el asunto (vaya que ha tardado; igual que dios, ha de tener otras cosas más apremiantes). “Ofrece disculpas a las víctimas”: esto me suena a burla, aunque está peor lo de que ha “ordenado una misión mundial para todos los sacerdotes y religiosos, que consistirá en retiros, predicaciones y ceremonias”, según reporta el diario Reforma (21-03-2010). Pues si cree que con esto va a solucionar el problema... Como dije en mi anterior entrega, en otras épocas la justicia divina era más directa y expedita.

En otro orden de cosas, hoy me ha despertado la salva de petardos con que en este país se saluda a santos y próceres de la patria. Ya el pasado viernes el festejo del esposo de María y padre virginal de Jesús había provocado a tempranas horas descomunal estruendo, y el de hoy, aunque dedicado a la celebración del natalicio de un prócer menos estimado por la iglesia, no le fue a la zaga en cuanto a frecuencia y volumen. Y resignado a no poder conciliar el sueño en esas condiciones, me fui mentalmente deambulando hasta que, por una natural asociación de ideas, llegué al tema del mentado bicentenario que se festeja este año.

Y me hago la misma pregunta que en el caso del primer centenario: ¿qué es lo que con tanta enjundia vamos a celebrar en el segundo? ¿La Independencia? Claro que no me voy a meter en minucias históricas que han sido ya exhaustivamente estudiadas por los especialistas, pero hay ciertos aspectos sobre los que creo que hay un acuerdo general y que vale la pena dejar asentados en este momento: a) La revuelta encabezada por Hidalgo en 1810 no tenía por objeto alcanzar la independencia de España; b) la guerra de Independencia terminó – y sólo hasta entonces se pudo formalizar propiamente la Independencia – en 1821; c) la vida independiente de nuestro país se inició sin que estuviera claro para los mexicanos de qué se trataba eso.

Y, salvo que mis limitados conocimientos me estén llevando a decir tonterías (y me apresuro a admitir esa posibilidad), baste citar el hecho de que ni siquiera tenían preparado el nombre oficial del recién nacido país. Después de la infortunada aventura de Iturbide hubo primero que buscar al extraviado Guadalupe Victoria, que andaba haciendo vida de ermitaño en la selva (aunque si consultamos la página oficial del bicentenario obtendremos una relación de patrióticas mentiras sobre su biografía, pero esto ocurre siempre) para que se hiciera cargo del desastre político, social y económico en que se encontraba sumido el país.

¿Y quién de mis lectores sabe dónde y por qué salió lo de Estados Unidos Mexicanos? Nuestros vecinos del Norte habían consolidado su país y sus instituciones con una rapidez meteórica después de la revolución de 1776, y la adopción del nombre United States tenía el sentido de dejar claro y hacer justicia a los trece estados autónomos que ya existían desde antes de iniciarse la lucha contra la Corona Británica. Mi opinión – sin duda, políticamente incorrecta – es que aquí, como es habitual, no había nada preparado, ni siquiera el nombre que se le daría al recién independizado país. Y, bueno, se fueron por la fácil: ¿por qué no llamarse igual que los vecinos del Norte, simplemente haciendo la distinción con el toponímico? Como que si lo usaban ya en un país estable y poderoso, habría de ser un nombre respetable. ¿O no?

No se le dio importancia al hecho de que, en estricto rigor, los estados propiamente no existiesen todavía en 1824, fecha de la primera constitución del país, que en su Título I, Art. 2, dice a la letra que el territorio de la nación “comprende el que fue del virreinato llamado antes N. E., el que se decía capitanía general de Yucatán, el de las comandancias llamadas antes de provincias internas de Oriente y Occidente, y el de la baja y alta California con los terrenos anexos e islas adyacentes en ambos mares. Por una ley constitucional se hará una demarcación de los limites de la federación, luego que las circunstancias lo permitan.” O sea, la denominación se adelantó a los hechos: ¡los Estados Unidos Mexicanos se constituyeron antes de hubiera estados! Una más de las ficciones de nuestra historia.

Y como tantas veces, igual que sucede con las personas, lo cargan a uno desde el bautizo con un nombre que quizá no habría sido elegido, de haberse tenido la posibilidad. Es indudable que para todos los mexicanos el país se llama México: ya quisiera ver a cualquiera de mis connacionales arriesgar el ridículo al contestar a la pregunta ¿país de origen? ¡Estados Unidos Mexicanos!

Y cierro estas líneas mientras espero los resultados de la votación en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos (estos sí, de verdad) sobre la reforma del sistema de salud que abandera el Presidente Obama. Todo parece indicar que pasará. Y de ser así, estaremos presenciando un evento histórico en aquel país.

sábado, 13 de marzo de 2010

¿Y el castigo divino?

Cuando ví el encabezado de la nota publicada el 10-03-2009 en el diario Reforma quedé atónito. Qué insólita justificación: no sólo la Iglesia abusa. ¿Será una broma? Pero, no, el sentido del humor del Reforma no va por ahí, y seguramente muchos de sus lectores se sentirían ofendidos si ése hubiera sido el caso. Luego de leer la nota con cuidado no me quedó más remedio que convencerme de que, en efecto, la posición del Vaticano sería, más o menos, que, vaya, pues los curas también somos humanos y, como tales, sujetos a las tentaciones diabólicas de la carne, así que no somos los únicos: “los delitos sexuales también se dan en otros ámbitos de la sociedad (sic)”. Sí, pues; por ejemplo, entre psicópatas pervertidos; entre presidiarios de alta peligrosidad; entre bandas de sicarios asesinos; entre proxenetas y las mujeres que tienen esclavizadas, por citar algunos casos. ¡Caramba! Así que déjese usted de cosas; si va a meter a su hijo o hija en una escuela católica, estése preparado y luego no vaya a quejarse amargamente si es que resulta por ahí algún caso de violación. Ya lo advirtieron los altos jerarcas de la iglesia: es muy natural, sucede en todas partes.

Pues para mí que estos son crímenes horrendos, merecedores de los más duros castigos, y no de la protección velada del Vaticano, que salda las cosas con una simple reprimenda y pide a los culpables un acto de contrición – el arrepentimiento, que borra todas las culpas – y hasta ahí llegamos. En estricta verdad, ha habido muchos casos donde el castigo divino a quienes infringen las reglas ha sido francamente, diría yo, exagerado. Desde la expulsión del Edén a los primeros seres humanos – y no me aparto un ápice de lo que dice la Biblia (Génesis 3, 17) – por haberse comido una manzana, pasando por la tremenda inundación que acabó con todo ser viviente, culpable e inocente por igual, excepto Noé y su familia; y la lluvia de azufre y fuego sobre Sodoma y sobre Gomorra que liquidó a todos sus moradores, hombres, mujeres y niños (entre los que, por precoces que hubieran sido, muchos de ellos eran inocentes) y hasta la pobre mujer de Lot, que no hizo otra cosa que mirar hacia atrás, y tantísimas otras instancias de castigos desproporcionados, hemos visto como se trataba a los pecadores en los buenos tiempos biblícos. Lluvia de azufre y fuego, ¡nada menos!

Si se usara la misma vara de medir, a todos estos curas que han traicionado la confianza depositada en ellos por padres engatusados con la imagen de bondad y los votos de castidad y pureza que tanto pregonan, a todos ellos, repito, por lo menos una buena dosis de azufre y fuego les tendría que haber caído, y todos los que hemos dejado de creer en esas cosas tendríamos motivo de sobra para recobrar la fé. Y no vale decir que esos canallas ya lo pagarán en el infierno, pues no fue ése el razonamiento cuando aquello del diluvio y el incidente de Sodoma y Gomorra: nada de eso, se dijo, aquí y ahora mismo seréis castigados. Pues no, no se entiende bien cuál es la lógica del asunto.

Puede ser que haya habido, al paso de los siglos, un ablandamiento de la justicia divina y que, cansado de proceder tan rigurosamente con la especie humana usando penas severísimas para mostrarnos de lo que es capaz cuando se violan sus dictados, dios haya decidido ser más tolerante y pasar por alto transgresiones que considerase de poca monta. Aunque esta explicación no sería congruente con la sucesión de catástrofes naturales – que, como bien sabemos, no podrían suceder sin su divina anuencia – que una y otra vez asolan a nuestro planeta, castigando por igual a pecadores e inocentes (aunque hemos visto que esta distinción sutil no era óbice, en aquellos tiempos, para las lluvias de azufre y fuego y los diluvios).

Se nos dirá que los designios del señor son inescrutables (God moves in mysterious ways) y que nuestro entendimiento no es suficiente para comprender lo que él hace, ni sus razones. Pues sí, digo yo, pero es lo que él mismo nos otorgó cuando la Creación; no le hubiera costado nada dotarnos con algo más potente, lo que nos habría permitido acercarnos más a él y no pensar, a veces, que sus castigos son de una infinita crueldad – no compatible con lo que tanto nos dicen de su infinita misericordia. Sobre todo, que suelen no alcanzar a quienes evidentemente mucho los merecerían.

Algo parece estar mal en este divino rompecabezas. Y lo peor es que, sin que los demás se dieran cuenta, algunos muy listos tomaron en sus manos la interpretación de los designios del señor, lo que nos ha dejado a merced de exégetas francamente muy cuestionables. Y, para ejemplo, la indulgencia con que se trata a los curas pederastas que se han convertido en una plaga – en los países que presumen de católicos, por supuesto.

domingo, 7 de marzo de 2010

Celebremos el bicentenario

Para un lego en la materia – como es mi caso – la historia de la revolución soviética ha sido siempre un misterio insondable. Comenzando por los nombres de los protagonistas, cuya castellanización siempre causa dificultades para leerse y peor aún para recordarse – igual como me sucede con las novelas rusas - y el tremendo embrollo político interno y externo en el que se gestó aquel evento histórico, nunca he logrado pasar de una lectura superficial de algún texto elemental para tratar de hacerme una idea de lo sucedido en aquella convulsa época.

Cierto, la revolución mexicana – o sea, la colección de los diversos golpes de estado, asesinatos, guerras y “guerritas” que ocuparon buena parte del escenario mexicano en el período de 1910 a 1920 – no es tampoco un ejemplo de claridad histórica, y he logrado sólo después de muchos años tener una interpretación de esa época que, si bien admito que es muy personal, siento más o menos congruente con lo aprendido en los libros y artículos que he podido revisar a ratos perdidos.

Ha sido la lectura – que cité ya en otra edición de este blog – de la novela de Leonardo Padura “El hombre que amaba a los perros” (por cierto, título que evocaría más la figura de un veterinario o miembro de alguna sociedad protectora de animales que la de uno o dos personajes muy importantes en la época del estalinismo) lo que me picó la curiosidad para enterarme un poco más acerca de los eventos en cuestión. Algo me ha quedado después de esto y, aunque nunca me atrevería a comentarlo con algún amigo historiador so pena de que me abrume mortalmente con una retahila de nombres, fechas y otros datos – ya me ha pasado en otras ocasiones -, me parece que podría moverme ya con un poquillo de confianza en los aspectos elementales de lo que sucedió en aquellos años. (Por ejemplo, sin pizca alguna de vergüenza puedo decir que ya sé por qué le llaman ”Revolución de Octubre” a un evento que no comenzó en ese mes de 1918, sino el 7 de noviembre siguiente).

En todo caso, la malhadada insistencia para celebrar este año el bicentenario, aludiendo al inicio, por una parte, de la guerra de Independencia en 1810 y, por la otra, al inicio de la mentada “revolución mexicana” en 1910, me ha llevado (por una malsana curiosidad) a tratar de establecer algunas comparaciones entre esta última y la soviética de 1918, y así entender la nuestra un poco mejor.

Entre otras cosas me doy cuenta de que aquí el objetivo original explícito era forzar la salida del presidente Porfirio Díaz, quien se había excedido considerablemente en el tiempo que tenía asignado, y establecer una democracia liberal al estilo norteamericano, con campañas electorales y toda la parafernalia del caso y, en cambio, allá se trataba de llevar a cabo una transformación radical del estado. El primer presidente en México después de la salida de Díaz (él, por cierto, corrió con mucha mayor suerte que el zar Romanov y su infortunada familia) fue Madero, quien apenas pudo completar un año y tres meses en el puesto debido a su defenestración y fusilamiento. Mal comienzo.

En cambio, Lenin y sus colaboradores traían un formidable bagaje intelectual e ideológico y una vasta experiencia de activismo político que, bueno, para no hacer el cuento muy largo, les permitió de inmediato poner en marcha una reforma agraria, nacionalizar los bancos y expropiar las cuentas privadas, nacionalizar las propiedades de la iglesia, dar a los soviets el control de las industrias y repudiar la deuda externa. Ah, me olvidaba, y crear casi desde el primer día la tenebrosa Cheka (el órgano de seguridad interna del estado; la policía política, pues) y reorganizar las fuerzas armadas bajo la dirección de Trotsky, lo que dio origen al Ejército Rojo.

Sin hacer un juicio de valor, estoy seguro de que allá habría sido imposible un ridículo golpe de estado al estilo de Victoriano Huerta, pues la Cheka era, a más de otras cosas nada simpáticas, extremadamente eficaz y antes de que se hubiera dado cuenta Huerta habría sido detenido y liquidado, para usar el término correcto. Nada de juicios ni zarandajas de ésas...

Y en cuanto al Ejército Rojo, fue fundamental para hacer frente a los embates de dentro y de fuera durante el período de 1917 a 1923, en la Guerra Civil Rusa que sobrevino después de la Revolución Soviética. El saldo de esa guerra fue verdaderamente terrible: alrededor de veinte millones de personas muertas en menos de siete años, de 1917 a 1923, las tres cuartas partes civiles y casi cuatro millones de soldados en batalla, de uno y otro lado.

Un aspecto que me llama la atención en particular es que la mayor parte de los mandos del Ejército Rojo en esos años llegó a estar constituida por jefes y oficiales ex-miembros de los ejércitos zaristas, reconociendo que la capacidad militar no puede improvisarse y no se puede sustituir por buena voluntad y echarle ganas, a la mexicana. Cierto es que cada destacamento militar contaba, además, con un comisario político designado por el partido comunista para evitar, es de suponerse, cualquier intento de salirse del redil.

Pero, al grano, pues. ¿Y la revolución mexicana? Como ya dije, Madero logra sacar a Díaz del gobierno, pero Zapata rompe con Madero; poco más de un año más tarde, Huerta elimina a Madero; Carranza, junto con Obregón, Villa (por cierto, éste fue nombrado brigadier por Madero; menuda carrera militar la de Villa, ¿no?, de robavacas a general brigadier, por dedazo) y otros, se levanta en armas para combatir a Huerta, quien renuncia en julio de 1914. Y así, sucesivamente, hasta el final..., Carranza manda matar a Zapata, Obregón manda matar a Carranza y Villa muere en una acción de justicia retributiva. ¿Esto es lo que vamos a celebrar?

Desde luego, me parece que la intensidad de nuestra revolución no guarda proporción con la de la soviética. La fama militar de Villa (que, debo confesar, me parece un psicópata analfabeto y sanguinario) se basa en unas cuantas escaramuzas que en otra parte no serían dignas de mención. La toma de Zacatecas, por ejemplo, en junio de 1914, es hoy celebrada en el portal web de la Secretaría de la Defensa como el anuncio de grandes hazañas, a pesar de que apenas unos meses después, en abril de 1915, su célebre División del Norte haya sido hecha trizas en Celaya por Álvaro Obregón y la carrera de Villa truncada (no me explico cómo es que le pusieron el nombre División del Norte a una de las avenidas más importantes de nuestra ciudad de México, cuando que no merecería llevarlo ni un pobre callejón).

Y una más: habría sido, a mi juicio, un gesto de grandeza y virtud ciudadana que todos los jefes y caudillos de la época de la Revolución renunciasen a sus títulos y grados militares al término del conflicto armado (me refiero, claro está, a quienes no los hubieran obtenido por la vía del escalafón regular a partir de la formación inicial en el Colegio Militar o equivalente). Pero creo que habría sido mucho pedir y, de todos modos, no hubiera sido suficiente.

Pero, hemos de celebrar, pues, el bicentenario con resignación... y optimismo.