domingo, 24 de enero de 2010

Muy solidarios ... ¿de veras?

En amable charla, el día de ayer, algunos amigos se congratulaban del espíritu solidario que muestran los mexicanos cuando se trata de ayudar a las víctimas de catástrofes naturales, en alusión al temblor de Haití. Y las anécdotas al respecto fluían, una tras otra: que si los donativos a la Cruz Roja eran de tal magnitud que se habían tenido que cerrar las calles aledañas a la sede de esa institución para hacer el acopio de despensas, agua, medicinas y similares; que si las vecinas de alguna de las contertulias habían inmediatamente respondido al llamado ofreciendo donar el equivalente de una de sus despensas semanales; que si los heroicos rescatistas mexicanos – conocidos como los topos – se habían desempeñado eficaz y valerosamente en Port-au-Prince, donde han podido salvar la vida de decenas de personas de entre los escombros; que si un grupo de simpáticas chicas, alumnas de alguna universidad privada, habían declarado a la televisión que estaban por salir hacia Haití para ayudar en las labores de auxilio. Y no faltaban las referencias a lo sucedido en nuestro terremoto de 1985, recordando como un amplio sector de la población de nuestra ciudad se volcó generosamente para ayudar en labores de rescate y apoyo a las víctimas de aquella catástrofe.

Y me preguntaba yo cómo es que ese espíritu de solidaridad generosa no se manifiesta más que frente a tales contingencias. ¿Por qué estamos listos para donar dinero y algo de esfuerzo en apoyo a las víctimas sobrevivientes de un terremoto, mientras que somos indiferentes ante las circunstancias cotidianas que - en otra escala de tiempo – tienen una gravedad aún mayor? Me refiero, por ejemplo, a la precariedad en que viven grandes sectores de la población de nuestra ciudad, en términos de vivienda, agua potable, servicios de salud y energía eléctrica. No hay mas que darse una vuelta por algunas áreas de Santa Fé, de Iztapalapa, de Nezahualcóyotl, Chimalhuacán o Chalco para darse cuenta del nivel de pobreza y desesperanza en que se desenvuelven día con día millones de “hermanos” (pues sí, porque si en esta dolorosa circunstancia hablamos de nuestros “hermanos” haitianos, con más razón deberíamos aceptar ese parentesco simbólico con los de aquí).

Desde luego, no se trata de que cada quien done una despensa a la semana para ayudar a los pobres, lo que sería una fórmula simplista (aunque vaya que sí ayudaría) y con problemas logísticos de tal magnitud que ya podemos imaginar dónde terminarían tales ayudas. Y honestamente no sé cómo podría hacerse para que un modesto porcentaje de la riqueza de las clases mejor ubicadas en la escala socio-económica pudiera servir para aliviar las estrecheces de los menos favorecidos – y, desde luego, tendría que eliminarse la participación del gobierno, pues ella sería garantía de un fracaso seguro.

Pero si al menos mostráramos cierta capacidad de indignación y pudiéramos hacerla sentir a las personas que con absoluta desfachatez disfrutan de privilegios inverosímiles con cargo a los recursos del erario, creo que habríamos dado un primer paso de cierta importancia. Veamos, por ejemplo: ¿sabían ustedes que un ministro de la Suprema Corte tiene un ingreso anual de $3,700,000, aparte de otras prestaciones menores como seguros de gastos médicos, becas para sus hijos, automóviles, choferes y otras nimiedades? ¿O que los magistrados del Tribunal Federal Electoral ganan $4,100,000 al año, y disfrutan de coches, niñeras, cocineras, choferes y otros privilegios que un jeque petrolero envidiaría? ¿Y que un diputado percibe más de $160,000 al mes, más algunas otras cosillas que llevarían sus ingresos por arriba de los $2,400,000 anuales (aunque los diputados se distinguen por que casi no trabajan)?

Estos son datos interesantísimos, si los comparamos con lo que sucede en el conjunto de la población del país. Según el INEGI (Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares, 2008), el ingreso mensual per capita (ajustado por economías de escala) en los hogares mexicanos es de poco más de $6,000 y, en particular, el 10% mejor retribuido de ese total gana $260,000 al año. Así pues, un diputado gana al año ¡nueve veces más! que el promedio en el estrato de más altos ingresos de la población. Asombroso, ¿no? Y, francamente, no lo merecen, como indudablemente estarán de acuerdo quienes lean esto. En mi opinión personal, no merecerían ni siquiera la décima parte de lo que ganan, si consideramos su preparación y talento. (¿Estarían dispuestos a someterse a un examen como el que se hace a los alumnos del bachillerato?)

Creo que valdría la pena hacer un ejercicio de reflexión acerca de lo que debe ganar quien vive del erario público. Si el señor Slim o el señor Zambrano o el señor Azcárraga ganan dinero a raudales, es indudable que lo reciben de sus propias empresas – y si no estás dispuesto a contribuir a ello, pues simplemente desconéctate de Telmex, no compres cemento y no veas la televisión. Pero si los sueldos proceden directamente de los impuestos que todos pagamos sería de decencia elemental establecer límites atendiendo a lo que percibe la inmensa mayoría de la población. Ahí es donde comienza la verdadera democracia. Que el estado pague esos sueldos a sus altos funcionarios me parece simple y llanamente inmoral.

Y volviendo a lo que decía al inicio de esta nota, creo que debemos mostrar nuestra solidaridad ciudadana comenzando por llamar la atención sobre los estrafalarios ingresos que perciben los llamados ”servidores públicos”. Existe la tecnología y los recursos para hacerlo.

1 comentario:

  1. HOLA TOMÁS, EFECTIVAMENTE ES INDIGNANTE Y DEBEMOS REACCIONAR EN PRIMER TÉRMINO HACIÉNDOLO SABER A TODOS LOS QUE PODAMOS. POR OTRA PARTE NO ES MUY SENCILLO EL DESCONECTARTE DE LA TELE, EL TELÉFONO O NO COMPRAR CEMENTO: TAMBIÉN AHÍ TENEMOS QUE PELEAR POR ROMPER LOS MONOPOLIOS QUE NOS HACEN TAN POCO COMPETITIVOS.

    UN ABRAZO,

    NACHO

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