Anteayer sufrimos el efecto de fuertes vendavales en la ciudad de México. Árboles caídos, viandantes y pasajeros de vehículos lesionados; atascos de tráfico y fuerte frío y, por supuesto, los inevitables cortes en el servicio de energía eléctrica. ¡Qué sensación de reclusión e impotencia! No hay luz, por tanto no se puede leer ni utilizar la computadora (a menos que se tenga una de esas prodigiosas máquinas con baterías de larga duración – aunque, claro, sin acceso a Internet); no se puede ver la televisión; los teléfonos y faxes inalámbricos se anulan; en la mayor parte de los edificios, los elevadores no funcionan ni tampoco los portones automáticos; refrigeradores y congeladores se apagan, con el riesgo de estropear los alimentos ahí guardados y, si es de noche, tampoco puede uno moverse dentro de la casa para evitar tropezones y caídas, pues no es raro que justo en esas ocasiones las lámparas de emergencia tengan las baterías descargadas. Hemos llegado a una verdadera hiperdependencia de la electricidad.
Pero (como a veces reclama mi nieto de siete años de edad, ¿cuál es el punto?, claramente pidiéndome que le corte al choro) voy a esto: desde el día 10 de octubre pasado ésta ha sido la primera interrupción del servicio de energía eléctrica (al menos en mi caso), y supongo que así ha sucedido en la generalidad de los casos. Es decir, desde que se decretó la “extinción” de la empresa Luz y Fuerza, que hasta ese momento se ocupaba supuestamente de proporcionar el servicio y, al menos desde el punto de vista de los consumidores, no ha pasado nada catastrófico. ¿Y entonces?
Pues nada, la conclusión es que Luz y Fuerza era una empresa innecesaria, que supuestamente realizaba una función, a un costo altísimo, pero que podía eliminarse sin alterar el servicio. Así pues, la decisión de eliminarla fue incuestionablemente correcta.
Claro, queda la preocupación por la situación de los trabajadores. La mayoría de ellos ha sido generosamente indemnizada, en condiciones mejores que lo que habría sucedido a cualquiera que no viviera al amparo de un sindicato corporativo, y los demás no porque no lo han querido.
Queda el punto de las llamadas “conquistas laborales”, que - dicen ellos - les han sido arrebatadas. Pero, vamos a ver: el término “conquista” implica la existencia de dos partes, el conquistador y el conquistado. Y, claro, la conquista lleva implícita la sumisión del conquistado y la expoliación de sus derechos en favor del conquistador. Me queda claro quiénes eran los “conquistadores”: el sindicato, sin duda. ¿Y los conquistados? Todos los demás, los usuarios de los servicios de Luz y Fuerza, empresa que, al depender del enorme subsidio federal, nos cargaba cuotas enormes para pagar una actividad que, a la vista de lo que ha pasado, simplemente no tenía sentido.
Así pues, la “extinción” de la empresa Luz y Fuerza debe ser festejada por todos los mexicanos, pues nos hemos con ella liberado de la conquista.
Ahora bien, el senador Navarrete, hábil político “a la mexicana”, advierte con tonos tremendistas que la Secretaría de Gobernación “alista” el uso de la fuerza contra el extinto Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y hace un llamado al gobierno federal para que “piense dos veces” antes de recurrir a esa medida para solucionar el problema (aunque, digo yo, ¿cuál problema? Y lo mismo deben pensar en la Secretaría de Gobernación, seguramente extrañados ante la aventurada clarividencia del senador perredista).
De cualquier modo, manifiesto mi respeto por el senador Navarrete, y creo que los altos mandos del PRI deberían pensar seriamente en “ficharlo” - para utilizar el argot futbolístico – ya que revela aptitudes de la mejor calidad en el medio de la política mexicana. Lo he visto “jugar” desde el inicio de este sexenio, y siento que un relevo así sería una enorme ganancia para los deteriorados cuadros directivos del PRI. No hay nadie ahí de ese nivel. Así como la salida de Monreal del PRI les resultó una cosa muy positiva, la entrada de Navarrete podría ser un gran acierto, y es ahora el momento preciso.
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