jueves, 8 de julio de 2010

Sobre la sociedad mexicana

Hace un par de días, un buen amigo español me espetó lo siguiente: - “Me parece que la sociedad mexicana es cobarde”. Añadió que su opinión se basaba en lo que diariamente lee en la prensa de aquel país, además de impresiones directamente recogidas en diversas estancias en México. Conversábamos sobre el tema inevitable de la guerra contra los narcotraficantes y el horror de las masacres que nos tienen todos los días en las noticias internacionales y, ante mi desconcierto por la franqueza de su observación, me aclaró: - “Hay que distinguir entre la cobardía individual y la de la sociedad en su conjunto; la sociedad mexicana está acobardada ante el horror que vive y no parece saber en qué dirección moverse. Leemos y escuchamos múltiples voces en México que critican acremente la supuesta estrategia gubernamental en la guerra en que se halla metido, pero nadie sabe cuál es esa estrategia y mucho menos aportan una alternativa. Quienes hemos vivido una guerra – y estamos metidos en otra, pues hay actualmente fuerzas militares españolas combatiendo en Irak y en Afghanistán – sabemos que las estrategias de guerra no se hacen públicas y menos aún están sujetas al debate popular y a la crítica de cualquiera que pase por la calle. Podemos estar en contra de la guerra misma – y hay mecanismos para manifestarnos en ese sentido – pero la estrategia propiamente está a cargo del jefe de gobierno, de sus ministros y de los generales que comandan los destacamentos militares.”

Y prosiguió: - “Quizá la sociedad mexicana esté en contra de la guerra y supongamos que la gente piensa mayoritariamente que su presidente no debió haberse metido en ella. Pero eso es asunto pasado y no tiene remedio. No me queda claro cuál podría ser, en este momento, la alternativa. ¿Deponer las armas y mandar un mensaje de capitulación a los capos del narcotráfico? ¿Pedirles perdón y rogarles que se vuelva a la situación pre-Calderón, olvidando lo sucedido, acompañado incluso por la renuncia del presidente como gesto de arrepentimiento? Pues eso es lo que se interpreta fuera de México como el clamor de la sociedad, a juzgar por lo que se lee en los artículos de opinión en los diarios, donde prácticamente no hay nadie que muestre solidaridad y llame a la unidad nacional ante la situación de emergencia que atraviesa el país.”

“Desgraciadamente – continuó – la sociedad parece haber dejado solo al presidente. Los partidos políticos, más preocupados por su jugueteo electoral, no se involucran y evidentemente prefieren que aquél sufra el desgaste y se le carguen las cuentas a él y a su partido, como indicarían los resultados de las elecciones del pasado domingo. ¿Quién salió ganando? El PRI. ¿Y creen los mexicanos que ese partido político los sacará del hoyo, después de los setenta años que manejó al país de manera tan incompetente?”

Y concluyó: - “Por eso, querido amigo, creo que la sociedad mexicana se ha acobardado. Ya podéis estar seguros de que un gobierno débil, sin apoyo social y con las actitudes desleales de los que solo buscan el beneficio político a corto plazo, será incapaz de sacar al país de la situación tan crítica en que se encuentra. Y no creo necesario advertirte de los graves peligros que corre un país con un gobierno sin autoridad y donde los líderes de opinión se solazan en criticar y deslegitimar sus políticas. Ejemplos sobran”.

Bien, pues como podrán imaginar esa conversación me ha dejado muy pensativo y sin argumentos. Ojalá quienes lean estas líneas puedan ayudar a aclarar las cosas.

miércoles, 30 de junio de 2010

EL PAÍS DE LA FRIVOLIDAD

En general, la distancia nos da una mejor perspectiva, y creo que es una buena costumbre – para el observador de la realidad nacional - alejarse de tiempo en tiempo para enfocarse en las cuestiones de fondo y no perderse en los detalles, casi siempre insustanciales, con que nos agobia la lectura cotidiana de la prensa escrita. La de nuestro país, digo, pues frecuentemente he comparado el tiempo que dedico a hojear los diarios que la maravilla tecnológica del internet pone a mi disposición y, bueno, de los diez o quince minutos que me lleva la lectura del Reforma dominical de México a la hora y media que habría que dedicar a El País o a Le Monde o al New York Times, pues hay una gran diferencia.

Y es que el signo del México actual es la frivolidad. No hay interés por involucrarse seriamente en nada – o, cuando mucho, solamente dentro de los límites estrechos de la actividad profesional - ; de ahí, pues, que nuestros diarios dediquen más espacio a temas triviales, o bien que aborden los asuntos de mayor importancia solo de manera superficial, recurriendo más a la expresión vehemente o al lirismo desenfrenado que a la reflexión seria y prudente. Y puedo incluir aquí a muchos de nuestros intelectuales. El no sorprendente despliegue de homenajes póstumos, discursos y ditirambos al reciente fallecimiento de Carlos Monsiváis ejemplifica lo anterior. Desde luego, no quiero descalificar a Monsiváis (parafraseando a Cantinflas, digo que ya otros se encargarán de hacerlo), pero no creo errar al usarlo como ejemplo de lo que afirmé antes. Entiendo por qué alguien como la señora Poniatowska se deshaga en elogios y santifique al “cronista de todos los cronistas”; lo que no entiendo es por qué ella se alza como representante de la clase pensante y no hay protestas (y recuerdo, por cierto, la sentencia de Octavio Paz: “Monsiváis no es un hombre de ideas sino de ocurrencias”). En fin, que nadie es profeta en su tierra, pero también hay los que solamente en su tierra son profetas.

Y pongo otro ejemplo reciente: como residente de San Ángel no pude menos que sentirme agraviado por la intención del gobierno del D.F. de cambiar el nombre de la avenida Altavista por “Paseo José Luis Cuevas”. Vivimos en una de las ciudades más inseguras del mundo, con problemas atroces en cuanto al suministro de agua potable, al desalojo de aguas residuales, a la recolección de basura, al transporte público, en fin, en todas las áreas de la incumbencia municipal. Y ahora, como si la intención fuese burlarse de los ciudadanos, nos ofrece una propuesta concreta: ¡cambiar el nombre de una calle! Quienes por ahí vivimos nos sentiríamos contentos si el gobierno de la frivolidad intentase resolver algunos problemas reales y dejara en santa paz a la avenida Altavista.

Aunque, por otro lado, el diario Reforma (23-Jun-2010) recoge en una entrevista al pintor Cuevas la siguiente opinión, a propósito del cambio de nombre a la avenida: “Él tiene su casa, tiene su calle, tiene todo; ¿entonces porque yo no voy a tener exactamente lo que Diego Rivera tuvo?" No entraré a juzgar la equiparación entre Rivera y Cuevas que propone este último (Cuevas, como todos sabemos, es la personificación misma de la frivolidad), y no opinaré sobre si debe tener o no lo mismo que Rivera pero, habiendo tantísimas calles en la ciudad que no tienen nombre (véase, por ejemplo, la Guía Roji, para constatarlo: la cantidad de calles que se designan por número es enorme), ¿por qué no se premia mejor a Cuevas con alguna de ésas? Al oriente de la Av. Plutarco Elías Calles, a lo largo de la calzada Ermita Iztapalapa, o en San Juan de Aragón, por citar solo dos zonas, hay centenares de calles y avenidas que bien podrían usar el nombre del díscolo pintor y satisfacer su ego. No vaya a ser que, si los vecinos de San Ángel logran frenar la impúdica intención del gobierno citadino, se le ocurra pedir en compensación que le pongan su nombre al Paseo de la Reforma.

Y, en otro orden de cosas, veo que se ha armado un revuelo por la advertencia del secretario Gómez Mont a los comisionados de derechos humanos, conminándolos a no convertirse en “tontos útiles de la delincuencia”. Parece que la expresión “tontos útiles” tiene su historia, y suele atribuirse a Lenin su utilización al referirse a los capitalistas que le venderían al estado comunista la soga con que éste los ahorcaría. Claro que Lenin hablaba en ruso (creo más bien que la expresión usada por Gómez Mont proviene del inglés “useful idiots”), así que resulta difícil saber qué es lo que realmente dijo, y más bien parecería que la expresión original en inglés sería “utter simpleton”, usada por Keynes para referirse al presidente Wilson, y que podría traducirse como “completo simplón” o “completo inocentón”. En todo caso, a reserva de que Gómez Mont clarifique el sentido preciso de su expresión, no veo por qué habrían de indignarse los comisionados de marras. ¿No estamos, acaso, en un país donde todo el mundo clama por el respeto a la libertad de expresión? Es evidente que el secretario está haciendo uso de ese derecho, y no tiene nada de reprochable que exprese su opinión (que, me adelanto a decir, comparto plenamente). Ahora, no lo dude usted, vendrán los desgarramientos de vestiduras, en una manifestación más de nuestra mexicana frivolidad.

domingo, 20 de junio de 2010

Impresiones de Turquía

Una visita relámpago a Turquía, planeada sin más pretensiones que una simple excursión turística, me ha dejado turulato. Además de una visita a las ruinas de Éfeso, uno de los centros destacados de la Grecia clásica y del imperio romano y de cierta importancia, además, en las primeras épocas de la cristiandad, el impacto sobresaliente lo recibimos en Estambul. Es difícil describir esta ciudad – imposible competir con tantos escritores prodigiosos que ya lo han hecho, desde Pierre Loti hasta Orhan Pamuk – y debo confesar que ciertos prejuicios antiguos me habían siempre mantenido sin mayor interés en visitarla. Y no me queda duda, ahora, de que es una de las más bellas ciudades que conozco: lo mismo en sus aspectos naturales, ubicada a ambos lados del Bósforo (cuyo nombre evoca los misteriosos relatos sobre los emperadores otomanos, sus serrallos y las constantes pugnas con sus contrapartes cristianas), que por los imponentes palacios y mezquitas que dominan el paisaje urbano, por un lado y, por otro, las modernas construcciones residenciales que bordean el paso hacia el Mar Negro, que recordarían los panoramas de muchos sitios de la próspera costa occidental de los Estados Unidos.

En los pocos, pero intensísimos, días que estuvimos ahí nos dimos cuenta de que nuestra ignorancia era monumental. Desconocíamos, por ejemplo, que es una ciudad de quince millones de habitantes – tanto o más que nuestra ciudad de México –, con un tráfico caótico, igual que en casa, pero con un sistema de transporte público de primer nivel, a diferencia del nuestro. Y con una vitalidad que se refleja en el movimiento de los centenares de embarcaciones que día y noche transitan por el estrecho, desde los veleros y lanchas deportivas y las pequeñas naves de pasajeros que hacen servicio de transporte de un lado al otro, hasta los enormes petroleros y mercantes que van y vienen de los países en las orillas del Mar Negro. En fin, una ciudad de la cual nos quedamos prendados.

Ahora bien, aparte de los aspectos aparentes de la ciudad – que, por cierto, no es la capital del país, pese a ser la más grande – se pueden apreciar otras cosas que por fuerza requieren adentrarse en la historia remota y reciente del país. Para empezar, es un país musulmán – escuchamos diversas versiones que sitúan entre el 93 y el 99 por ciento a quienes profesan esa religión – pero al mismo tiempo es un estado laico. Lleno de mezquitas que, a las horas acostumbradas, lanzan desde sus minaretes los llamados a la oración que, con toda tranquilidad, son ignorados por la mayor parte de la gente que vemos por la calle. Hay un cierto número de viandantes que llevan el atuendo tradicional, los hombres con sus chilabas y las mujeres con la cabeza cubierta o incluso llevando la burka, pero la mayor parte lleva vestimenta europea y llegamos a ver buen número de jóvenes mujeres con vestidos que aun en España llamarían atrevidos. Pero hay un alto grado de tolerancia al respecto, por lo que se puede apreciar; se ven grupos de jovencitas departiendo en los cafés, algunas con velo y otras sin él, como si nada. La venta y el consumo de alcohol es totalmente libre, como en cualquier país occidental. Y siendo musulmán, no es un país árabe, lo que a nosotros nos pareció algo extraño. El idioma es absoluta y totalmente incomprensible, aunque usan el alfabeto latino, si bien con algunas letras levemente modificadas para adecuarse a fonemas que no corresponden a ese alfabeto.

Bueno, y va un pequeño breviario cultural. Desde mediados del Siglo XV se consolidó el imperio otomano, que fue durante siglos una de las entidades políticas más importantes del mundo y una permanente piedra en el zapato para el cristianismo en la lucha por el control del Mediterráneo. En 1571, con la derrota de la flota otomana en la batalla de Lepanto, se frenó el expansionismo turco en el Mediterráneo occidental, pero el imperio se mantuvo hasta el final de la primera guerra mundial, en 1918. Es decir, Turquía nunca fue un país sojuzgado, y durante casi quinientos años mantuvo un status de potencia imperial.

Ahora bien, lo que sucede en las tres décadas entre 1915 y 1945 es realmente impresionante (y debo confesar que lo ignoraba hasta ahora, cuando mi visita a Estambul hizo imprescindible documentarme al respecto). Bien, para no aburrir al lector diré rápidamente que en la guerra de 1914-1918 Turquía estaba aliada con Alemania, y la derrota tuvo como consecuencia que los ejércitos victoriosos ocuparan el país. Pero esto tuvo el efecto de alimentar el nacionalismo turco y antes de cuatro años los ejércitos de ocupación, principalmente los británicos, incapaces de controlar el movimiento nacionalista, se vieron forzados a abandonar el país. ¡Sólo cuatro años! En ese corto lapso se expulsaron las fuerzas de ocupación, se abolió el imperio otomano de casi cinco siglos de antigüedad, se constituyó la república de Turquía y este país volvió a tomar el control de una de las zonas estratégicas más importantes del mundo, a saber, el paso del Egeo al Mar Negro que, obviamente, era el botín más codiciado por las naciones contendientes. ¡Absolutamente increíble!

¿Cómo entender eso? Claro, fue la ola de nacionalismo turco, pero al frente de ella la figura del gran líder Mustafá Kemal, que fue electo presidente de la república en 1923 (y recibió el nombramiento honorífico de Atatürk - padre de los turcos – en 1934). Este personaje, cuyo prestigio se basó inicialmente en su estrategia para derrotar a los británicos en la sangrienta batalla de Gallipoli, estuvo al frente del estado turco hasta su muerte, en 1938, y en esos quince años impulsó su modernización con una serie de medidas que son difíciles de entender para alguien que viene de un país que en los últimos noventa años no ha podido poner en práctica cabalmente un proyecto de nación. Entre otras cosas, logró:

- Abolir el imperio otomano e instituir una república democrática parlamentaria.
- En un país musulmán, imponer el estado laico y dejar fuera del juego a los clérigos (para comparación, véase lo que está sucediendo ahora en Argelia).
- Forzar el cambio de la escritura, imponiendo el alfabeto latino.
- Imponer, como tarea esencial para el estado turco, la unificación y modernización de la educación, dejando claro que la liberación de un país solamente es posible con un sistema educativo eficaz. Es interesante mencionar que tuvo, como asesor para este proyecto, al filósofo norteamericano John Dewey (¿se imagina el lector lo que pasaría en nuestro país si el presidente invitara a un norteamericano para asesorarlo en materia educativa?).
- Incorporar a la mujer con plenos derechos, suprimiendo la costumbre todavía prevalente en los países árabes de subordinación al hombre. El otorgamiento de la igualdad jurídica entre los sexos se adelantó incluso a varios países europeos.
- Con la modernización de la escritura, impulsó la lectura del Corán en idioma turco, lo que puso al alcance de todos el acceso a los textos religiosos, suprimiendo así el control de los clérigos sobre su interpretación.
- Con una actitud pragmática llevó a cabo la reforma del sistema jurídico turco basándose en los modelos suizo e italiano, eliminando, entre otras cosas, los tribunales islámicos.
- Bueno, hasta la indumentaria, pues poniendose él mismo como ejemplo se generalizó el uso de la moda europea y se obligó a todos los empleados públicos a utilizar ese atuendo.

Como puede notarse, me he quedado profundamente impresionado con aquel país. Y con la evidencia de que es posible hacer cambios profundos en relativamente corto plazo. ¿Seremos los mexicanos capaces de algo igual?

(Por afortunada coincidencia, ha aparecido en el diario El País de hoy un artículo de Juan Goytisolo - excelente, como siempre - sobre el tema de Turquía, que recomiendo sin reservas a quien quiera conocer un poco más sobre ese país y su paradójica relación con la Unión Europea).

domingo, 30 de mayo de 2010

Curiosas semejanzas

Jamaica, antigua colonia británica en las Antillas y hoy una de las relativamente nuevas naciones inventadas tras los movimientos independistas de los años cincuentas y sesentas del siglo pasado, tiene aproximadamente unos 2.8 millones de habitantes, es decir, más o menos la cuarenta-ava parte de la población de México. En este mes de mayo del 2010 se convirtió en escenario de una furiosa batalla entre los pobladores de barrios enteros de la capital, Kingston, y la fuerza pública, principalmente el ejército, de aquel país isleño. La reyerta se desencadenó a raíz de la decisión del gobierno local de cumplimentar una petición de extradición, por parte de los Estados Unidos, contra uno de los más reputados barones, o capos, del narcotráfico local, un tal Dudus Coke.

Solamente el lunes 24 se registraron 26 víctimas mortales durante un asalto del ejército a un barrio marginado (que lleva el pintoresco nombre de Tivoli Gardens), y hasta el momento de escribir estas líneas el saldo de la batalla es de más de 75 muertos e incontables heridos, entre habitantes de la zona y soldados. Además, por cierto, no se ha localizado al Dudus Coke, quien está protegido por los habitantes de esa barriada, decididamente opuestos – hasta la muerte, dicen - a que se ejecute su extradición. Y añade el jefe de la policía: “démonos cuenta de que estamos inmersos en una guerra”.

Mis lectores se preguntarán, ¿y ahora, a éste qué le pasa, que se fue hasta Jamaica? Pues se trata de poner las cosas en perspectiva y para ello comenzaré por hacer algunos sencillos cálculos. En alrededor de dos semanas la guerra en cuestión ha cobrado 75 muertes, que equivaldrían en una simple extrapolación lineal a 3,000 en un país del tamaño de México. Si supusiéramos que lo que está sucediendo es un episodio extraordinariamente violento y que, si aquella guerra continúa lo haría con una intensidad 10 veces menor, querría decir que en tres años el saldo en Jamaica será más o menos de 540 muertes, que equivaldrían, en México, a cerca de 22,000. Bueno, pues mi aritmética es, al menos, consistente: esa cifra es aproximadamente lo que, según diversas fuentes, ha costado la guerra iniciada contra los cárteles de la droga a principio de este sexenio. Eso es, en simplista conclusión, lo que cuesta este tipo de guerras, independientemente de las “estrategias”, asunto en el que no soy muy versado, a diferencia de lo que suelen presumir algunos comentaristas de radio y televisión que critican las políticas gubernamentales.

No terminan en esas cuestiones nuestras semejanzas con el país caribeño: resulta que el partido laborista – que actualmente gobierna la isla – tiene, desde hace muchos años, estrechas ligas con la banda criminal del Dudus Coke (se dice, por ejemplo, que el partido había contratado a un importante bufete neoyorkino para tratar, sin éxito, de frenar la petición de extradición de este peligroso personaje) y se teme que el escándalo actual los salpique al punto de afectarles en una próxima ronda electoral. No sería extraño que el numerito que protagoniza ahora el candidato del PRD en nuestro estado de Quintana Roo (también caribeño, por curiosa coincidencia), ese señor conocido como Greg, termine por revelar ligas muy pecaminosas con algún cártel y desencadenar una serie (que muchos ya esperábamos desde hace algún tiempo) de eventos semejantes en otros estados del país. Y es que no es verosímil que los cárteles que operan en Michoacán, Morelos, Sinaloa, Nuevo León, Tamaulipas, por nombrar solo algunos, hayan desarrollado su enorme potencial económico y paramilitar sin que los correspondientes gobiernos estatales – del color que fueren - hubieran tenido pleno conocimiento de lo que estaba ocurriendo a lo largo de los últimos diez o quince años.

Y, como dirían los niños pequeños, ¡ay, nanita! Me temo que no hemos visto más que la punta del iceberg. De ahí tanto interés en desviar la atención hacia los temas secundarios, como el respeto a los derechos humanos y cuestiones de ese tipo. Lo que se viene puede ser cosa seria.

domingo, 23 de mayo de 2010

En Barcelona

Apenas reponiéndome del jet-lag, que a medida que avanzan los años cuesta más trabajo remontar, hago mis reflexiones semanales. Pero la distancia permite enfocar mejor y, aunque se pierde mucha información de detalle, el contexto es más amplio. El día a día en México produce un estruendo mental que limita las capacidades de análisis: tanta información, tan poca sustancia; hay que hacer todos los días un molesto filtrado de la noticia periodística impresa y televisada para quedarse, muchas veces, con nada.

Y, desde luego, no es que falte material; lo que sucede, creo, es que los informadores no tienen capacidad para discernir el trigo de la paja y, además, con un objetivo de carácter comerical, en un país con tan pocos lectores, para qué perder el tiempo en temas abstrusos si resulta más atractivo el regodeo barato con el último secuestro, la última batalla campal entre sicarios o el último asesinato – y éste, mientras más tarde en resolverse, mejor, pues cada día habrá nuevos y más jugosos detalles para añadir a la trama, como si fuera una telenovela; un culebrón, que dicen en España.

Hoy domingo compruebo, una vez más, que si hago el ejercicio con seriedad me toma alrededor de una hora leer El País, que es el diario cuyo contenido se ajusta más a mis gustos. Y me desconsuela pensar que en México no haya un solo periódico cuya lectura requiera arriba de diez minutos (excluyo aquéllos que por higiene mental ni siquiera se me ocurriría comprar). Curiosamente, contrasta la calidad de este diario (y del Vanguardia, éste de origen catalán) con la relativa pobreza de los programas noticiosos de la televisión española.

Y, a pesar de la crisis de la economía española, que parece de magnitud pocas veces vista, la vitalidad aparente de la ciudad – Barcelona – sigue magnífica, como siempre. No quiero pensar en los millones de personas en paro ni en las medidas de austeridad que ha debido tomar el gobierno – si bien tardíamente – y que tendrán un altísimo costo político que, me temo, tendrán como consecuencia la vuelta al poder de la derecha recalcitrante. Aquí, las calles, como siempre, repletas de gente alegre; los maravillosos parques – que gozamos mi mujer y yo haciendo ejercicio en la bicicleta dos o tres veces por semana - por no hablar de la gastronomía, tanto en la calidad de la materia prima como en su confección en los restoranes que ocasionalmente visitamos. En fin, que se disfruta esto, aprovechando un poco la relativa tunda que se ha llevado el euro como resultado de los desastres económicos de Grecia y España que arrastran a los demás países europeos, como un peso muerto atado a un náufrago. A nosotros nos cuesta trabajo entender la manga ancha (y no lo digo por España, desde luego) con que la Unión Europea abrió las puertas a países que no estaban en las mismas condiciones de desarrollo y que, me cuesta decirlo, tienen como principal producto de exportación a los mendigos y malvivientes que ahora pululan por las calles de París, Madrid o Barcelona y que han alimentado, por desgracia, la xenofobia feroz de los Berlusconis y otros sátrapas semejantes (en comparación con lo que sucede en Italia, la SB1070 de Arizona no pasa de ser paños calientes).

Y en otro orden de cosas, me he metido de lleno a la más reciente tecnología para leer libros: recibí un espléndido regalo, el artefacto llamado Kindle, que –como seguramente todos mis lectores saben – sirve para leer libros o cualquier otro material impreso o producido en una computadora. Tenía tiempo meditando sobre la conveniencia de adquirir uno, pero indeciso como soy, no pasaba de ahí. Me resolvieron el problema, y debo decir que estoy encantado con el aparato. Me apresuro a decir que, en mi opinión, no existe conflicto con el libro impreso y que no veo que, en un futuro a mediano plazo, éste vaya a desaparecer. Tengo libros con los que llevo una larga relación sentimental y nunca me desharía de ellos; pero para ciertos propósitos, como cuando uno está de viaje, resulta muy fácil y económico cargarlos en el Kindle y llevarlos conmigo: veamos, me ha costado menos de dos dólares comprar las novelas cortas de Melville y bajarlas del cielo en menos de 20 segundos, de modo que, aunque tenga la edición impresa, no me importa tener esta redundancia. Es muy impresionante darse cuenta de que el catálogo de Amazon para Kindle cuenta con más de 400,000 títulos de libros. La versión original de Moby Dick cuesta 3 dólares, lo mismo que el texto completo del Quijote en español. Tiene incorporado el New Oxford Dictionary, y puede bajarse una enciclopedia en español a muy bajo costo para su consulta en línea sin tener que moverse; puede accederse de forma inmediata al buscador Google, o a Wikipedia, o cargar documentos propios directamente desde la computadora. Tiene la opción de escuchar el texto en audio, con voz femenina o masculina, al gusto, y a la velocidad más cómoda para el usuario. Sin duda, tiene algunas limitaciones, pero como complemento es fantástico. Bueno, parezco vendedor de Amazon, pero estoy convencido de que es un prodigioso avance tecnológico.

lunes, 17 de mayo de 2010

Espejismos demagógicos

Tenemos - dice don José Narro, Rector de la UNAM – una deuda pendiente con Hidalgo y “el movimiento libertario que encabezó”, dijo, después de destacar “el papel reformador y visionario que desempeñó” (Reforma, 9-may-2010). Bueno, pues a mi juicio esa opinión acerca del llamado padre de la patria peca de ciertas inexactitudes. Porque una cosa son los mitos que nos endilgan al por mayor en los libros de texto de la escuela primaria, y otra lo que cualquier persona medianamente ilustrada sabe del cura michoacano y su papel – por cierto, efímero - en la guerra de Independencia.

No presumo de ser especialista en cuestiones históricas, pero en estos tiempos no es difícil acceder a fuentes de primera para obtener información al respecto. Es cierto que le tocó a Hidalgo dar el primer paso en el movimiento armado de septiembre de 1810, que encabezó hasta que, apenas seis meses después, en marzo de 1811, fue hecho prisionero y posteriormente juzgado y ejecutado. Ahora bien, él era un miembro de la clase criolla que veía una oportunidad de deshacerse de una serie de restricciones impuestas por la Metrópoli aportando, a cambio, un apoyo a la monarquía española temporalmente hecha a un lado por las fuerzas napoleónicas que fueron, a la postre, derrotadas por los británicos, devolviendo con ello a los españoles al nefasto Fernando VII (qué desgracia para ellos, ¿eh?). No hay duda de que la guerra de Independencia tuvo como fundamento el descontento de la clase criolla con las restricciones que les imponía la corona española, y nunca se planteó como cuestión prioritaria liberar de la pobreza a los indígenas ni eliminar la concentración de la riqueza entre los grandes hacendados y mineros. No fue, pues, un movimiento “libertario” ni Hidalgo intentaba una reforma en ese sentido ni, mucho menos, era un "visionario" como enjundiosamente lo califica el rector de la UNAM.

Por otro lado, la fugaz conducción del movimiento por Hidalgo fue desastrosa. Pudo convocar a grandes contingentes de desposeídos a su causa, pero al mismo tiempo les permitió tremendas arbitrariedades por la forma en que dejaba que la masa de hombres que se decían parte del ejército insurgente y sin ningún sentido de lo que querían lograr se vengaran de los españoles, asesinándolos en forma brutal y apoderándose de sus bienes, pues robaban todo lo que podían cargar (¿no recuerda esto mucho de lo sucedido cien años después, en las guerritas de la Revolución? Fue una guerra de venganza y saqueo, más que un movimiento organizado y con objetivos claros. Esto, entre otras cosas – tales como su falta de sentido estratégico y conocimiento militar –, le enajenó la buena voluntad de sectores importantes de la población y no logró el apoyo que hubiera sido necesario para llevar a buen término su lucha. Contrasta esto, por cierto, con las modalidades de la guerra de Independencia que encabezó Washington, treinta o cuarenta años antes, en la que había prohibición terminante de llevar a cabo pillajes y saqueos en las poblaciones que tenían la mala suerte de encontrarse en los terrenos de la contienda. Entonces si que tenían una visión estratégica y de largo plazo: basta ver los resultados.

Todo esto está muy ampliamente documentado, en particular por el Instituto de Investigaciones Históricas de la propia UNAM, donde sin duda habrían gustosamente prestado la asesoría necesaria a su rector para que tuviera la información correcta. O, acaso, se la prestaron, pero decidió mejor irse por la libre y continuar propalando las falacias. Es un poco desalentador que la Universidad Nacional se siga haciendo eco de los mitos con que se quiere seducir a las mentes infantiles.

Aunque, la verdad es que nos gusta, a los mexicanos, engañarnos con estos espejismos demagógicos. Muchas veces me pregunto qué sucedería si, milagrosamente, surgiera un movimiento a favor de la verdad histórica; si los mexicanos pusiéramos los pies en la tierra y tratáramos de vernos como somos; sin las mentiras de que está plagada nuestra historia oficial. Si hasta los rusos tienen que hacer de tripas corazón y reconocer las atrocidades del régimen soviético, ¿por qué nosotros no nos atrevemos?

sábado, 8 de mayo de 2010

¿Para esto educamos a nuestros jóvenes?

Me topé a principios de la semana con una nota alarmante (Reforma, 3-may-2010): “Cada año 15,000 profesionistas emigran a Estados Unidos”. Después de revisar la información con cuidado y de tratar de conciliar las cifras ahí citadas – que la aritmética no es el fuerte de los reporteros – me parece que la situación es bastante peor pues, según un informe de la Secretaría de Eduación Pública (“Panorama del Mercado Laboral de Profesionales 2009”), habría más de 580,000 mexicanos en Estados Unidos que tengan una licenciatura o un grado académico superior.

Aquí debo hacer una reflexión de tipo general: la organización académica de las instituciones de enseñanza superior en México tiene mayoritariamente una orientación profesionalizante; esto es, no se concibe que una persona pueda tener una educación abierta de gran contenido y calidad al margen de la camisa de fuerza que impone una profesión específica – y me refiero con esto a los abogados, médicos, ingenieros, dentistas y otros que, en conjunto, se llaman profesionistas liberales – y que suele requerir, en otros países, una licencia para su ejercicio (es evidente que por eso se les llama “licenciados”). Pero, bueno, eso es harina de otro costal, y la cuestión es que los más de medio millón de paisanos a los que aludo en el párrafo anterior son personas que han cursado, después del bachillerato, cuando menos cinco años de estudios formales en alguna institución universitaria.

¿Y entonces? Bien, hagamos un sencillo cálculo: al país le cuesta la friolera de algo así como 65,000 pesos anuales la estancia de un joven en una universidad (hago notar que eso de que la educación pública sea gratuita es una falacia: alguien - o sea, los contribuyentes – la paga). Durante cinco años, ese joven nos habrá costado 325,000 pesos, y los 580,000 jóvenes que ahora residen en el vecino país nos habrán entonces salido, en total, por lo menos en 200,000 millones de pesos – solamente por su educación post-bachillerato. Todo esto, claro está, con una aritmética sencilla y con aproximaciones gruesas. Por lo menos podríamos pedirle a los norteamericanos que nos compensaran económicamente en virtud del ahorro que les supone a ellos contar con esa fuerza de trabajo cuya educación no les costó.

Pero, claro, eso no es lo más importante: la cuestión es que nos hemos quedado sin ellos. Yo no iría tan lejos como para decir que todos ellos sean personas de primer nivel, pero si aceptáramos que el 10% de ellos lo fueran...; bueno, digamos el 5%, entonces estaríamos hablando de una masa de cerca de 30,000 elementos de primer nivel que ha perdido el país. Y, déjenme decirles, la élite dirigente de un país, los cuadros que ocupan los altos puestos de la actividad política; de la administración pública; de la enseñanza, la investigación y el desarrollo tecnológico; de las actividades empresariales en la banca, la industria, en fin, de todo lo que mueve al país, se beneficiaría enormemente de poder contar con 30,000 individuos de primer nivel. ¿Cuántos son los que en este momento tienen en sus manos la dirección del país? A ojo de buen cubero, calculo que serían entre 30,000y 50,000. Hemos echado a la calle a una masa de gente de primer nivel que equivale numéricamente al grupo dirigente. ¡Qué desperdicio!

Porque, a pesar de buen número de excepciones que soy el primero en reconocer pero que son relativamente pocas, quienes ahora ocupan esos cargos en México no son personas de primer nivel. Y es que de alguna manera ha permeado en la mentalidad de los mexicanos que no se necesita ser una persona con un talento y una formación de primer nivel para ocupar los puestos a que arriba me refiero: basta revisar el curriculum de nuestros políticos, diputados, senadores, asambleístas, gobernadores, en fin, para darse cuenta de que tienen en común una notoria falta de formación personal, trátese de líderes sindicales, activistas populacheros, actrices de telenovela o azafatas de aerolíneas. Y, no nos engañemos, con ese equipo nunca llegaremos muy lejos.

Lo más alarmante de la situación es la ligereza con que la autoridades educativas aceptan la situación. En la nota periodística a que me refiero se pone de manifiesto, por ejemplo, la frivolidad con que el subsecretario de educación trata de minimizar el problema: “el desempleo, la falta de experiencia y los bajos salarios son los factores que contribuyen a que la gente se vaya a los Estados Unidos”. Y no, el subsecretario se equivoca, pues no hay desempleo en los niveles a que me refiero - ¿no tienen acaso empleo los diputados, senadores, secretarios, subsecretarios, gobernadores, y directores generales que menciono arriba y que no tienen ni de lejos el mismo nivel de talento y competencia que ese 5% de primer nivel que perdimos en favor de los Estados Unidos? Y lo mismo digo en cuanto a experiencia y bajos salarios. No; lo que pasa es que hemos optado colectivamente por otorgar esos empleos a Noroñas, Juanitos y Brugadas y demás hez de la sociedad, propiciando así un lento pero seguro suicidio nacional.

La mayoría de quienes son destinatarios de estas líneas, amigos y colaboradores, tienen hijos que han decidido irse a vivir a otro país; jóvenes extraordinariamente preparados y talentosos que no desean vivir aquí. Razones muy diversas los han empujado a tomar esa decisión, aunque quizá hay un denominador común: hay la conciencia de que México ha perdido competitividad, no solamente en aspectos concretos de su economía, sino en cuanto a ser un país interesante para establecerse permanentemente. Aparte de cuestiones como la inseguridad y la baja calidad de vida, tener que enfrentarse cotidianamente a la aterradora burocracia que controla el país, ya sea en las instituciones públicas, en las universidades y prácticamente en todos los aspectos de la cotidianidad, es una perspectiva muy desalentadora para jóvenes inteligentes, creativos y preparados - ¡y vaya que los hay! Mejor buscarle por otro lado, llámese Estados Unidos, España, Inglaterra, Francia, Canadá y hasta Australia, donde suelen ser bien recibidos. Y me apresuro a añadir que no me estoy refiriendo aquí a los emigrantes ilegales, trabajadores agrícolas que buscan trabajo para sobrevivir y que ahora tienen que sufrir el acoso de leyes como la SB1070 en el estado de Arizona. Eso es otro asunto.