Jamaica, antigua colonia británica en las Antillas y hoy una de las relativamente nuevas naciones inventadas tras los movimientos independistas de los años cincuentas y sesentas del siglo pasado, tiene aproximadamente unos 2.8 millones de habitantes, es decir, más o menos la cuarenta-ava parte de la población de México. En este mes de mayo del 2010 se convirtió en escenario de una furiosa batalla entre los pobladores de barrios enteros de la capital, Kingston, y la fuerza pública, principalmente el ejército, de aquel país isleño. La reyerta se desencadenó a raíz de la decisión del gobierno local de cumplimentar una petición de extradición, por parte de los Estados Unidos, contra uno de los más reputados barones, o capos, del narcotráfico local, un tal Dudus Coke.
Solamente el lunes 24 se registraron 26 víctimas mortales durante un asalto del ejército a un barrio marginado (que lleva el pintoresco nombre de Tivoli Gardens), y hasta el momento de escribir estas líneas el saldo de la batalla es de más de 75 muertos e incontables heridos, entre habitantes de la zona y soldados. Además, por cierto, no se ha localizado al Dudus Coke, quien está protegido por los habitantes de esa barriada, decididamente opuestos – hasta la muerte, dicen - a que se ejecute su extradición. Y añade el jefe de la policía: “démonos cuenta de que estamos inmersos en una guerra”.
Mis lectores se preguntarán, ¿y ahora, a éste qué le pasa, que se fue hasta Jamaica? Pues se trata de poner las cosas en perspectiva y para ello comenzaré por hacer algunos sencillos cálculos. En alrededor de dos semanas la guerra en cuestión ha cobrado 75 muertes, que equivaldrían en una simple extrapolación lineal a 3,000 en un país del tamaño de México. Si supusiéramos que lo que está sucediendo es un episodio extraordinariamente violento y que, si aquella guerra continúa lo haría con una intensidad 10 veces menor, querría decir que en tres años el saldo en Jamaica será más o menos de 540 muertes, que equivaldrían, en México, a cerca de 22,000. Bueno, pues mi aritmética es, al menos, consistente: esa cifra es aproximadamente lo que, según diversas fuentes, ha costado la guerra iniciada contra los cárteles de la droga a principio de este sexenio. Eso es, en simplista conclusión, lo que cuesta este tipo de guerras, independientemente de las “estrategias”, asunto en el que no soy muy versado, a diferencia de lo que suelen presumir algunos comentaristas de radio y televisión que critican las políticas gubernamentales.
No terminan en esas cuestiones nuestras semejanzas con el país caribeño: resulta que el partido laborista – que actualmente gobierna la isla – tiene, desde hace muchos años, estrechas ligas con la banda criminal del Dudus Coke (se dice, por ejemplo, que el partido había contratado a un importante bufete neoyorkino para tratar, sin éxito, de frenar la petición de extradición de este peligroso personaje) y se teme que el escándalo actual los salpique al punto de afectarles en una próxima ronda electoral. No sería extraño que el numerito que protagoniza ahora el candidato del PRD en nuestro estado de Quintana Roo (también caribeño, por curiosa coincidencia), ese señor conocido como Greg, termine por revelar ligas muy pecaminosas con algún cártel y desencadenar una serie (que muchos ya esperábamos desde hace algún tiempo) de eventos semejantes en otros estados del país. Y es que no es verosímil que los cárteles que operan en Michoacán, Morelos, Sinaloa, Nuevo León, Tamaulipas, por nombrar solo algunos, hayan desarrollado su enorme potencial económico y paramilitar sin que los correspondientes gobiernos estatales – del color que fueren - hubieran tenido pleno conocimiento de lo que estaba ocurriendo a lo largo de los últimos diez o quince años.
Y, como dirían los niños pequeños, ¡ay, nanita! Me temo que no hemos visto más que la punta del iceberg. De ahí tanto interés en desviar la atención hacia los temas secundarios, como el respeto a los derechos humanos y cuestiones de ese tipo. Lo que se viene puede ser cosa seria.
domingo, 30 de mayo de 2010
domingo, 23 de mayo de 2010
En Barcelona
Apenas reponiéndome del jet-lag, que a medida que avanzan los años cuesta más trabajo remontar, hago mis reflexiones semanales. Pero la distancia permite enfocar mejor y, aunque se pierde mucha información de detalle, el contexto es más amplio. El día a día en México produce un estruendo mental que limita las capacidades de análisis: tanta información, tan poca sustancia; hay que hacer todos los días un molesto filtrado de la noticia periodística impresa y televisada para quedarse, muchas veces, con nada.
Y, desde luego, no es que falte material; lo que sucede, creo, es que los informadores no tienen capacidad para discernir el trigo de la paja y, además, con un objetivo de carácter comerical, en un país con tan pocos lectores, para qué perder el tiempo en temas abstrusos si resulta más atractivo el regodeo barato con el último secuestro, la última batalla campal entre sicarios o el último asesinato – y éste, mientras más tarde en resolverse, mejor, pues cada día habrá nuevos y más jugosos detalles para añadir a la trama, como si fuera una telenovela; un culebrón, que dicen en España.
Hoy domingo compruebo, una vez más, que si hago el ejercicio con seriedad me toma alrededor de una hora leer El País, que es el diario cuyo contenido se ajusta más a mis gustos. Y me desconsuela pensar que en México no haya un solo periódico cuya lectura requiera arriba de diez minutos (excluyo aquéllos que por higiene mental ni siquiera se me ocurriría comprar). Curiosamente, contrasta la calidad de este diario (y del Vanguardia, éste de origen catalán) con la relativa pobreza de los programas noticiosos de la televisión española.
Y, a pesar de la crisis de la economía española, que parece de magnitud pocas veces vista, la vitalidad aparente de la ciudad – Barcelona – sigue magnífica, como siempre. No quiero pensar en los millones de personas en paro ni en las medidas de austeridad que ha debido tomar el gobierno – si bien tardíamente – y que tendrán un altísimo costo político que, me temo, tendrán como consecuencia la vuelta al poder de la derecha recalcitrante. Aquí, las calles, como siempre, repletas de gente alegre; los maravillosos parques – que gozamos mi mujer y yo haciendo ejercicio en la bicicleta dos o tres veces por semana - por no hablar de la gastronomía, tanto en la calidad de la materia prima como en su confección en los restoranes que ocasionalmente visitamos. En fin, que se disfruta esto, aprovechando un poco la relativa tunda que se ha llevado el euro como resultado de los desastres económicos de Grecia y España que arrastran a los demás países europeos, como un peso muerto atado a un náufrago. A nosotros nos cuesta trabajo entender la manga ancha (y no lo digo por España, desde luego) con que la Unión Europea abrió las puertas a países que no estaban en las mismas condiciones de desarrollo y que, me cuesta decirlo, tienen como principal producto de exportación a los mendigos y malvivientes que ahora pululan por las calles de París, Madrid o Barcelona y que han alimentado, por desgracia, la xenofobia feroz de los Berlusconis y otros sátrapas semejantes (en comparación con lo que sucede en Italia, la SB1070 de Arizona no pasa de ser paños calientes).
Y en otro orden de cosas, me he metido de lleno a la más reciente tecnología para leer libros: recibí un espléndido regalo, el artefacto llamado Kindle, que –como seguramente todos mis lectores saben – sirve para leer libros o cualquier otro material impreso o producido en una computadora. Tenía tiempo meditando sobre la conveniencia de adquirir uno, pero indeciso como soy, no pasaba de ahí. Me resolvieron el problema, y debo decir que estoy encantado con el aparato. Me apresuro a decir que, en mi opinión, no existe conflicto con el libro impreso y que no veo que, en un futuro a mediano plazo, éste vaya a desaparecer. Tengo libros con los que llevo una larga relación sentimental y nunca me desharía de ellos; pero para ciertos propósitos, como cuando uno está de viaje, resulta muy fácil y económico cargarlos en el Kindle y llevarlos conmigo: veamos, me ha costado menos de dos dólares comprar las novelas cortas de Melville y bajarlas del cielo en menos de 20 segundos, de modo que, aunque tenga la edición impresa, no me importa tener esta redundancia. Es muy impresionante darse cuenta de que el catálogo de Amazon para Kindle cuenta con más de 400,000 títulos de libros. La versión original de Moby Dick cuesta 3 dólares, lo mismo que el texto completo del Quijote en español. Tiene incorporado el New Oxford Dictionary, y puede bajarse una enciclopedia en español a muy bajo costo para su consulta en línea sin tener que moverse; puede accederse de forma inmediata al buscador Google, o a Wikipedia, o cargar documentos propios directamente desde la computadora. Tiene la opción de escuchar el texto en audio, con voz femenina o masculina, al gusto, y a la velocidad más cómoda para el usuario. Sin duda, tiene algunas limitaciones, pero como complemento es fantástico. Bueno, parezco vendedor de Amazon, pero estoy convencido de que es un prodigioso avance tecnológico.
Y, desde luego, no es que falte material; lo que sucede, creo, es que los informadores no tienen capacidad para discernir el trigo de la paja y, además, con un objetivo de carácter comerical, en un país con tan pocos lectores, para qué perder el tiempo en temas abstrusos si resulta más atractivo el regodeo barato con el último secuestro, la última batalla campal entre sicarios o el último asesinato – y éste, mientras más tarde en resolverse, mejor, pues cada día habrá nuevos y más jugosos detalles para añadir a la trama, como si fuera una telenovela; un culebrón, que dicen en España.
Hoy domingo compruebo, una vez más, que si hago el ejercicio con seriedad me toma alrededor de una hora leer El País, que es el diario cuyo contenido se ajusta más a mis gustos. Y me desconsuela pensar que en México no haya un solo periódico cuya lectura requiera arriba de diez minutos (excluyo aquéllos que por higiene mental ni siquiera se me ocurriría comprar). Curiosamente, contrasta la calidad de este diario (y del Vanguardia, éste de origen catalán) con la relativa pobreza de los programas noticiosos de la televisión española.
Y, a pesar de la crisis de la economía española, que parece de magnitud pocas veces vista, la vitalidad aparente de la ciudad – Barcelona – sigue magnífica, como siempre. No quiero pensar en los millones de personas en paro ni en las medidas de austeridad que ha debido tomar el gobierno – si bien tardíamente – y que tendrán un altísimo costo político que, me temo, tendrán como consecuencia la vuelta al poder de la derecha recalcitrante. Aquí, las calles, como siempre, repletas de gente alegre; los maravillosos parques – que gozamos mi mujer y yo haciendo ejercicio en la bicicleta dos o tres veces por semana - por no hablar de la gastronomía, tanto en la calidad de la materia prima como en su confección en los restoranes que ocasionalmente visitamos. En fin, que se disfruta esto, aprovechando un poco la relativa tunda que se ha llevado el euro como resultado de los desastres económicos de Grecia y España que arrastran a los demás países europeos, como un peso muerto atado a un náufrago. A nosotros nos cuesta trabajo entender la manga ancha (y no lo digo por España, desde luego) con que la Unión Europea abrió las puertas a países que no estaban en las mismas condiciones de desarrollo y que, me cuesta decirlo, tienen como principal producto de exportación a los mendigos y malvivientes que ahora pululan por las calles de París, Madrid o Barcelona y que han alimentado, por desgracia, la xenofobia feroz de los Berlusconis y otros sátrapas semejantes (en comparación con lo que sucede en Italia, la SB1070 de Arizona no pasa de ser paños calientes).
Y en otro orden de cosas, me he metido de lleno a la más reciente tecnología para leer libros: recibí un espléndido regalo, el artefacto llamado Kindle, que –como seguramente todos mis lectores saben – sirve para leer libros o cualquier otro material impreso o producido en una computadora. Tenía tiempo meditando sobre la conveniencia de adquirir uno, pero indeciso como soy, no pasaba de ahí. Me resolvieron el problema, y debo decir que estoy encantado con el aparato. Me apresuro a decir que, en mi opinión, no existe conflicto con el libro impreso y que no veo que, en un futuro a mediano plazo, éste vaya a desaparecer. Tengo libros con los que llevo una larga relación sentimental y nunca me desharía de ellos; pero para ciertos propósitos, como cuando uno está de viaje, resulta muy fácil y económico cargarlos en el Kindle y llevarlos conmigo: veamos, me ha costado menos de dos dólares comprar las novelas cortas de Melville y bajarlas del cielo en menos de 20 segundos, de modo que, aunque tenga la edición impresa, no me importa tener esta redundancia. Es muy impresionante darse cuenta de que el catálogo de Amazon para Kindle cuenta con más de 400,000 títulos de libros. La versión original de Moby Dick cuesta 3 dólares, lo mismo que el texto completo del Quijote en español. Tiene incorporado el New Oxford Dictionary, y puede bajarse una enciclopedia en español a muy bajo costo para su consulta en línea sin tener que moverse; puede accederse de forma inmediata al buscador Google, o a Wikipedia, o cargar documentos propios directamente desde la computadora. Tiene la opción de escuchar el texto en audio, con voz femenina o masculina, al gusto, y a la velocidad más cómoda para el usuario. Sin duda, tiene algunas limitaciones, pero como complemento es fantástico. Bueno, parezco vendedor de Amazon, pero estoy convencido de que es un prodigioso avance tecnológico.
lunes, 17 de mayo de 2010
Espejismos demagógicos
Tenemos - dice don José Narro, Rector de la UNAM – una deuda pendiente con Hidalgo y “el movimiento libertario que encabezó”, dijo, después de destacar “el papel reformador y visionario que desempeñó” (Reforma, 9-may-2010). Bueno, pues a mi juicio esa opinión acerca del llamado padre de la patria peca de ciertas inexactitudes. Porque una cosa son los mitos que nos endilgan al por mayor en los libros de texto de la escuela primaria, y otra lo que cualquier persona medianamente ilustrada sabe del cura michoacano y su papel – por cierto, efímero - en la guerra de Independencia.
No presumo de ser especialista en cuestiones históricas, pero en estos tiempos no es difícil acceder a fuentes de primera para obtener información al respecto. Es cierto que le tocó a Hidalgo dar el primer paso en el movimiento armado de septiembre de 1810, que encabezó hasta que, apenas seis meses después, en marzo de 1811, fue hecho prisionero y posteriormente juzgado y ejecutado. Ahora bien, él era un miembro de la clase criolla que veía una oportunidad de deshacerse de una serie de restricciones impuestas por la Metrópoli aportando, a cambio, un apoyo a la monarquía española temporalmente hecha a un lado por las fuerzas napoleónicas que fueron, a la postre, derrotadas por los británicos, devolviendo con ello a los españoles al nefasto Fernando VII (qué desgracia para ellos, ¿eh?). No hay duda de que la guerra de Independencia tuvo como fundamento el descontento de la clase criolla con las restricciones que les imponía la corona española, y nunca se planteó como cuestión prioritaria liberar de la pobreza a los indígenas ni eliminar la concentración de la riqueza entre los grandes hacendados y mineros. No fue, pues, un movimiento “libertario” ni Hidalgo intentaba una reforma en ese sentido ni, mucho menos, era un "visionario" como enjundiosamente lo califica el rector de la UNAM.
Por otro lado, la fugaz conducción del movimiento por Hidalgo fue desastrosa. Pudo convocar a grandes contingentes de desposeídos a su causa, pero al mismo tiempo les permitió tremendas arbitrariedades por la forma en que dejaba que la masa de hombres que se decían parte del ejército insurgente y sin ningún sentido de lo que querían lograr se vengaran de los españoles, asesinándolos en forma brutal y apoderándose de sus bienes, pues robaban todo lo que podían cargar (¿no recuerda esto mucho de lo sucedido cien años después, en las guerritas de la Revolución? Fue una guerra de venganza y saqueo, más que un movimiento organizado y con objetivos claros. Esto, entre otras cosas – tales como su falta de sentido estratégico y conocimiento militar –, le enajenó la buena voluntad de sectores importantes de la población y no logró el apoyo que hubiera sido necesario para llevar a buen término su lucha. Contrasta esto, por cierto, con las modalidades de la guerra de Independencia que encabezó Washington, treinta o cuarenta años antes, en la que había prohibición terminante de llevar a cabo pillajes y saqueos en las poblaciones que tenían la mala suerte de encontrarse en los terrenos de la contienda. Entonces si que tenían una visión estratégica y de largo plazo: basta ver los resultados.
Todo esto está muy ampliamente documentado, en particular por el Instituto de Investigaciones Históricas de la propia UNAM, donde sin duda habrían gustosamente prestado la asesoría necesaria a su rector para que tuviera la información correcta. O, acaso, se la prestaron, pero decidió mejor irse por la libre y continuar propalando las falacias. Es un poco desalentador que la Universidad Nacional se siga haciendo eco de los mitos con que se quiere seducir a las mentes infantiles.
Aunque, la verdad es que nos gusta, a los mexicanos, engañarnos con estos espejismos demagógicos. Muchas veces me pregunto qué sucedería si, milagrosamente, surgiera un movimiento a favor de la verdad histórica; si los mexicanos pusiéramos los pies en la tierra y tratáramos de vernos como somos; sin las mentiras de que está plagada nuestra historia oficial. Si hasta los rusos tienen que hacer de tripas corazón y reconocer las atrocidades del régimen soviético, ¿por qué nosotros no nos atrevemos?
No presumo de ser especialista en cuestiones históricas, pero en estos tiempos no es difícil acceder a fuentes de primera para obtener información al respecto. Es cierto que le tocó a Hidalgo dar el primer paso en el movimiento armado de septiembre de 1810, que encabezó hasta que, apenas seis meses después, en marzo de 1811, fue hecho prisionero y posteriormente juzgado y ejecutado. Ahora bien, él era un miembro de la clase criolla que veía una oportunidad de deshacerse de una serie de restricciones impuestas por la Metrópoli aportando, a cambio, un apoyo a la monarquía española temporalmente hecha a un lado por las fuerzas napoleónicas que fueron, a la postre, derrotadas por los británicos, devolviendo con ello a los españoles al nefasto Fernando VII (qué desgracia para ellos, ¿eh?). No hay duda de que la guerra de Independencia tuvo como fundamento el descontento de la clase criolla con las restricciones que les imponía la corona española, y nunca se planteó como cuestión prioritaria liberar de la pobreza a los indígenas ni eliminar la concentración de la riqueza entre los grandes hacendados y mineros. No fue, pues, un movimiento “libertario” ni Hidalgo intentaba una reforma en ese sentido ni, mucho menos, era un "visionario" como enjundiosamente lo califica el rector de la UNAM.
Por otro lado, la fugaz conducción del movimiento por Hidalgo fue desastrosa. Pudo convocar a grandes contingentes de desposeídos a su causa, pero al mismo tiempo les permitió tremendas arbitrariedades por la forma en que dejaba que la masa de hombres que se decían parte del ejército insurgente y sin ningún sentido de lo que querían lograr se vengaran de los españoles, asesinándolos en forma brutal y apoderándose de sus bienes, pues robaban todo lo que podían cargar (¿no recuerda esto mucho de lo sucedido cien años después, en las guerritas de la Revolución? Fue una guerra de venganza y saqueo, más que un movimiento organizado y con objetivos claros. Esto, entre otras cosas – tales como su falta de sentido estratégico y conocimiento militar –, le enajenó la buena voluntad de sectores importantes de la población y no logró el apoyo que hubiera sido necesario para llevar a buen término su lucha. Contrasta esto, por cierto, con las modalidades de la guerra de Independencia que encabezó Washington, treinta o cuarenta años antes, en la que había prohibición terminante de llevar a cabo pillajes y saqueos en las poblaciones que tenían la mala suerte de encontrarse en los terrenos de la contienda. Entonces si que tenían una visión estratégica y de largo plazo: basta ver los resultados.
Todo esto está muy ampliamente documentado, en particular por el Instituto de Investigaciones Históricas de la propia UNAM, donde sin duda habrían gustosamente prestado la asesoría necesaria a su rector para que tuviera la información correcta. O, acaso, se la prestaron, pero decidió mejor irse por la libre y continuar propalando las falacias. Es un poco desalentador que la Universidad Nacional se siga haciendo eco de los mitos con que se quiere seducir a las mentes infantiles.
Aunque, la verdad es que nos gusta, a los mexicanos, engañarnos con estos espejismos demagógicos. Muchas veces me pregunto qué sucedería si, milagrosamente, surgiera un movimiento a favor de la verdad histórica; si los mexicanos pusiéramos los pies en la tierra y tratáramos de vernos como somos; sin las mentiras de que está plagada nuestra historia oficial. Si hasta los rusos tienen que hacer de tripas corazón y reconocer las atrocidades del régimen soviético, ¿por qué nosotros no nos atrevemos?
sábado, 8 de mayo de 2010
¿Para esto educamos a nuestros jóvenes?
Me topé a principios de la semana con una nota alarmante (Reforma, 3-may-2010): “Cada año 15,000 profesionistas emigran a Estados Unidos”. Después de revisar la información con cuidado y de tratar de conciliar las cifras ahí citadas – que la aritmética no es el fuerte de los reporteros – me parece que la situación es bastante peor pues, según un informe de la Secretaría de Eduación Pública (“Panorama del Mercado Laboral de Profesionales 2009”), habría más de 580,000 mexicanos en Estados Unidos que tengan una licenciatura o un grado académico superior.
Aquí debo hacer una reflexión de tipo general: la organización académica de las instituciones de enseñanza superior en México tiene mayoritariamente una orientación profesionalizante; esto es, no se concibe que una persona pueda tener una educación abierta de gran contenido y calidad al margen de la camisa de fuerza que impone una profesión específica – y me refiero con esto a los abogados, médicos, ingenieros, dentistas y otros que, en conjunto, se llaman profesionistas liberales – y que suele requerir, en otros países, una licencia para su ejercicio (es evidente que por eso se les llama “licenciados”). Pero, bueno, eso es harina de otro costal, y la cuestión es que los más de medio millón de paisanos a los que aludo en el párrafo anterior son personas que han cursado, después del bachillerato, cuando menos cinco años de estudios formales en alguna institución universitaria.
¿Y entonces? Bien, hagamos un sencillo cálculo: al país le cuesta la friolera de algo así como 65,000 pesos anuales la estancia de un joven en una universidad (hago notar que eso de que la educación pública sea gratuita es una falacia: alguien - o sea, los contribuyentes – la paga). Durante cinco años, ese joven nos habrá costado 325,000 pesos, y los 580,000 jóvenes que ahora residen en el vecino país nos habrán entonces salido, en total, por lo menos en 200,000 millones de pesos – solamente por su educación post-bachillerato. Todo esto, claro está, con una aritmética sencilla y con aproximaciones gruesas. Por lo menos podríamos pedirle a los norteamericanos que nos compensaran económicamente en virtud del ahorro que les supone a ellos contar con esa fuerza de trabajo cuya educación no les costó.
Pero, claro, eso no es lo más importante: la cuestión es que nos hemos quedado sin ellos. Yo no iría tan lejos como para decir que todos ellos sean personas de primer nivel, pero si aceptáramos que el 10% de ellos lo fueran...; bueno, digamos el 5%, entonces estaríamos hablando de una masa de cerca de 30,000 elementos de primer nivel que ha perdido el país. Y, déjenme decirles, la élite dirigente de un país, los cuadros que ocupan los altos puestos de la actividad política; de la administración pública; de la enseñanza, la investigación y el desarrollo tecnológico; de las actividades empresariales en la banca, la industria, en fin, de todo lo que mueve al país, se beneficiaría enormemente de poder contar con 30,000 individuos de primer nivel. ¿Cuántos son los que en este momento tienen en sus manos la dirección del país? A ojo de buen cubero, calculo que serían entre 30,000y 50,000. Hemos echado a la calle a una masa de gente de primer nivel que equivale numéricamente al grupo dirigente. ¡Qué desperdicio!
Porque, a pesar de buen número de excepciones que soy el primero en reconocer pero que son relativamente pocas, quienes ahora ocupan esos cargos en México no son personas de primer nivel. Y es que de alguna manera ha permeado en la mentalidad de los mexicanos que no se necesita ser una persona con un talento y una formación de primer nivel para ocupar los puestos a que arriba me refiero: basta revisar el curriculum de nuestros políticos, diputados, senadores, asambleístas, gobernadores, en fin, para darse cuenta de que tienen en común una notoria falta de formación personal, trátese de líderes sindicales, activistas populacheros, actrices de telenovela o azafatas de aerolíneas. Y, no nos engañemos, con ese equipo nunca llegaremos muy lejos.
Lo más alarmante de la situación es la ligereza con que la autoridades educativas aceptan la situación. En la nota periodística a que me refiero se pone de manifiesto, por ejemplo, la frivolidad con que el subsecretario de educación trata de minimizar el problema: “el desempleo, la falta de experiencia y los bajos salarios son los factores que contribuyen a que la gente se vaya a los Estados Unidos”. Y no, el subsecretario se equivoca, pues no hay desempleo en los niveles a que me refiero - ¿no tienen acaso empleo los diputados, senadores, secretarios, subsecretarios, gobernadores, y directores generales que menciono arriba y que no tienen ni de lejos el mismo nivel de talento y competencia que ese 5% de primer nivel que perdimos en favor de los Estados Unidos? Y lo mismo digo en cuanto a experiencia y bajos salarios. No; lo que pasa es que hemos optado colectivamente por otorgar esos empleos a Noroñas, Juanitos y Brugadas y demás hez de la sociedad, propiciando así un lento pero seguro suicidio nacional.
La mayoría de quienes son destinatarios de estas líneas, amigos y colaboradores, tienen hijos que han decidido irse a vivir a otro país; jóvenes extraordinariamente preparados y talentosos que no desean vivir aquí. Razones muy diversas los han empujado a tomar esa decisión, aunque quizá hay un denominador común: hay la conciencia de que México ha perdido competitividad, no solamente en aspectos concretos de su economía, sino en cuanto a ser un país interesante para establecerse permanentemente. Aparte de cuestiones como la inseguridad y la baja calidad de vida, tener que enfrentarse cotidianamente a la aterradora burocracia que controla el país, ya sea en las instituciones públicas, en las universidades y prácticamente en todos los aspectos de la cotidianidad, es una perspectiva muy desalentadora para jóvenes inteligentes, creativos y preparados - ¡y vaya que los hay! Mejor buscarle por otro lado, llámese Estados Unidos, España, Inglaterra, Francia, Canadá y hasta Australia, donde suelen ser bien recibidos. Y me apresuro a añadir que no me estoy refiriendo aquí a los emigrantes ilegales, trabajadores agrícolas que buscan trabajo para sobrevivir y que ahora tienen que sufrir el acoso de leyes como la SB1070 en el estado de Arizona. Eso es otro asunto.
Aquí debo hacer una reflexión de tipo general: la organización académica de las instituciones de enseñanza superior en México tiene mayoritariamente una orientación profesionalizante; esto es, no se concibe que una persona pueda tener una educación abierta de gran contenido y calidad al margen de la camisa de fuerza que impone una profesión específica – y me refiero con esto a los abogados, médicos, ingenieros, dentistas y otros que, en conjunto, se llaman profesionistas liberales – y que suele requerir, en otros países, una licencia para su ejercicio (es evidente que por eso se les llama “licenciados”). Pero, bueno, eso es harina de otro costal, y la cuestión es que los más de medio millón de paisanos a los que aludo en el párrafo anterior son personas que han cursado, después del bachillerato, cuando menos cinco años de estudios formales en alguna institución universitaria.
¿Y entonces? Bien, hagamos un sencillo cálculo: al país le cuesta la friolera de algo así como 65,000 pesos anuales la estancia de un joven en una universidad (hago notar que eso de que la educación pública sea gratuita es una falacia: alguien - o sea, los contribuyentes – la paga). Durante cinco años, ese joven nos habrá costado 325,000 pesos, y los 580,000 jóvenes que ahora residen en el vecino país nos habrán entonces salido, en total, por lo menos en 200,000 millones de pesos – solamente por su educación post-bachillerato. Todo esto, claro está, con una aritmética sencilla y con aproximaciones gruesas. Por lo menos podríamos pedirle a los norteamericanos que nos compensaran económicamente en virtud del ahorro que les supone a ellos contar con esa fuerza de trabajo cuya educación no les costó.
Pero, claro, eso no es lo más importante: la cuestión es que nos hemos quedado sin ellos. Yo no iría tan lejos como para decir que todos ellos sean personas de primer nivel, pero si aceptáramos que el 10% de ellos lo fueran...; bueno, digamos el 5%, entonces estaríamos hablando de una masa de cerca de 30,000 elementos de primer nivel que ha perdido el país. Y, déjenme decirles, la élite dirigente de un país, los cuadros que ocupan los altos puestos de la actividad política; de la administración pública; de la enseñanza, la investigación y el desarrollo tecnológico; de las actividades empresariales en la banca, la industria, en fin, de todo lo que mueve al país, se beneficiaría enormemente de poder contar con 30,000 individuos de primer nivel. ¿Cuántos son los que en este momento tienen en sus manos la dirección del país? A ojo de buen cubero, calculo que serían entre 30,000y 50,000. Hemos echado a la calle a una masa de gente de primer nivel que equivale numéricamente al grupo dirigente. ¡Qué desperdicio!
Porque, a pesar de buen número de excepciones que soy el primero en reconocer pero que son relativamente pocas, quienes ahora ocupan esos cargos en México no son personas de primer nivel. Y es que de alguna manera ha permeado en la mentalidad de los mexicanos que no se necesita ser una persona con un talento y una formación de primer nivel para ocupar los puestos a que arriba me refiero: basta revisar el curriculum de nuestros políticos, diputados, senadores, asambleístas, gobernadores, en fin, para darse cuenta de que tienen en común una notoria falta de formación personal, trátese de líderes sindicales, activistas populacheros, actrices de telenovela o azafatas de aerolíneas. Y, no nos engañemos, con ese equipo nunca llegaremos muy lejos.
Lo más alarmante de la situación es la ligereza con que la autoridades educativas aceptan la situación. En la nota periodística a que me refiero se pone de manifiesto, por ejemplo, la frivolidad con que el subsecretario de educación trata de minimizar el problema: “el desempleo, la falta de experiencia y los bajos salarios son los factores que contribuyen a que la gente se vaya a los Estados Unidos”. Y no, el subsecretario se equivoca, pues no hay desempleo en los niveles a que me refiero - ¿no tienen acaso empleo los diputados, senadores, secretarios, subsecretarios, gobernadores, y directores generales que menciono arriba y que no tienen ni de lejos el mismo nivel de talento y competencia que ese 5% de primer nivel que perdimos en favor de los Estados Unidos? Y lo mismo digo en cuanto a experiencia y bajos salarios. No; lo que pasa es que hemos optado colectivamente por otorgar esos empleos a Noroñas, Juanitos y Brugadas y demás hez de la sociedad, propiciando así un lento pero seguro suicidio nacional.
La mayoría de quienes son destinatarios de estas líneas, amigos y colaboradores, tienen hijos que han decidido irse a vivir a otro país; jóvenes extraordinariamente preparados y talentosos que no desean vivir aquí. Razones muy diversas los han empujado a tomar esa decisión, aunque quizá hay un denominador común: hay la conciencia de que México ha perdido competitividad, no solamente en aspectos concretos de su economía, sino en cuanto a ser un país interesante para establecerse permanentemente. Aparte de cuestiones como la inseguridad y la baja calidad de vida, tener que enfrentarse cotidianamente a la aterradora burocracia que controla el país, ya sea en las instituciones públicas, en las universidades y prácticamente en todos los aspectos de la cotidianidad, es una perspectiva muy desalentadora para jóvenes inteligentes, creativos y preparados - ¡y vaya que los hay! Mejor buscarle por otro lado, llámese Estados Unidos, España, Inglaterra, Francia, Canadá y hasta Australia, donde suelen ser bien recibidos. Y me apresuro a añadir que no me estoy refiriendo aquí a los emigrantes ilegales, trabajadores agrícolas que buscan trabajo para sobrevivir y que ahora tienen que sufrir el acoso de leyes como la SB1070 en el estado de Arizona. Eso es otro asunto.
domingo, 2 de mayo de 2010
Un intento de predecir el futuro
Un poco de reflexión y serenidad ante lo que viene sucediendo desde el principio del sexenio me lleva a concluir que tenemos por delante unos siete u ocho años hasta que se comience a ver la luz al final del túnel. Me refiero, claro, a la época de violencia abierta que se desató con la llegada del presidente Calderón al poder y que ha marcado, desgraciadamente, su gobierno. Terminará cuando la interacción de los varios factores involucrados en esta guerra interna llegue a calar a fondo y se acelere el inevitable desgaste de las fuerzas del mal - siempre y cuando el Estado mexicano no deponga las armas y capitule el próximo sexenio, lo que no es improbable, a la luz de lo que se percibe en los frentes políticos.
Está, en el trasfondo, el descomunal monto de los recursos económicos que mueve la delincuencia organizada. De un lado, pues, se tiene la capacidad de organización de los capos, la agilidad de su actuación, que no tiene que respetar reglas de ninguna especie más que las propias; la facilidad para reclutar, entrenar y mantener una fuerza irregular, pero disciplinada, de sicarios; la posibilidad de obtener armamento sofisticado sin limitaciones, gracias a la laxitud de las leyes del otro lado de la frontera norte y, por último, la eficacia de sus métodos para estar siempre informados sobre los movimientos estratégicos y tácticos de la fuerza pública que los enfrenta. En realidad, y por fortuna para nosotros, lo único que impide que hayan ganado la guerra desde las primeras etapas es que no se trata de un enemigo único, sino de un conjunto de facciones que luchan entre ellos, con gran primitivismo, por la conquista de territorios. No me cabe duda que la espeluznante cifra de muertos a causa de esta guerra es producto de las pugnas entre esas facciones: que si se unificaran para combatir al gobierno, la guerra habría terminado hace mucho.
Por el otro lado, hay un gobierno debilitado por las fuerzas políticas que, como aves de carroña, preferirían la derrota de las instituciones para repartirse el botín y seguir medrando, aunque ello supusiese una especie de pacto tácito con la delincuencia organizada – como había venido sucediendo hasta antes de este sexenio. En efecto, la decisión del presidente Calderón de enfrentar abiertamente a las bandas criminales, pomposamente llamadas cárteles, echando toda la carne disponible al asador y utilizando las únicas fuerzas relativamente confiables, como el ejército y la armada, destapó un proceso brutal de enfrentamiento contra el gobierno federal, además de sacar a la calle las guerras internas en la disputa territorial de las bandas organizadas. Esto no había sucedido antes, aunque las bandas criminales ya existían desde hace mucho. Eso solamente se explica sobre la existencia de un acuerdo con ellos, e inevitablemente uno tiene que concluir que ése era el caso en Chihuahua, Nuevo León, Tamaulipas, Michoacán y Morelos.
La consecuencia lógica de ello ha sido la reacción asustada de una sociedad que había vivido en aparente calma y que súbitamente se dio por enterada, con el regodeo de los medios amarillistas, de que hay terribles asesinatos, masacres horrorosas, gente decapitada, mutilada y colgada en lugares públicos. No sorprende que la mayor parte de las protestas sean contra las fuerzas armadas: como que hubiésemos estado mejor como era antes de que entraran en acción, y las inevitables víctimas inocentes siempre se achacan a sus elementos. Hay desgarramiento de vestiduras y de indignación por las violaciones a los derechos humanos que cometen soldados y marinos. Pero hasta ahora no recuerdo que los santones de los organismos dedicados a predicar y hacer el bien se hayan quejado una sola vez de que los narcotraficantes y sus sicarios también violan los derechos humanos. ¿Qué es lo que pasa?
Si a eso se añade la viscosidad indescriptible de la burocracia gubernamental, la falta de tamaños y experiencia de los responsables de la mayoría de las dependencias federales y estatales involucradas en el combate, los increíbles niveles de corrupción y deslealtad en los diferentes organismos policíacos y, por añadidura, la desvergüenza de legisladores y asambleístas que disfrutan poniendo trabas a la gestión presidencial, es sorprendente que no se haya perdido la guerra hasta este momento. Ha de ser cierto eso de que a la larga, el bien siempre triunfa sobre el mal. A pesar de todas las circunstancias.
Harto, como estoy, de todas esas zarandajas, me dí a la tarea de leer directa y personalmente la famosa Declaración Universal de los Derechos Humanos, y me encuentro de sopetón, para empezar, con que Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. ¡Atiza! Estaremos de acuerdo, espero, en que este primer artículo lo violan todas las partes involucradas, sin excepción. ¿Y como es que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos no ha procedido a hacer declaraciones y actuar contra los secuestradores y curas pederastas, que han infringido hasta el extremo el artículo de marras?
Volviendo al tema de inicio, creo razonable suponer que tenemos para siete u ocho años todavía. En ese tiempo habrá un desgaste considerable dentro de las bandas, que dedican mucha de su energía en liquidar sicarios de las partes contrarias, y poco a poco irán sufriendo las consecuencias de restricciones cada vez mayores en cuanto a lavado de dinero y, por otra parte, las fuerzas gubernamentales, si es que no se rinden antes, habrán ido adquiriendo experiencia, capacidad y profesionalismo y encontrado la forma de salvar las trabas que maliciosamente se les ponen enfrente. Por ahora, la lucha es muy desigual, pero el tiempo opera a favor del gobierno federal. Igual y saldremos adelante...
Está, en el trasfondo, el descomunal monto de los recursos económicos que mueve la delincuencia organizada. De un lado, pues, se tiene la capacidad de organización de los capos, la agilidad de su actuación, que no tiene que respetar reglas de ninguna especie más que las propias; la facilidad para reclutar, entrenar y mantener una fuerza irregular, pero disciplinada, de sicarios; la posibilidad de obtener armamento sofisticado sin limitaciones, gracias a la laxitud de las leyes del otro lado de la frontera norte y, por último, la eficacia de sus métodos para estar siempre informados sobre los movimientos estratégicos y tácticos de la fuerza pública que los enfrenta. En realidad, y por fortuna para nosotros, lo único que impide que hayan ganado la guerra desde las primeras etapas es que no se trata de un enemigo único, sino de un conjunto de facciones que luchan entre ellos, con gran primitivismo, por la conquista de territorios. No me cabe duda que la espeluznante cifra de muertos a causa de esta guerra es producto de las pugnas entre esas facciones: que si se unificaran para combatir al gobierno, la guerra habría terminado hace mucho.
Por el otro lado, hay un gobierno debilitado por las fuerzas políticas que, como aves de carroña, preferirían la derrota de las instituciones para repartirse el botín y seguir medrando, aunque ello supusiese una especie de pacto tácito con la delincuencia organizada – como había venido sucediendo hasta antes de este sexenio. En efecto, la decisión del presidente Calderón de enfrentar abiertamente a las bandas criminales, pomposamente llamadas cárteles, echando toda la carne disponible al asador y utilizando las únicas fuerzas relativamente confiables, como el ejército y la armada, destapó un proceso brutal de enfrentamiento contra el gobierno federal, además de sacar a la calle las guerras internas en la disputa territorial de las bandas organizadas. Esto no había sucedido antes, aunque las bandas criminales ya existían desde hace mucho. Eso solamente se explica sobre la existencia de un acuerdo con ellos, e inevitablemente uno tiene que concluir que ése era el caso en Chihuahua, Nuevo León, Tamaulipas, Michoacán y Morelos.
La consecuencia lógica de ello ha sido la reacción asustada de una sociedad que había vivido en aparente calma y que súbitamente se dio por enterada, con el regodeo de los medios amarillistas, de que hay terribles asesinatos, masacres horrorosas, gente decapitada, mutilada y colgada en lugares públicos. No sorprende que la mayor parte de las protestas sean contra las fuerzas armadas: como que hubiésemos estado mejor como era antes de que entraran en acción, y las inevitables víctimas inocentes siempre se achacan a sus elementos. Hay desgarramiento de vestiduras y de indignación por las violaciones a los derechos humanos que cometen soldados y marinos. Pero hasta ahora no recuerdo que los santones de los organismos dedicados a predicar y hacer el bien se hayan quejado una sola vez de que los narcotraficantes y sus sicarios también violan los derechos humanos. ¿Qué es lo que pasa?
Si a eso se añade la viscosidad indescriptible de la burocracia gubernamental, la falta de tamaños y experiencia de los responsables de la mayoría de las dependencias federales y estatales involucradas en el combate, los increíbles niveles de corrupción y deslealtad en los diferentes organismos policíacos y, por añadidura, la desvergüenza de legisladores y asambleístas que disfrutan poniendo trabas a la gestión presidencial, es sorprendente que no se haya perdido la guerra hasta este momento. Ha de ser cierto eso de que a la larga, el bien siempre triunfa sobre el mal. A pesar de todas las circunstancias.
Harto, como estoy, de todas esas zarandajas, me dí a la tarea de leer directa y personalmente la famosa Declaración Universal de los Derechos Humanos, y me encuentro de sopetón, para empezar, con que Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. ¡Atiza! Estaremos de acuerdo, espero, en que este primer artículo lo violan todas las partes involucradas, sin excepción. ¿Y como es que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos no ha procedido a hacer declaraciones y actuar contra los secuestradores y curas pederastas, que han infringido hasta el extremo el artículo de marras?
Volviendo al tema de inicio, creo razonable suponer que tenemos para siete u ocho años todavía. En ese tiempo habrá un desgaste considerable dentro de las bandas, que dedican mucha de su energía en liquidar sicarios de las partes contrarias, y poco a poco irán sufriendo las consecuencias de restricciones cada vez mayores en cuanto a lavado de dinero y, por otra parte, las fuerzas gubernamentales, si es que no se rinden antes, habrán ido adquiriendo experiencia, capacidad y profesionalismo y encontrado la forma de salvar las trabas que maliciosamente se les ponen enfrente. Por ahora, la lucha es muy desigual, pero el tiempo opera a favor del gobierno federal. Igual y saldremos adelante...
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