Cuando ví el encabezado de la nota publicada el 10-03-2009 en el diario Reforma quedé atónito. Qué insólita justificación: no sólo la Iglesia abusa. ¿Será una broma? Pero, no, el sentido del humor del Reforma no va por ahí, y seguramente muchos de sus lectores se sentirían ofendidos si ése hubiera sido el caso. Luego de leer la nota con cuidado no me quedó más remedio que convencerme de que, en efecto, la posición del Vaticano sería, más o menos, que, vaya, pues los curas también somos humanos y, como tales, sujetos a las tentaciones diabólicas de la carne, así que no somos los únicos: “los delitos sexuales también se dan en otros ámbitos de la sociedad (sic)”. Sí, pues; por ejemplo, entre psicópatas pervertidos; entre presidiarios de alta peligrosidad; entre bandas de sicarios asesinos; entre proxenetas y las mujeres que tienen esclavizadas, por citar algunos casos. ¡Caramba! Así que déjese usted de cosas; si va a meter a su hijo o hija en una escuela católica, estése preparado y luego no vaya a quejarse amargamente si es que resulta por ahí algún caso de violación. Ya lo advirtieron los altos jerarcas de la iglesia: es muy natural, sucede en todas partes.
Pues para mí que estos son crímenes horrendos, merecedores de los más duros castigos, y no de la protección velada del Vaticano, que salda las cosas con una simple reprimenda y pide a los culpables un acto de contrición – el arrepentimiento, que borra todas las culpas – y hasta ahí llegamos. En estricta verdad, ha habido muchos casos donde el castigo divino a quienes infringen las reglas ha sido francamente, diría yo, exagerado. Desde la expulsión del Edén a los primeros seres humanos – y no me aparto un ápice de lo que dice la Biblia (Génesis 3, 17) – por haberse comido una manzana, pasando por la tremenda inundación que acabó con todo ser viviente, culpable e inocente por igual, excepto Noé y su familia; y la lluvia de azufre y fuego sobre Sodoma y sobre Gomorra que liquidó a todos sus moradores, hombres, mujeres y niños (entre los que, por precoces que hubieran sido, muchos de ellos eran inocentes) y hasta la pobre mujer de Lot, que no hizo otra cosa que mirar hacia atrás, y tantísimas otras instancias de castigos desproporcionados, hemos visto como se trataba a los pecadores en los buenos tiempos biblícos. Lluvia de azufre y fuego, ¡nada menos!
Si se usara la misma vara de medir, a todos estos curas que han traicionado la confianza depositada en ellos por padres engatusados con la imagen de bondad y los votos de castidad y pureza que tanto pregonan, a todos ellos, repito, por lo menos una buena dosis de azufre y fuego les tendría que haber caído, y todos los que hemos dejado de creer en esas cosas tendríamos motivo de sobra para recobrar la fé. Y no vale decir que esos canallas ya lo pagarán en el infierno, pues no fue ése el razonamiento cuando aquello del diluvio y el incidente de Sodoma y Gomorra: nada de eso, se dijo, aquí y ahora mismo seréis castigados. Pues no, no se entiende bien cuál es la lógica del asunto.
Puede ser que haya habido, al paso de los siglos, un ablandamiento de la justicia divina y que, cansado de proceder tan rigurosamente con la especie humana usando penas severísimas para mostrarnos de lo que es capaz cuando se violan sus dictados, dios haya decidido ser más tolerante y pasar por alto transgresiones que considerase de poca monta. Aunque esta explicación no sería congruente con la sucesión de catástrofes naturales – que, como bien sabemos, no podrían suceder sin su divina anuencia – que una y otra vez asolan a nuestro planeta, castigando por igual a pecadores e inocentes (aunque hemos visto que esta distinción sutil no era óbice, en aquellos tiempos, para las lluvias de azufre y fuego y los diluvios).
Se nos dirá que los designios del señor son inescrutables (God moves in mysterious ways) y que nuestro entendimiento no es suficiente para comprender lo que él hace, ni sus razones. Pues sí, digo yo, pero es lo que él mismo nos otorgó cuando la Creación; no le hubiera costado nada dotarnos con algo más potente, lo que nos habría permitido acercarnos más a él y no pensar, a veces, que sus castigos son de una infinita crueldad – no compatible con lo que tanto nos dicen de su infinita misericordia. Sobre todo, que suelen no alcanzar a quienes evidentemente mucho los merecerían.
Algo parece estar mal en este divino rompecabezas. Y lo peor es que, sin que los demás se dieran cuenta, algunos muy listos tomaron en sus manos la interpretación de los designios del señor, lo que nos ha dejado a merced de exégetas francamente muy cuestionables. Y, para ejemplo, la indulgencia con que se trata a los curas pederastas que se han convertido en una plaga – en los países que presumen de católicos, por supuesto.
ahora sí, a ver si puedo poner mi comentario
ResponderEliminarHola Tomás, felicidades por el contenido y el sarcasmo. Hace varias semanas Luis González de Alba publicó un texto en Milenio sobre el vengativo dios (intencional) de occidente. Vale la pena leerlo.
ResponderEliminarNacho