Para un lego en la materia – como es mi caso – la historia de la revolución soviética ha sido siempre un misterio insondable. Comenzando por los nombres de los protagonistas, cuya castellanización siempre causa dificultades para leerse y peor aún para recordarse – igual como me sucede con las novelas rusas - y el tremendo embrollo político interno y externo en el que se gestó aquel evento histórico, nunca he logrado pasar de una lectura superficial de algún texto elemental para tratar de hacerme una idea de lo sucedido en aquella convulsa época.
Cierto, la revolución mexicana – o sea, la colección de los diversos golpes de estado, asesinatos, guerras y “guerritas” que ocuparon buena parte del escenario mexicano en el período de 1910 a 1920 – no es tampoco un ejemplo de claridad histórica, y he logrado sólo después de muchos años tener una interpretación de esa época que, si bien admito que es muy personal, siento más o menos congruente con lo aprendido en los libros y artículos que he podido revisar a ratos perdidos.
Ha sido la lectura – que cité ya en otra edición de este blog – de la novela de Leonardo Padura “El hombre que amaba a los perros” (por cierto, título que evocaría más la figura de un veterinario o miembro de alguna sociedad protectora de animales que la de uno o dos personajes muy importantes en la época del estalinismo) lo que me picó la curiosidad para enterarme un poco más acerca de los eventos en cuestión. Algo me ha quedado después de esto y, aunque nunca me atrevería a comentarlo con algún amigo historiador so pena de que me abrume mortalmente con una retahila de nombres, fechas y otros datos – ya me ha pasado en otras ocasiones -, me parece que podría moverme ya con un poquillo de confianza en los aspectos elementales de lo que sucedió en aquellos años. (Por ejemplo, sin pizca alguna de vergüenza puedo decir que ya sé por qué le llaman ”Revolución de Octubre” a un evento que no comenzó en ese mes de 1918, sino el 7 de noviembre siguiente).
En todo caso, la malhadada insistencia para celebrar este año el bicentenario, aludiendo al inicio, por una parte, de la guerra de Independencia en 1810 y, por la otra, al inicio de la mentada “revolución mexicana” en 1910, me ha llevado (por una malsana curiosidad) a tratar de establecer algunas comparaciones entre esta última y la soviética de 1918, y así entender la nuestra un poco mejor.
Entre otras cosas me doy cuenta de que aquí el objetivo original explícito era forzar la salida del presidente Porfirio Díaz, quien se había excedido considerablemente en el tiempo que tenía asignado, y establecer una democracia liberal al estilo norteamericano, con campañas electorales y toda la parafernalia del caso y, en cambio, allá se trataba de llevar a cabo una transformación radical del estado. El primer presidente en México después de la salida de Díaz (él, por cierto, corrió con mucha mayor suerte que el zar Romanov y su infortunada familia) fue Madero, quien apenas pudo completar un año y tres meses en el puesto debido a su defenestración y fusilamiento. Mal comienzo.
En cambio, Lenin y sus colaboradores traían un formidable bagaje intelectual e ideológico y una vasta experiencia de activismo político que, bueno, para no hacer el cuento muy largo, les permitió de inmediato poner en marcha una reforma agraria, nacionalizar los bancos y expropiar las cuentas privadas, nacionalizar las propiedades de la iglesia, dar a los soviets el control de las industrias y repudiar la deuda externa. Ah, me olvidaba, y crear casi desde el primer día la tenebrosa Cheka (el órgano de seguridad interna del estado; la policía política, pues) y reorganizar las fuerzas armadas bajo la dirección de Trotsky, lo que dio origen al Ejército Rojo.
Sin hacer un juicio de valor, estoy seguro de que allá habría sido imposible un ridículo golpe de estado al estilo de Victoriano Huerta, pues la Cheka era, a más de otras cosas nada simpáticas, extremadamente eficaz y antes de que se hubiera dado cuenta Huerta habría sido detenido y liquidado, para usar el término correcto. Nada de juicios ni zarandajas de ésas...
Y en cuanto al Ejército Rojo, fue fundamental para hacer frente a los embates de dentro y de fuera durante el período de 1917 a 1923, en la Guerra Civil Rusa que sobrevino después de la Revolución Soviética. El saldo de esa guerra fue verdaderamente terrible: alrededor de veinte millones de personas muertas en menos de siete años, de 1917 a 1923, las tres cuartas partes civiles y casi cuatro millones de soldados en batalla, de uno y otro lado.
Un aspecto que me llama la atención en particular es que la mayor parte de los mandos del Ejército Rojo en esos años llegó a estar constituida por jefes y oficiales ex-miembros de los ejércitos zaristas, reconociendo que la capacidad militar no puede improvisarse y no se puede sustituir por buena voluntad y echarle ganas, a la mexicana. Cierto es que cada destacamento militar contaba, además, con un comisario político designado por el partido comunista para evitar, es de suponerse, cualquier intento de salirse del redil.
Pero, al grano, pues. ¿Y la revolución mexicana? Como ya dije, Madero logra sacar a Díaz del gobierno, pero Zapata rompe con Madero; poco más de un año más tarde, Huerta elimina a Madero; Carranza, junto con Obregón, Villa (por cierto, éste fue nombrado brigadier por Madero; menuda carrera militar la de Villa, ¿no?, de robavacas a general brigadier, por dedazo) y otros, se levanta en armas para combatir a Huerta, quien renuncia en julio de 1914. Y así, sucesivamente, hasta el final..., Carranza manda matar a Zapata, Obregón manda matar a Carranza y Villa muere en una acción de justicia retributiva. ¿Esto es lo que vamos a celebrar?
Desde luego, me parece que la intensidad de nuestra revolución no guarda proporción con la de la soviética. La fama militar de Villa (que, debo confesar, me parece un psicópata analfabeto y sanguinario) se basa en unas cuantas escaramuzas que en otra parte no serían dignas de mención. La toma de Zacatecas, por ejemplo, en junio de 1914, es hoy celebrada en el portal web de la Secretaría de la Defensa como el anuncio de grandes hazañas, a pesar de que apenas unos meses después, en abril de 1915, su célebre División del Norte haya sido hecha trizas en Celaya por Álvaro Obregón y la carrera de Villa truncada (no me explico cómo es que le pusieron el nombre División del Norte a una de las avenidas más importantes de nuestra ciudad de México, cuando que no merecería llevarlo ni un pobre callejón).
Y una más: habría sido, a mi juicio, un gesto de grandeza y virtud ciudadana que todos los jefes y caudillos de la época de la Revolución renunciasen a sus títulos y grados militares al término del conflicto armado (me refiero, claro está, a quienes no los hubieran obtenido por la vía del escalafón regular a partir de la formación inicial en el Colegio Militar o equivalente). Pero creo que habría sido mucho pedir y, de todos modos, no hubiera sido suficiente.
Pero, hemos de celebrar, pues, el bicentenario con resignación... y optimismo.
HOLA TOMÁS, DESDE MI ESTANCIA EN LA U LIBRE DE BRUSELAS, EN LOS CURSOS DE SOCIOLOGÍA MÁS DE UN PROFE LLAMABA GUERRA CIVIL A NUESTRA REVOLUCIÓN. PATRICA GALEANA UN DÍA SE INDIGNÓ CONMIGO PORQUE DICE QUE ES LA PRIMERA REVOLUCIÓN QUE LLEVÓ LOS DERECHOS SOCIALES A LA CONSTITUCIÓN: MENUDO FAVORCITO NOS HICIERON Y QUE SEGUIMOS PAGANDO 100 AÑOS DESPUÉS. CREO QUE EL PROBLEMA ES QUE MIENTRAS LOS LEONES NO TENGAN HISTORIADORES, SEGUIRÁN SIENDO LOS CAZADORES LOS QUE ESCRIBAN LA HISTORIA.
ResponderEliminarCOMO SIEMPRE UN FUERTE ABRAZO,
NACHO