Esta temporada de fiestas “bicentenarias” me deja algunas reflexiones que quiero compartir con mis amigos y lectores.
Much ado about nothing es la shakespeariana frase que resume mi pensamiento al respecto. Y es de lamentarse que, una vez más, gobierno e instituciones privadas se regodeen en presentarnos una serie de eventos seudo históricos como una trama ordenada, con principio y fin, donde descuellan personajes ficcionales que no tienen un ápice de verosimilitud. Y no sólo no son verosímiles, sino que cada uno aparece retratado en diferentes versiones contradictorias: la abominable serie de Televisa – “Gritos de muerte y libertad”, de una vulgaridad apabullante -, la película “Hidalgo; la historia jamás contada”, de la cual solo ví unas cuantas escenas; la de Discovery Channel: “El grito que sacudió a México”, y la de National Geographic Channel: “Hidalgo, la verdadera historia”.
Por supuesto, no pretendo tener un conocimiento especializado en el tema solo por haber visto unos cuantos programas de televisión y leído unos cuantos libros de historia de México. Sí me queda, en cambio, la sensación de que hay una falta de rigor en el tratamiento de los especialistas – quizá por mi formación en un área donde los hechos se presentan sin subjetividad y las interpretaciones no dependen de la nacionalidad o la filiación política o religiosa de quien las hace. Así, a fin de cuentas, nuestra historia nacional termina siendo un pot-pourri de fechas, nombres y eventos desordenados y frecuentemente inverosímiles. La consecuencia es que no se entiende (ni yo ni nadie) a este país.
Ya he mencionado anteriormente algunas de mis objeciones a que se sacralice al cura Hidalgo como “Padre de la Patria”. No se requiere un gran conocimiento para llegar a la conclusión de que ni ideológicamente, ni intelectualmente, ni militarmente, ni políticamente reúne este personaje cualidades que lo hagan merecedor a tal distinción. Era miembro de un grupo de criollos conspiradores en busca de terminar, sí, con los privilegios políticos y económicos de los españoles peninsulares, pero solamente para hacerlos extensivos a su grupo, no para lograr independencia de España y menos para acabar con la hegemonía de la Corona española. Y su “grito”, no olvidemos, incluía el “Viva Fernando VII”.
Y, pensándolo bien, hay otro aspecto de ignominia que sólo se menciona de pasada en el recuento del breve paso de Hidalgo por aquella guerra: la espantosa degollina de los españoles refugiados en la Alhóndiga de Granaditas; hombres, mujeres y niños apaleados, violados y destripados por la plebe sedienta de sangre, legitimada por el “mueran los gachupines” que se había incorporado a las arengas del cura y que, aún hoy, resuena ocasionalmente en las celebraciones septembrinas. Hidalgo no quiso, o no pudo, frenar a la turba en ese momento, pero no cabe duda de que él fue quien propició los acontecimientos. ¿No sería el momento de que nuestra ilustre Comisión Nacional de los Derechos Humanos tomara cartas en el asunto y emitiera, por lo menos, alguna recomendación para los que ensalzan la memoria de quien, ahora, sería considerado un criminal de guerra?
domingo, 19 de septiembre de 2010
martes, 31 de agosto de 2010
Celebración del Bicentenario
En estos tiempos de celebración del llamado Bicentenario se agudiza la confusión sobre la realidad de los acontecimientos históricos. Nunca he sido fervoroso creyente en los símbolos de nuestra historia, y creo que nos han embaucado desde los primeros años de nuestra instrucción escolar con nombres, fechas y sucesos que ni tienen importancia, ni tienen – muchas veces - un gramo de verdad.
Tengo mi domicilio cerca de una calle llamada Hidalgo, y una revisión somera de la guía de la zona metropolitana arroja la cantidad de 1,258 calles, avenidas, cerradas, callejones y otras categorías que llevan el mismo nombre. Por ociosa curiosidad busqué en el mapa de la ciudad de Londres - del Greater London, o sea, la zona conurbada- alguna cosa equivalente, y puse “Wellington” (un héroe nacional de importancia para los ingleses como quizá lo sea Hidalgo para México), con las categorías “street”,”avenue”, “road”,“lane”, “close”, “mews”, “gardens”, “grove” y “park”, que son tal vez las más usadas en la nomenclatura callejera. Encontré un total de 11 casos.
Pero toma en cuenta, me podrían argumentar, que Hidalgo es el Padre de la Patria, en tanto que Wellington no tiene esa designación honorífica, a lo que yo podría contestar que no sé a cuento de qué le inventaron a aquél dicha calidad de progenitor y, en todo caso, Wellington fue un winner, mientras que Hidalgo, al término de los escasos cinco meses en que se mantuvo a la cabeza de su movimiento puede calificarse como un loser. ¿Por qué – insisto – tanto reconocimiento, tanto homenaje, tanta veneración, a un personaje que participó sólo efímeramente en aquella compleja guerra que duró casi exactamente 11 años? Y que, por añadidura, no manifestó en ningún momento rasgos de talento político o militar significativos.
¡Uy, palabras sacrílegas! Pero es que, regresando al tema inicial, sucede que acabo de ver por la televisión, en el Discovery Channel, el primer episodio de una serie llamada El grito que sacudió a México, que trata de lo sucedido en los primeros meses de aquella gesta iniciada en 1810. Y me llamó la atención la manera como el guión se aparta radicalmente de la ortodoxia nacionalista mexicana y, sin estridencias, presenta una versión de los hechos que calificaré como muy verosímil. Hidalgo perseguía integrar a los criollos - no a los indios - a los centros de decisión política y administrativa; su propósito no era independizarse de España sino, por el contrario, apoyar a la depuesta monarquía borbónica en contra de los invasores bonapartistas; el personaje que tenía las credenciales apropiadas para liderar el movimiento era Allende, y no el cura; la Corregidora era simplemente la señora de la casa donde se reunían los conspiradores – amable y simpática anfitriona, que no participante activa -; no hubo tal Grito ni se convocó a la gente mediante la campana de Dolores la noche del sábado 15 de septiembre sino hasta el 16, aprovechando que era domingo y la gente concurría espontáneamente, de haciendas, rancherías y caseríos cercanos a Dolores, a cumplir con los ritos religiosos dominicales.
Añado que la serie en cuestión, hecha con actores no profesionales pero, como en los programa de ese tipo en ese y otros canales norteamericanos (NatGeo o History Channel), conducidos con corrección en lo que se refiere a vestuario y ambientación, ha sido asesorada por un grupo amplio de historiadores mexicanos, de la UNAM, El Colegio de México, la Universidad Iberoamericana y El Colegio de San Luis Potosí, es decir, no se trata de una visión ramplona de “extranjeros malintencionados ignorantes de nuestra gloriosa historia patria”.
Y presenta, sin tapujos, a Hidalgo como un hombre que no tenía las cualidades que lo hubieran hecho un líder revolucionario capaz de llevar a su movimiento a buen final. Su fugaz participación en la guerra, y su pronta captura y fusilamiento, se debió más que nada a los gravísimos errores estratégicos que cometió, en contra de las opiniones de Allende. Y sus seguidores, por desgracia, fueron principalmente campesinos hambrientos, y asesinos y ladrones liberados de la cárcel por el cura, todos ellos atraídos por las perspectivas del pillaje y el saqueo de las poblaciones que caían en sus manos; gente, pues, sin la disciplina que requería un ejército revolucionario.
¿El Padre de la Patria? Pues creo que no; más bien, que nos han vendido – desde la escuela primaria – a un personaje muy cuestionable. Y es que no tenemos muchos héroes: de ahí, pues, las 1,258 calles que llevan su nombre, para confusión de quienes simplemente buscan una dirección.
Tengo mi domicilio cerca de una calle llamada Hidalgo, y una revisión somera de la guía de la zona metropolitana arroja la cantidad de 1,258 calles, avenidas, cerradas, callejones y otras categorías que llevan el mismo nombre. Por ociosa curiosidad busqué en el mapa de la ciudad de Londres - del Greater London, o sea, la zona conurbada- alguna cosa equivalente, y puse “Wellington” (un héroe nacional de importancia para los ingleses como quizá lo sea Hidalgo para México), con las categorías “street”,”avenue”, “road”,“lane”, “close”, “mews”, “gardens”, “grove” y “park”, que son tal vez las más usadas en la nomenclatura callejera. Encontré un total de 11 casos.
Pero toma en cuenta, me podrían argumentar, que Hidalgo es el Padre de la Patria, en tanto que Wellington no tiene esa designación honorífica, a lo que yo podría contestar que no sé a cuento de qué le inventaron a aquél dicha calidad de progenitor y, en todo caso, Wellington fue un winner, mientras que Hidalgo, al término de los escasos cinco meses en que se mantuvo a la cabeza de su movimiento puede calificarse como un loser. ¿Por qué – insisto – tanto reconocimiento, tanto homenaje, tanta veneración, a un personaje que participó sólo efímeramente en aquella compleja guerra que duró casi exactamente 11 años? Y que, por añadidura, no manifestó en ningún momento rasgos de talento político o militar significativos.
¡Uy, palabras sacrílegas! Pero es que, regresando al tema inicial, sucede que acabo de ver por la televisión, en el Discovery Channel, el primer episodio de una serie llamada El grito que sacudió a México, que trata de lo sucedido en los primeros meses de aquella gesta iniciada en 1810. Y me llamó la atención la manera como el guión se aparta radicalmente de la ortodoxia nacionalista mexicana y, sin estridencias, presenta una versión de los hechos que calificaré como muy verosímil. Hidalgo perseguía integrar a los criollos - no a los indios - a los centros de decisión política y administrativa; su propósito no era independizarse de España sino, por el contrario, apoyar a la depuesta monarquía borbónica en contra de los invasores bonapartistas; el personaje que tenía las credenciales apropiadas para liderar el movimiento era Allende, y no el cura; la Corregidora era simplemente la señora de la casa donde se reunían los conspiradores – amable y simpática anfitriona, que no participante activa -; no hubo tal Grito ni se convocó a la gente mediante la campana de Dolores la noche del sábado 15 de septiembre sino hasta el 16, aprovechando que era domingo y la gente concurría espontáneamente, de haciendas, rancherías y caseríos cercanos a Dolores, a cumplir con los ritos religiosos dominicales.
Añado que la serie en cuestión, hecha con actores no profesionales pero, como en los programa de ese tipo en ese y otros canales norteamericanos (NatGeo o History Channel), conducidos con corrección en lo que se refiere a vestuario y ambientación, ha sido asesorada por un grupo amplio de historiadores mexicanos, de la UNAM, El Colegio de México, la Universidad Iberoamericana y El Colegio de San Luis Potosí, es decir, no se trata de una visión ramplona de “extranjeros malintencionados ignorantes de nuestra gloriosa historia patria”.
Y presenta, sin tapujos, a Hidalgo como un hombre que no tenía las cualidades que lo hubieran hecho un líder revolucionario capaz de llevar a su movimiento a buen final. Su fugaz participación en la guerra, y su pronta captura y fusilamiento, se debió más que nada a los gravísimos errores estratégicos que cometió, en contra de las opiniones de Allende. Y sus seguidores, por desgracia, fueron principalmente campesinos hambrientos, y asesinos y ladrones liberados de la cárcel por el cura, todos ellos atraídos por las perspectivas del pillaje y el saqueo de las poblaciones que caían en sus manos; gente, pues, sin la disciplina que requería un ejército revolucionario.
¿El Padre de la Patria? Pues creo que no; más bien, que nos han vendido – desde la escuela primaria – a un personaje muy cuestionable. Y es que no tenemos muchos héroes: de ahí, pues, las 1,258 calles que llevan su nombre, para confusión de quienes simplemente buscan una dirección.
lunes, 9 de agosto de 2010
Funcionarios analfabetos
El pasado 1o. de agosto se publicó un artículo en el New York Times firmado por Elisabeth Malkin, con el título “Las manifestaciones ponen a prueba la paciencia de los conductores en la ciudad de México”, a propósito de los cotidianos bloqueos a la circulación vehicular por parte de grupos que hacen de la calle un lugar apropiado para expresar sus opiniones, protestas o exigencias. Malkin se refiere, con cierta sorna, al lema que ahora encabeza las publicaciones oficiales del gobierno del Distrito Federal, ¨Capital en Movimiento”, haciendo notar que, en realidad, la mayor parte del tiempo nuestra sufrida capital está más bien semiparalizada.
El artículo en cuestión, ya comentado también por Sergio Sarmiento en su columna Jaque Mate, en el diario Reforma (6-Ago-2010), refleja la estupefacción de cualquier observador externo ante lo absurdo de la situación. Se trata de una ciudad enorme, con problemas gigantescos – varias veces he insistido sobre ello – que rebasan la capacidad técnica y administrativa de sus gobernantes y agobian a sus habitantes, pero que es víctima, además, de la irracionalidad de grupúsculos políticos que por inconsciencia o por maldad añaden dificultades artificiales a las de por sí incontrolables situaciones derivadas de las condiciones meteorológicas y otras causas.
Ciertamente, son pocas las ciudades del mundo en que sus habitantes están sujetos a este tipo de situaciones. A veces, desde luego, se dan manifestaciones callejeras y se cierra momentáneamente alguna vialidad importante (me tocó recientemente presenciar una, en Barcelona, que no duró arriba de unos 40 minutos y se disolvió con orden y presteza). En Nueva York, Londres, Madrid, París o Berlín, urbes todas ellas que no podríamos calificar de antidemocráticas, estas cosas no suceden más que, en todo caso, de manera aislada y controlada por la policía local. ¿Por qué, en cambio, a nosotros nos pasa eso, que no puedo más que calificar como una estupidez perversa que causa graves daños a la población?
El origen está, creo yo, en la demagogia característica de los gobiernos PRIístas que, durante setenta años, se esforzaban por aparentar que cuidaban con pulcritud las libertades individuales y sociales. Recuerdo (qué buena memoria, ¿eh?) aquella frase del Presidente Ruiz Cortines, por allá de los años cincuentas, enunciada con toda solemnidad “es preferible el abuso de las libertades ciudadanas que el ejercicio de la más moderada dictadura”. Y vaya mentira, pues aquel veracruzano no se tentaba el corazón para reprimir con la dureza que fuese necesaria a quienes trataran de subvertir el orden, al igual que sus sucesores. Así se fue construyendo, sexenio tras sexenio, esa doble personalidad de los gobiernos mexicanos, por un lado predicando las libertades y, por el otro, asestando sin miramientos duros mazazos a quienes osaran salirse de control.
Sin embargo, en la capital del país se ha dado un cambio de estilo en los últimos doce o quince años, a raíz de los gobiernos de seudo-izquierda que se han apoderado del control político y administrativo de la ciudad (y digo de seudo-izquierda, porque por lo general el término izquierda refleja una posición progresista pero fundamentalmente racional; en el caso del D.F., por desgracia, esta condición no suele cumplirse). A diferencia del doble discurso PRIísta, los gobiernos de seudo-izquierda han optado por soltar la rienda, dejando al libre arbitrio de las masas el funcionamiento de la ciudad. Es evidente que eso les representa grandes ventajas electorales, y por ello no se ve, en un futuro cercano, la posibilidad de que nos deshagamos de ellos.
Y las justificaciones que ofrecen los funcionarios municipales son de una inocencia palmaria, que hace patente su cortedad mental. Narra la periodista Malkin que el subsecretario de gobierno del Distrito Federal, un tal Juan José García Ochoa, aduce que “en nuestro país hay un derecho constitucional a manifestarse”. Este buen señor ignora que ese derecho constitucional existe en muchos otros países, y paso a citar tres a guisa de ejemplo:
En la Constitución de los Estados Unidos dice textualmente la First Amendment (traducción mía): “La ley no puede establecer una religión ni prohibir su libre culto, ni restringir la libertad de expresión o el derecho de la gente para reunirse pacíficamente o para ejercer el derecho de petición...”
Y en la Constitución Española rezan los artículos 20 y 21: “Se reconocen y protegen los derechos a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio...”, “Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas... En el caso de reuniones en lugares de tránsito público y manifestaciones se dará comunicación previa a la autoridad, que sólo podrá prohibirlas cuando existan razones fundadas de alteración del orden público para personas y bienes.”
En Inglaterra existe formalmente la Human Rights Act, de 1988, que establece el derecho a la protesta pacífica o acción directa no violenta. Esto significa que se puede participar en una manifestación pública de protesta mientras no se dé la violencia contra personas o bienes. Sin embargo, se requiere obtener un permiso previo de la autoridad policial
Comparemos estos con el Artículo 9o. de la Constitución de nuestro país: “No se podrá coartar el derecho de asociarse o reunirse pacíficamente con cualquier objeto lícito... Ninguna reunión armada, tiene derecho de deliberar... No se considerará ilegal, y no podrá ser disuelta una asamblea o reunión que tenga por objeto hacer una petición o presentar una protesta por algún acto a una autoridad, si no se profieren injurias contra ésta, ni se hiciere uso de violencias o amenazas para intimidarla u obligarla a resolver en el sentido que se desee...”
Si leemos bien nos daremos cuenta de que la constitución mexicana es ligeramente más restrictiva que la norteamericana o la española aunque, en todo caso, la coincidencia de fondo con las tres citadas es realmente notable en ese sentido. Lo que sucede es que nuestros funcionarios de la seudo-izquierda padecen deficiencias graves en su formación. Son, de hecho analfabetos funcionales, pues conocen el alfabeto, pero son incapaces de comprender lo que leen. Y, claro, aún así pretenden darle una lección a los extranjeros exponiendo una supuesta superioridad de nuestras leyes en materia de libertades. Vaya ridículo el que hacen.
El artículo en cuestión, ya comentado también por Sergio Sarmiento en su columna Jaque Mate, en el diario Reforma (6-Ago-2010), refleja la estupefacción de cualquier observador externo ante lo absurdo de la situación. Se trata de una ciudad enorme, con problemas gigantescos – varias veces he insistido sobre ello – que rebasan la capacidad técnica y administrativa de sus gobernantes y agobian a sus habitantes, pero que es víctima, además, de la irracionalidad de grupúsculos políticos que por inconsciencia o por maldad añaden dificultades artificiales a las de por sí incontrolables situaciones derivadas de las condiciones meteorológicas y otras causas.
Ciertamente, son pocas las ciudades del mundo en que sus habitantes están sujetos a este tipo de situaciones. A veces, desde luego, se dan manifestaciones callejeras y se cierra momentáneamente alguna vialidad importante (me tocó recientemente presenciar una, en Barcelona, que no duró arriba de unos 40 minutos y se disolvió con orden y presteza). En Nueva York, Londres, Madrid, París o Berlín, urbes todas ellas que no podríamos calificar de antidemocráticas, estas cosas no suceden más que, en todo caso, de manera aislada y controlada por la policía local. ¿Por qué, en cambio, a nosotros nos pasa eso, que no puedo más que calificar como una estupidez perversa que causa graves daños a la población?
El origen está, creo yo, en la demagogia característica de los gobiernos PRIístas que, durante setenta años, se esforzaban por aparentar que cuidaban con pulcritud las libertades individuales y sociales. Recuerdo (qué buena memoria, ¿eh?) aquella frase del Presidente Ruiz Cortines, por allá de los años cincuentas, enunciada con toda solemnidad “es preferible el abuso de las libertades ciudadanas que el ejercicio de la más moderada dictadura”. Y vaya mentira, pues aquel veracruzano no se tentaba el corazón para reprimir con la dureza que fuese necesaria a quienes trataran de subvertir el orden, al igual que sus sucesores. Así se fue construyendo, sexenio tras sexenio, esa doble personalidad de los gobiernos mexicanos, por un lado predicando las libertades y, por el otro, asestando sin miramientos duros mazazos a quienes osaran salirse de control.
Sin embargo, en la capital del país se ha dado un cambio de estilo en los últimos doce o quince años, a raíz de los gobiernos de seudo-izquierda que se han apoderado del control político y administrativo de la ciudad (y digo de seudo-izquierda, porque por lo general el término izquierda refleja una posición progresista pero fundamentalmente racional; en el caso del D.F., por desgracia, esta condición no suele cumplirse). A diferencia del doble discurso PRIísta, los gobiernos de seudo-izquierda han optado por soltar la rienda, dejando al libre arbitrio de las masas el funcionamiento de la ciudad. Es evidente que eso les representa grandes ventajas electorales, y por ello no se ve, en un futuro cercano, la posibilidad de que nos deshagamos de ellos.
Y las justificaciones que ofrecen los funcionarios municipales son de una inocencia palmaria, que hace patente su cortedad mental. Narra la periodista Malkin que el subsecretario de gobierno del Distrito Federal, un tal Juan José García Ochoa, aduce que “en nuestro país hay un derecho constitucional a manifestarse”. Este buen señor ignora que ese derecho constitucional existe en muchos otros países, y paso a citar tres a guisa de ejemplo:
En la Constitución de los Estados Unidos dice textualmente la First Amendment (traducción mía): “La ley no puede establecer una religión ni prohibir su libre culto, ni restringir la libertad de expresión o el derecho de la gente para reunirse pacíficamente o para ejercer el derecho de petición...”
Y en la Constitución Española rezan los artículos 20 y 21: “Se reconocen y protegen los derechos a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio...”, “Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas... En el caso de reuniones en lugares de tránsito público y manifestaciones se dará comunicación previa a la autoridad, que sólo podrá prohibirlas cuando existan razones fundadas de alteración del orden público para personas y bienes.”
En Inglaterra existe formalmente la Human Rights Act, de 1988, que establece el derecho a la protesta pacífica o acción directa no violenta. Esto significa que se puede participar en una manifestación pública de protesta mientras no se dé la violencia contra personas o bienes. Sin embargo, se requiere obtener un permiso previo de la autoridad policial
Comparemos estos con el Artículo 9o. de la Constitución de nuestro país: “No se podrá coartar el derecho de asociarse o reunirse pacíficamente con cualquier objeto lícito... Ninguna reunión armada, tiene derecho de deliberar... No se considerará ilegal, y no podrá ser disuelta una asamblea o reunión que tenga por objeto hacer una petición o presentar una protesta por algún acto a una autoridad, si no se profieren injurias contra ésta, ni se hiciere uso de violencias o amenazas para intimidarla u obligarla a resolver en el sentido que se desee...”
Si leemos bien nos daremos cuenta de que la constitución mexicana es ligeramente más restrictiva que la norteamericana o la española aunque, en todo caso, la coincidencia de fondo con las tres citadas es realmente notable en ese sentido. Lo que sucede es que nuestros funcionarios de la seudo-izquierda padecen deficiencias graves en su formación. Son, de hecho analfabetos funcionales, pues conocen el alfabeto, pero son incapaces de comprender lo que leen. Y, claro, aún así pretenden darle una lección a los extranjeros exponiendo una supuesta superioridad de nuestras leyes en materia de libertades. Vaya ridículo el que hacen.
jueves, 22 de julio de 2010
¿Nos lo merecemos o no?
Dice el Rector de la UNAM, don José Narro, que “nuestro país no merece lo que le pasa”, refiriéndose a “los problemas seculares de nuestra historia como la pobreza y la desigualdad” y se lamenta de “la falta de expectativas, el desánimo y las desavenencias entre grupos y sectores...” y de la falta, en general, “de visión de largo plazo, compromiso con el porvenir y sacrificio de lo inmediato”.
Pues tengo que decir que disiento de la tesis del señor rector. Si es admisible hablar de merecimientos, nuestro país (y entiendo por ello a la sociedad mexicana) se merece lo que le pasa, pues las cosas a que alude el rector no son culpa de nadie ajeno a esta sociedad: no son injustos castigos divinos, ni el resultado de invasiones de ejércitos extranjeros u otras causas que pudieran explicarlo. Qué, ¿somos acaso un país de inocentes que han sido “inmerecidamente” devastados por catástrofes incontrolables cuya consecuencia son esos siglos de pobreza y desigualdad?
Esos grandes problemas del país, la pobreza y la desigualdad, están ahí porque no han sido atendidos adecuadamente por los mexicanos, desde que existimos como tales, a partir de la conquista. Tenemos casi quinientos años de existencia más o menos definida – sea como colonia de la Corona Española o como país independiente – y ni durante la colonia ni después, en los doscientos años de vida independiente que con gran alborozo nos disponemos ahora a festejar, hemos sido capaces de forjar una nación próspera, donde se hubiese abolido la pobreza y la desigualdad. Y, por supuesto, pretextos no faltan. Cierto, durante los tres siglos de colonia, la política española hacia sus dominios coloniales fue desastrosa – aunque hay que admitir que, a la postre, los resultados para España también fueron desastrosos. La Corona Española nunca tuvo interés en desarrollar los territorios bajo su dominio, pero los que vivían aquí, llámense criollos, mestizos o indígenas, tampoco mostraron la capacidad para suplir esa displicencia y el país llegó al principio del Siglo XIX con una formidable falta de gente preparada para encargarse de manejar una nueva nación. Sí, admito que la política de la metrópoli en materia económica fue de una tontería sublime al restringir la posibilidad de fortalecer ciertas actividades clave, pero que yo sepa nunca limitó de manera deliberada el acceso a la educación de la población en general. Fueron los mexicanos quienes no se preocuparon de ello, pues los que eran propiamente españoles, además de los conquistadores, siempre constituyeron un grupo numéricamente pequeño. Y es irrebatible que los que no eran españoles eran mexicanos, ya fuese como criollos o de cualquier otro modo.
Y entonces, una vez que - en medio de una confusión todavía difícil de entender para la mayoría de nosotros - se formalizó la nación independiente, los mexicanos de aquella época y sus descendientes no supieron contender adecuadamente con los problemas. Fueron los mexicanos quienes empobrecieron aún más al país y quienes nunca emprendieron una política de estado para terminar con la desigualdad social, que todavía sigue siendo una situación muy grave. Fueron los mexicanos quienes abandonaron a su suerte a los territorios del norte y pusieron las bases para que a sus pobladores les resultara más atractivo pasar a formar parte de la poderosa nación norteamericana que seguir siendo víctimas del expolio metropolitano (y sigue siendo cierto que para muchos millones de compatriotas sea más atractivo irse a vivir a los Estados Unidos, a pesar de las tremendas dificultades que ello implica). Fueron los mexicanos los que después de las guerras intestinas del período de 1910 a 1920 crearon instituciones que, a la postre, resultaron ruinosas por la falta de previsión, talento y experiencia de quienes estuvieron a su cargo. Y en todas las épocas fue la sociedad mexicana la que propició la indolencia, la irresponsabilidad, la pasividad, el desprecio por el esfuerzo y el trabajo y fomentó la escandalosa corrupción que ahora nos ahoga.
Así que no hay más remedio que admitir que nos merecemos lo que pasa. ¡Qué fácil es echar la culpa a alguien más! Y por cierto, don José, seguimos sin encontrar el rumbo en materia educativa y propiciando el éxodo de nuestras mejores gentes a buscar horizontes en otros países.
Pues tengo que decir que disiento de la tesis del señor rector. Si es admisible hablar de merecimientos, nuestro país (y entiendo por ello a la sociedad mexicana) se merece lo que le pasa, pues las cosas a que alude el rector no son culpa de nadie ajeno a esta sociedad: no son injustos castigos divinos, ni el resultado de invasiones de ejércitos extranjeros u otras causas que pudieran explicarlo. Qué, ¿somos acaso un país de inocentes que han sido “inmerecidamente” devastados por catástrofes incontrolables cuya consecuencia son esos siglos de pobreza y desigualdad?
Esos grandes problemas del país, la pobreza y la desigualdad, están ahí porque no han sido atendidos adecuadamente por los mexicanos, desde que existimos como tales, a partir de la conquista. Tenemos casi quinientos años de existencia más o menos definida – sea como colonia de la Corona Española o como país independiente – y ni durante la colonia ni después, en los doscientos años de vida independiente que con gran alborozo nos disponemos ahora a festejar, hemos sido capaces de forjar una nación próspera, donde se hubiese abolido la pobreza y la desigualdad. Y, por supuesto, pretextos no faltan. Cierto, durante los tres siglos de colonia, la política española hacia sus dominios coloniales fue desastrosa – aunque hay que admitir que, a la postre, los resultados para España también fueron desastrosos. La Corona Española nunca tuvo interés en desarrollar los territorios bajo su dominio, pero los que vivían aquí, llámense criollos, mestizos o indígenas, tampoco mostraron la capacidad para suplir esa displicencia y el país llegó al principio del Siglo XIX con una formidable falta de gente preparada para encargarse de manejar una nueva nación. Sí, admito que la política de la metrópoli en materia económica fue de una tontería sublime al restringir la posibilidad de fortalecer ciertas actividades clave, pero que yo sepa nunca limitó de manera deliberada el acceso a la educación de la población en general. Fueron los mexicanos quienes no se preocuparon de ello, pues los que eran propiamente españoles, además de los conquistadores, siempre constituyeron un grupo numéricamente pequeño. Y es irrebatible que los que no eran españoles eran mexicanos, ya fuese como criollos o de cualquier otro modo.
Y entonces, una vez que - en medio de una confusión todavía difícil de entender para la mayoría de nosotros - se formalizó la nación independiente, los mexicanos de aquella época y sus descendientes no supieron contender adecuadamente con los problemas. Fueron los mexicanos quienes empobrecieron aún más al país y quienes nunca emprendieron una política de estado para terminar con la desigualdad social, que todavía sigue siendo una situación muy grave. Fueron los mexicanos quienes abandonaron a su suerte a los territorios del norte y pusieron las bases para que a sus pobladores les resultara más atractivo pasar a formar parte de la poderosa nación norteamericana que seguir siendo víctimas del expolio metropolitano (y sigue siendo cierto que para muchos millones de compatriotas sea más atractivo irse a vivir a los Estados Unidos, a pesar de las tremendas dificultades que ello implica). Fueron los mexicanos los que después de las guerras intestinas del período de 1910 a 1920 crearon instituciones que, a la postre, resultaron ruinosas por la falta de previsión, talento y experiencia de quienes estuvieron a su cargo. Y en todas las épocas fue la sociedad mexicana la que propició la indolencia, la irresponsabilidad, la pasividad, el desprecio por el esfuerzo y el trabajo y fomentó la escandalosa corrupción que ahora nos ahoga.
Así que no hay más remedio que admitir que nos merecemos lo que pasa. ¡Qué fácil es echar la culpa a alguien más! Y por cierto, don José, seguimos sin encontrar el rumbo en materia educativa y propiciando el éxodo de nuestras mejores gentes a buscar horizontes en otros países.
jueves, 8 de julio de 2010
Sobre la sociedad mexicana
Hace un par de días, un buen amigo español me espetó lo siguiente: - “Me parece que la sociedad mexicana es cobarde”. Añadió que su opinión se basaba en lo que diariamente lee en la prensa de aquel país, además de impresiones directamente recogidas en diversas estancias en México. Conversábamos sobre el tema inevitable de la guerra contra los narcotraficantes y el horror de las masacres que nos tienen todos los días en las noticias internacionales y, ante mi desconcierto por la franqueza de su observación, me aclaró: - “Hay que distinguir entre la cobardía individual y la de la sociedad en su conjunto; la sociedad mexicana está acobardada ante el horror que vive y no parece saber en qué dirección moverse. Leemos y escuchamos múltiples voces en México que critican acremente la supuesta estrategia gubernamental en la guerra en que se halla metido, pero nadie sabe cuál es esa estrategia y mucho menos aportan una alternativa. Quienes hemos vivido una guerra – y estamos metidos en otra, pues hay actualmente fuerzas militares españolas combatiendo en Irak y en Afghanistán – sabemos que las estrategias de guerra no se hacen públicas y menos aún están sujetas al debate popular y a la crítica de cualquiera que pase por la calle. Podemos estar en contra de la guerra misma – y hay mecanismos para manifestarnos en ese sentido – pero la estrategia propiamente está a cargo del jefe de gobierno, de sus ministros y de los generales que comandan los destacamentos militares.”
Y prosiguió: - “Quizá la sociedad mexicana esté en contra de la guerra y supongamos que la gente piensa mayoritariamente que su presidente no debió haberse metido en ella. Pero eso es asunto pasado y no tiene remedio. No me queda claro cuál podría ser, en este momento, la alternativa. ¿Deponer las armas y mandar un mensaje de capitulación a los capos del narcotráfico? ¿Pedirles perdón y rogarles que se vuelva a la situación pre-Calderón, olvidando lo sucedido, acompañado incluso por la renuncia del presidente como gesto de arrepentimiento? Pues eso es lo que se interpreta fuera de México como el clamor de la sociedad, a juzgar por lo que se lee en los artículos de opinión en los diarios, donde prácticamente no hay nadie que muestre solidaridad y llame a la unidad nacional ante la situación de emergencia que atraviesa el país.”
“Desgraciadamente – continuó – la sociedad parece haber dejado solo al presidente. Los partidos políticos, más preocupados por su jugueteo electoral, no se involucran y evidentemente prefieren que aquél sufra el desgaste y se le carguen las cuentas a él y a su partido, como indicarían los resultados de las elecciones del pasado domingo. ¿Quién salió ganando? El PRI. ¿Y creen los mexicanos que ese partido político los sacará del hoyo, después de los setenta años que manejó al país de manera tan incompetente?”
Y concluyó: - “Por eso, querido amigo, creo que la sociedad mexicana se ha acobardado. Ya podéis estar seguros de que un gobierno débil, sin apoyo social y con las actitudes desleales de los que solo buscan el beneficio político a corto plazo, será incapaz de sacar al país de la situación tan crítica en que se encuentra. Y no creo necesario advertirte de los graves peligros que corre un país con un gobierno sin autoridad y donde los líderes de opinión se solazan en criticar y deslegitimar sus políticas. Ejemplos sobran”.
Bien, pues como podrán imaginar esa conversación me ha dejado muy pensativo y sin argumentos. Ojalá quienes lean estas líneas puedan ayudar a aclarar las cosas.
Y prosiguió: - “Quizá la sociedad mexicana esté en contra de la guerra y supongamos que la gente piensa mayoritariamente que su presidente no debió haberse metido en ella. Pero eso es asunto pasado y no tiene remedio. No me queda claro cuál podría ser, en este momento, la alternativa. ¿Deponer las armas y mandar un mensaje de capitulación a los capos del narcotráfico? ¿Pedirles perdón y rogarles que se vuelva a la situación pre-Calderón, olvidando lo sucedido, acompañado incluso por la renuncia del presidente como gesto de arrepentimiento? Pues eso es lo que se interpreta fuera de México como el clamor de la sociedad, a juzgar por lo que se lee en los artículos de opinión en los diarios, donde prácticamente no hay nadie que muestre solidaridad y llame a la unidad nacional ante la situación de emergencia que atraviesa el país.”
“Desgraciadamente – continuó – la sociedad parece haber dejado solo al presidente. Los partidos políticos, más preocupados por su jugueteo electoral, no se involucran y evidentemente prefieren que aquél sufra el desgaste y se le carguen las cuentas a él y a su partido, como indicarían los resultados de las elecciones del pasado domingo. ¿Quién salió ganando? El PRI. ¿Y creen los mexicanos que ese partido político los sacará del hoyo, después de los setenta años que manejó al país de manera tan incompetente?”
Y concluyó: - “Por eso, querido amigo, creo que la sociedad mexicana se ha acobardado. Ya podéis estar seguros de que un gobierno débil, sin apoyo social y con las actitudes desleales de los que solo buscan el beneficio político a corto plazo, será incapaz de sacar al país de la situación tan crítica en que se encuentra. Y no creo necesario advertirte de los graves peligros que corre un país con un gobierno sin autoridad y donde los líderes de opinión se solazan en criticar y deslegitimar sus políticas. Ejemplos sobran”.
Bien, pues como podrán imaginar esa conversación me ha dejado muy pensativo y sin argumentos. Ojalá quienes lean estas líneas puedan ayudar a aclarar las cosas.
miércoles, 30 de junio de 2010
EL PAÍS DE LA FRIVOLIDAD
En general, la distancia nos da una mejor perspectiva, y creo que es una buena costumbre – para el observador de la realidad nacional - alejarse de tiempo en tiempo para enfocarse en las cuestiones de fondo y no perderse en los detalles, casi siempre insustanciales, con que nos agobia la lectura cotidiana de la prensa escrita. La de nuestro país, digo, pues frecuentemente he comparado el tiempo que dedico a hojear los diarios que la maravilla tecnológica del internet pone a mi disposición y, bueno, de los diez o quince minutos que me lleva la lectura del Reforma dominical de México a la hora y media que habría que dedicar a El País o a Le Monde o al New York Times, pues hay una gran diferencia.
Y es que el signo del México actual es la frivolidad. No hay interés por involucrarse seriamente en nada – o, cuando mucho, solamente dentro de los límites estrechos de la actividad profesional - ; de ahí, pues, que nuestros diarios dediquen más espacio a temas triviales, o bien que aborden los asuntos de mayor importancia solo de manera superficial, recurriendo más a la expresión vehemente o al lirismo desenfrenado que a la reflexión seria y prudente. Y puedo incluir aquí a muchos de nuestros intelectuales. El no sorprendente despliegue de homenajes póstumos, discursos y ditirambos al reciente fallecimiento de Carlos Monsiváis ejemplifica lo anterior. Desde luego, no quiero descalificar a Monsiváis (parafraseando a Cantinflas, digo que ya otros se encargarán de hacerlo), pero no creo errar al usarlo como ejemplo de lo que afirmé antes. Entiendo por qué alguien como la señora Poniatowska se deshaga en elogios y santifique al “cronista de todos los cronistas”; lo que no entiendo es por qué ella se alza como representante de la clase pensante y no hay protestas (y recuerdo, por cierto, la sentencia de Octavio Paz: “Monsiváis no es un hombre de ideas sino de ocurrencias”). En fin, que nadie es profeta en su tierra, pero también hay los que solamente en su tierra son profetas.
Y pongo otro ejemplo reciente: como residente de San Ángel no pude menos que sentirme agraviado por la intención del gobierno del D.F. de cambiar el nombre de la avenida Altavista por “Paseo José Luis Cuevas”. Vivimos en una de las ciudades más inseguras del mundo, con problemas atroces en cuanto al suministro de agua potable, al desalojo de aguas residuales, a la recolección de basura, al transporte público, en fin, en todas las áreas de la incumbencia municipal. Y ahora, como si la intención fuese burlarse de los ciudadanos, nos ofrece una propuesta concreta: ¡cambiar el nombre de una calle! Quienes por ahí vivimos nos sentiríamos contentos si el gobierno de la frivolidad intentase resolver algunos problemas reales y dejara en santa paz a la avenida Altavista.
Aunque, por otro lado, el diario Reforma (23-Jun-2010) recoge en una entrevista al pintor Cuevas la siguiente opinión, a propósito del cambio de nombre a la avenida: “Él tiene su casa, tiene su calle, tiene todo; ¿entonces porque yo no voy a tener exactamente lo que Diego Rivera tuvo?" No entraré a juzgar la equiparación entre Rivera y Cuevas que propone este último (Cuevas, como todos sabemos, es la personificación misma de la frivolidad), y no opinaré sobre si debe tener o no lo mismo que Rivera pero, habiendo tantísimas calles en la ciudad que no tienen nombre (véase, por ejemplo, la Guía Roji, para constatarlo: la cantidad de calles que se designan por número es enorme), ¿por qué no se premia mejor a Cuevas con alguna de ésas? Al oriente de la Av. Plutarco Elías Calles, a lo largo de la calzada Ermita Iztapalapa, o en San Juan de Aragón, por citar solo dos zonas, hay centenares de calles y avenidas que bien podrían usar el nombre del díscolo pintor y satisfacer su ego. No vaya a ser que, si los vecinos de San Ángel logran frenar la impúdica intención del gobierno citadino, se le ocurra pedir en compensación que le pongan su nombre al Paseo de la Reforma.
Y, en otro orden de cosas, veo que se ha armado un revuelo por la advertencia del secretario Gómez Mont a los comisionados de derechos humanos, conminándolos a no convertirse en “tontos útiles de la delincuencia”. Parece que la expresión “tontos útiles” tiene su historia, y suele atribuirse a Lenin su utilización al referirse a los capitalistas que le venderían al estado comunista la soga con que éste los ahorcaría. Claro que Lenin hablaba en ruso (creo más bien que la expresión usada por Gómez Mont proviene del inglés “useful idiots”), así que resulta difícil saber qué es lo que realmente dijo, y más bien parecería que la expresión original en inglés sería “utter simpleton”, usada por Keynes para referirse al presidente Wilson, y que podría traducirse como “completo simplón” o “completo inocentón”. En todo caso, a reserva de que Gómez Mont clarifique el sentido preciso de su expresión, no veo por qué habrían de indignarse los comisionados de marras. ¿No estamos, acaso, en un país donde todo el mundo clama por el respeto a la libertad de expresión? Es evidente que el secretario está haciendo uso de ese derecho, y no tiene nada de reprochable que exprese su opinión (que, me adelanto a decir, comparto plenamente). Ahora, no lo dude usted, vendrán los desgarramientos de vestiduras, en una manifestación más de nuestra mexicana frivolidad.
Y es que el signo del México actual es la frivolidad. No hay interés por involucrarse seriamente en nada – o, cuando mucho, solamente dentro de los límites estrechos de la actividad profesional - ; de ahí, pues, que nuestros diarios dediquen más espacio a temas triviales, o bien que aborden los asuntos de mayor importancia solo de manera superficial, recurriendo más a la expresión vehemente o al lirismo desenfrenado que a la reflexión seria y prudente. Y puedo incluir aquí a muchos de nuestros intelectuales. El no sorprendente despliegue de homenajes póstumos, discursos y ditirambos al reciente fallecimiento de Carlos Monsiváis ejemplifica lo anterior. Desde luego, no quiero descalificar a Monsiváis (parafraseando a Cantinflas, digo que ya otros se encargarán de hacerlo), pero no creo errar al usarlo como ejemplo de lo que afirmé antes. Entiendo por qué alguien como la señora Poniatowska se deshaga en elogios y santifique al “cronista de todos los cronistas”; lo que no entiendo es por qué ella se alza como representante de la clase pensante y no hay protestas (y recuerdo, por cierto, la sentencia de Octavio Paz: “Monsiváis no es un hombre de ideas sino de ocurrencias”). En fin, que nadie es profeta en su tierra, pero también hay los que solamente en su tierra son profetas.
Y pongo otro ejemplo reciente: como residente de San Ángel no pude menos que sentirme agraviado por la intención del gobierno del D.F. de cambiar el nombre de la avenida Altavista por “Paseo José Luis Cuevas”. Vivimos en una de las ciudades más inseguras del mundo, con problemas atroces en cuanto al suministro de agua potable, al desalojo de aguas residuales, a la recolección de basura, al transporte público, en fin, en todas las áreas de la incumbencia municipal. Y ahora, como si la intención fuese burlarse de los ciudadanos, nos ofrece una propuesta concreta: ¡cambiar el nombre de una calle! Quienes por ahí vivimos nos sentiríamos contentos si el gobierno de la frivolidad intentase resolver algunos problemas reales y dejara en santa paz a la avenida Altavista.
Aunque, por otro lado, el diario Reforma (23-Jun-2010) recoge en una entrevista al pintor Cuevas la siguiente opinión, a propósito del cambio de nombre a la avenida: “Él tiene su casa, tiene su calle, tiene todo; ¿entonces porque yo no voy a tener exactamente lo que Diego Rivera tuvo?" No entraré a juzgar la equiparación entre Rivera y Cuevas que propone este último (Cuevas, como todos sabemos, es la personificación misma de la frivolidad), y no opinaré sobre si debe tener o no lo mismo que Rivera pero, habiendo tantísimas calles en la ciudad que no tienen nombre (véase, por ejemplo, la Guía Roji, para constatarlo: la cantidad de calles que se designan por número es enorme), ¿por qué no se premia mejor a Cuevas con alguna de ésas? Al oriente de la Av. Plutarco Elías Calles, a lo largo de la calzada Ermita Iztapalapa, o en San Juan de Aragón, por citar solo dos zonas, hay centenares de calles y avenidas que bien podrían usar el nombre del díscolo pintor y satisfacer su ego. No vaya a ser que, si los vecinos de San Ángel logran frenar la impúdica intención del gobierno citadino, se le ocurra pedir en compensación que le pongan su nombre al Paseo de la Reforma.
Y, en otro orden de cosas, veo que se ha armado un revuelo por la advertencia del secretario Gómez Mont a los comisionados de derechos humanos, conminándolos a no convertirse en “tontos útiles de la delincuencia”. Parece que la expresión “tontos útiles” tiene su historia, y suele atribuirse a Lenin su utilización al referirse a los capitalistas que le venderían al estado comunista la soga con que éste los ahorcaría. Claro que Lenin hablaba en ruso (creo más bien que la expresión usada por Gómez Mont proviene del inglés “useful idiots”), así que resulta difícil saber qué es lo que realmente dijo, y más bien parecería que la expresión original en inglés sería “utter simpleton”, usada por Keynes para referirse al presidente Wilson, y que podría traducirse como “completo simplón” o “completo inocentón”. En todo caso, a reserva de que Gómez Mont clarifique el sentido preciso de su expresión, no veo por qué habrían de indignarse los comisionados de marras. ¿No estamos, acaso, en un país donde todo el mundo clama por el respeto a la libertad de expresión? Es evidente que el secretario está haciendo uso de ese derecho, y no tiene nada de reprochable que exprese su opinión (que, me adelanto a decir, comparto plenamente). Ahora, no lo dude usted, vendrán los desgarramientos de vestiduras, en una manifestación más de nuestra mexicana frivolidad.
domingo, 20 de junio de 2010
Impresiones de Turquía
Una visita relámpago a Turquía, planeada sin más pretensiones que una simple excursión turística, me ha dejado turulato. Además de una visita a las ruinas de Éfeso, uno de los centros destacados de la Grecia clásica y del imperio romano y de cierta importancia, además, en las primeras épocas de la cristiandad, el impacto sobresaliente lo recibimos en Estambul. Es difícil describir esta ciudad – imposible competir con tantos escritores prodigiosos que ya lo han hecho, desde Pierre Loti hasta Orhan Pamuk – y debo confesar que ciertos prejuicios antiguos me habían siempre mantenido sin mayor interés en visitarla. Y no me queda duda, ahora, de que es una de las más bellas ciudades que conozco: lo mismo en sus aspectos naturales, ubicada a ambos lados del Bósforo (cuyo nombre evoca los misteriosos relatos sobre los emperadores otomanos, sus serrallos y las constantes pugnas con sus contrapartes cristianas), que por los imponentes palacios y mezquitas que dominan el paisaje urbano, por un lado y, por otro, las modernas construcciones residenciales que bordean el paso hacia el Mar Negro, que recordarían los panoramas de muchos sitios de la próspera costa occidental de los Estados Unidos.
En los pocos, pero intensísimos, días que estuvimos ahí nos dimos cuenta de que nuestra ignorancia era monumental. Desconocíamos, por ejemplo, que es una ciudad de quince millones de habitantes – tanto o más que nuestra ciudad de México –, con un tráfico caótico, igual que en casa, pero con un sistema de transporte público de primer nivel, a diferencia del nuestro. Y con una vitalidad que se refleja en el movimiento de los centenares de embarcaciones que día y noche transitan por el estrecho, desde los veleros y lanchas deportivas y las pequeñas naves de pasajeros que hacen servicio de transporte de un lado al otro, hasta los enormes petroleros y mercantes que van y vienen de los países en las orillas del Mar Negro. En fin, una ciudad de la cual nos quedamos prendados.
Ahora bien, aparte de los aspectos aparentes de la ciudad – que, por cierto, no es la capital del país, pese a ser la más grande – se pueden apreciar otras cosas que por fuerza requieren adentrarse en la historia remota y reciente del país. Para empezar, es un país musulmán – escuchamos diversas versiones que sitúan entre el 93 y el 99 por ciento a quienes profesan esa religión – pero al mismo tiempo es un estado laico. Lleno de mezquitas que, a las horas acostumbradas, lanzan desde sus minaretes los llamados a la oración que, con toda tranquilidad, son ignorados por la mayor parte de la gente que vemos por la calle. Hay un cierto número de viandantes que llevan el atuendo tradicional, los hombres con sus chilabas y las mujeres con la cabeza cubierta o incluso llevando la burka, pero la mayor parte lleva vestimenta europea y llegamos a ver buen número de jóvenes mujeres con vestidos que aun en España llamarían atrevidos. Pero hay un alto grado de tolerancia al respecto, por lo que se puede apreciar; se ven grupos de jovencitas departiendo en los cafés, algunas con velo y otras sin él, como si nada. La venta y el consumo de alcohol es totalmente libre, como en cualquier país occidental. Y siendo musulmán, no es un país árabe, lo que a nosotros nos pareció algo extraño. El idioma es absoluta y totalmente incomprensible, aunque usan el alfabeto latino, si bien con algunas letras levemente modificadas para adecuarse a fonemas que no corresponden a ese alfabeto.
Bueno, y va un pequeño breviario cultural. Desde mediados del Siglo XV se consolidó el imperio otomano, que fue durante siglos una de las entidades políticas más importantes del mundo y una permanente piedra en el zapato para el cristianismo en la lucha por el control del Mediterráneo. En 1571, con la derrota de la flota otomana en la batalla de Lepanto, se frenó el expansionismo turco en el Mediterráneo occidental, pero el imperio se mantuvo hasta el final de la primera guerra mundial, en 1918. Es decir, Turquía nunca fue un país sojuzgado, y durante casi quinientos años mantuvo un status de potencia imperial.
Ahora bien, lo que sucede en las tres décadas entre 1915 y 1945 es realmente impresionante (y debo confesar que lo ignoraba hasta ahora, cuando mi visita a Estambul hizo imprescindible documentarme al respecto). Bien, para no aburrir al lector diré rápidamente que en la guerra de 1914-1918 Turquía estaba aliada con Alemania, y la derrota tuvo como consecuencia que los ejércitos victoriosos ocuparan el país. Pero esto tuvo el efecto de alimentar el nacionalismo turco y antes de cuatro años los ejércitos de ocupación, principalmente los británicos, incapaces de controlar el movimiento nacionalista, se vieron forzados a abandonar el país. ¡Sólo cuatro años! En ese corto lapso se expulsaron las fuerzas de ocupación, se abolió el imperio otomano de casi cinco siglos de antigüedad, se constituyó la república de Turquía y este país volvió a tomar el control de una de las zonas estratégicas más importantes del mundo, a saber, el paso del Egeo al Mar Negro que, obviamente, era el botín más codiciado por las naciones contendientes. ¡Absolutamente increíble!
¿Cómo entender eso? Claro, fue la ola de nacionalismo turco, pero al frente de ella la figura del gran líder Mustafá Kemal, que fue electo presidente de la república en 1923 (y recibió el nombramiento honorífico de Atatürk - padre de los turcos – en 1934). Este personaje, cuyo prestigio se basó inicialmente en su estrategia para derrotar a los británicos en la sangrienta batalla de Gallipoli, estuvo al frente del estado turco hasta su muerte, en 1938, y en esos quince años impulsó su modernización con una serie de medidas que son difíciles de entender para alguien que viene de un país que en los últimos noventa años no ha podido poner en práctica cabalmente un proyecto de nación. Entre otras cosas, logró:
- Abolir el imperio otomano e instituir una república democrática parlamentaria.
- En un país musulmán, imponer el estado laico y dejar fuera del juego a los clérigos (para comparación, véase lo que está sucediendo ahora en Argelia).
- Forzar el cambio de la escritura, imponiendo el alfabeto latino.
- Imponer, como tarea esencial para el estado turco, la unificación y modernización de la educación, dejando claro que la liberación de un país solamente es posible con un sistema educativo eficaz. Es interesante mencionar que tuvo, como asesor para este proyecto, al filósofo norteamericano John Dewey (¿se imagina el lector lo que pasaría en nuestro país si el presidente invitara a un norteamericano para asesorarlo en materia educativa?).
- Incorporar a la mujer con plenos derechos, suprimiendo la costumbre todavía prevalente en los países árabes de subordinación al hombre. El otorgamiento de la igualdad jurídica entre los sexos se adelantó incluso a varios países europeos.
- Con la modernización de la escritura, impulsó la lectura del Corán en idioma turco, lo que puso al alcance de todos el acceso a los textos religiosos, suprimiendo así el control de los clérigos sobre su interpretación.
- Con una actitud pragmática llevó a cabo la reforma del sistema jurídico turco basándose en los modelos suizo e italiano, eliminando, entre otras cosas, los tribunales islámicos.
- Bueno, hasta la indumentaria, pues poniendose él mismo como ejemplo se generalizó el uso de la moda europea y se obligó a todos los empleados públicos a utilizar ese atuendo.
Como puede notarse, me he quedado profundamente impresionado con aquel país. Y con la evidencia de que es posible hacer cambios profundos en relativamente corto plazo. ¿Seremos los mexicanos capaces de algo igual?
(Por afortunada coincidencia, ha aparecido en el diario El País de hoy un artículo de Juan Goytisolo - excelente, como siempre - sobre el tema de Turquía, que recomiendo sin reservas a quien quiera conocer un poco más sobre ese país y su paradójica relación con la Unión Europea).
En los pocos, pero intensísimos, días que estuvimos ahí nos dimos cuenta de que nuestra ignorancia era monumental. Desconocíamos, por ejemplo, que es una ciudad de quince millones de habitantes – tanto o más que nuestra ciudad de México –, con un tráfico caótico, igual que en casa, pero con un sistema de transporte público de primer nivel, a diferencia del nuestro. Y con una vitalidad que se refleja en el movimiento de los centenares de embarcaciones que día y noche transitan por el estrecho, desde los veleros y lanchas deportivas y las pequeñas naves de pasajeros que hacen servicio de transporte de un lado al otro, hasta los enormes petroleros y mercantes que van y vienen de los países en las orillas del Mar Negro. En fin, una ciudad de la cual nos quedamos prendados.
Ahora bien, aparte de los aspectos aparentes de la ciudad – que, por cierto, no es la capital del país, pese a ser la más grande – se pueden apreciar otras cosas que por fuerza requieren adentrarse en la historia remota y reciente del país. Para empezar, es un país musulmán – escuchamos diversas versiones que sitúan entre el 93 y el 99 por ciento a quienes profesan esa religión – pero al mismo tiempo es un estado laico. Lleno de mezquitas que, a las horas acostumbradas, lanzan desde sus minaretes los llamados a la oración que, con toda tranquilidad, son ignorados por la mayor parte de la gente que vemos por la calle. Hay un cierto número de viandantes que llevan el atuendo tradicional, los hombres con sus chilabas y las mujeres con la cabeza cubierta o incluso llevando la burka, pero la mayor parte lleva vestimenta europea y llegamos a ver buen número de jóvenes mujeres con vestidos que aun en España llamarían atrevidos. Pero hay un alto grado de tolerancia al respecto, por lo que se puede apreciar; se ven grupos de jovencitas departiendo en los cafés, algunas con velo y otras sin él, como si nada. La venta y el consumo de alcohol es totalmente libre, como en cualquier país occidental. Y siendo musulmán, no es un país árabe, lo que a nosotros nos pareció algo extraño. El idioma es absoluta y totalmente incomprensible, aunque usan el alfabeto latino, si bien con algunas letras levemente modificadas para adecuarse a fonemas que no corresponden a ese alfabeto.
Bueno, y va un pequeño breviario cultural. Desde mediados del Siglo XV se consolidó el imperio otomano, que fue durante siglos una de las entidades políticas más importantes del mundo y una permanente piedra en el zapato para el cristianismo en la lucha por el control del Mediterráneo. En 1571, con la derrota de la flota otomana en la batalla de Lepanto, se frenó el expansionismo turco en el Mediterráneo occidental, pero el imperio se mantuvo hasta el final de la primera guerra mundial, en 1918. Es decir, Turquía nunca fue un país sojuzgado, y durante casi quinientos años mantuvo un status de potencia imperial.
Ahora bien, lo que sucede en las tres décadas entre 1915 y 1945 es realmente impresionante (y debo confesar que lo ignoraba hasta ahora, cuando mi visita a Estambul hizo imprescindible documentarme al respecto). Bien, para no aburrir al lector diré rápidamente que en la guerra de 1914-1918 Turquía estaba aliada con Alemania, y la derrota tuvo como consecuencia que los ejércitos victoriosos ocuparan el país. Pero esto tuvo el efecto de alimentar el nacionalismo turco y antes de cuatro años los ejércitos de ocupación, principalmente los británicos, incapaces de controlar el movimiento nacionalista, se vieron forzados a abandonar el país. ¡Sólo cuatro años! En ese corto lapso se expulsaron las fuerzas de ocupación, se abolió el imperio otomano de casi cinco siglos de antigüedad, se constituyó la república de Turquía y este país volvió a tomar el control de una de las zonas estratégicas más importantes del mundo, a saber, el paso del Egeo al Mar Negro que, obviamente, era el botín más codiciado por las naciones contendientes. ¡Absolutamente increíble!
¿Cómo entender eso? Claro, fue la ola de nacionalismo turco, pero al frente de ella la figura del gran líder Mustafá Kemal, que fue electo presidente de la república en 1923 (y recibió el nombramiento honorífico de Atatürk - padre de los turcos – en 1934). Este personaje, cuyo prestigio se basó inicialmente en su estrategia para derrotar a los británicos en la sangrienta batalla de Gallipoli, estuvo al frente del estado turco hasta su muerte, en 1938, y en esos quince años impulsó su modernización con una serie de medidas que son difíciles de entender para alguien que viene de un país que en los últimos noventa años no ha podido poner en práctica cabalmente un proyecto de nación. Entre otras cosas, logró:
- Abolir el imperio otomano e instituir una república democrática parlamentaria.
- En un país musulmán, imponer el estado laico y dejar fuera del juego a los clérigos (para comparación, véase lo que está sucediendo ahora en Argelia).
- Forzar el cambio de la escritura, imponiendo el alfabeto latino.
- Imponer, como tarea esencial para el estado turco, la unificación y modernización de la educación, dejando claro que la liberación de un país solamente es posible con un sistema educativo eficaz. Es interesante mencionar que tuvo, como asesor para este proyecto, al filósofo norteamericano John Dewey (¿se imagina el lector lo que pasaría en nuestro país si el presidente invitara a un norteamericano para asesorarlo en materia educativa?).
- Incorporar a la mujer con plenos derechos, suprimiendo la costumbre todavía prevalente en los países árabes de subordinación al hombre. El otorgamiento de la igualdad jurídica entre los sexos se adelantó incluso a varios países europeos.
- Con la modernización de la escritura, impulsó la lectura del Corán en idioma turco, lo que puso al alcance de todos el acceso a los textos religiosos, suprimiendo así el control de los clérigos sobre su interpretación.
- Con una actitud pragmática llevó a cabo la reforma del sistema jurídico turco basándose en los modelos suizo e italiano, eliminando, entre otras cosas, los tribunales islámicos.
- Bueno, hasta la indumentaria, pues poniendose él mismo como ejemplo se generalizó el uso de la moda europea y se obligó a todos los empleados públicos a utilizar ese atuendo.
Como puede notarse, me he quedado profundamente impresionado con aquel país. Y con la evidencia de que es posible hacer cambios profundos en relativamente corto plazo. ¿Seremos los mexicanos capaces de algo igual?
(Por afortunada coincidencia, ha aparecido en el diario El País de hoy un artículo de Juan Goytisolo - excelente, como siempre - sobre el tema de Turquía, que recomiendo sin reservas a quien quiera conocer un poco más sobre ese país y su paradójica relación con la Unión Europea).
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