domingo, 28 de marzo de 2010

Reflexiones de la semana santa

La semana que comienza (anticipadamente, pues hoy es domingo) es - nos dicen - de recogimiento y reflexión. El mundo católico conmemora la pasión, muerte y resurrección de su personaje central, en tanto que los países de tradición protestante - incluyendo la anglicana que, en estricto rigor, no debería señalarse como tal – lo hace hasta la semana siguiente, la de Pascua. La diferencia es que, mientras que unos reviven los eventos trágicos que culminan con la resurrección de Jesús, los otros inician con este dichoso suceso las correspondientes celebraciones. Y, en todo caso, para el resto del mundo la cuestión pasa más o menos inadvertida, y no pasemos por alto que, del total de la población del planeta, apenas una tercera parte se clasifica dentro del cristianismo.

Bueno, en todo caso, había pensado que la tarde de ayer podría dedicarla a escuchar la Pasión según San Mateo y acompañar la música con una lectura devota del correspondiente texto en el Nuevo Testamento. Pero no se dieron las condiciones, ya que competían contra mi propósito dos estrepitosas fiestas, al otro lado de la barranca frente a mi casa, la una con cumbias y la otra con mariachis, las dos a todo volumen, amplificado por la orografía del terreno. Es incompatible una cosa con la otra. En la sociedad mexicana no existe la noción de respeto al prójimo y menos, por lo visto, en la semana llamada santa.

Y la única conclusión a que pude llegar antes de verme obligado a cancelar mi propósito es que, curiosamente, el texto bíblico no es más que un pálido reflejo del esplendor musical surgido de la portentosa imaginación de Bach. En fin, habrá que reflexionar sobre el proceso espiritual que llevó de la narración - un poco confusa por lo esquemática y deshilada - de aquel episodio a la creación de una de las más deslumbrantes obras de la música occidental. Si se despoja al evangelio del aura de misterio y superstición que suele encontrarse en los templos católicos – que son, estoy seguro, el único lugar donde la gran mayoría de la gente ha tenido contacto con ese texto, a través de los sermones, fervorines y homilías que ahí dictan curas pomposos y arrogantes – y se hace su lectura de manera desapasionada y objetiva no logra entenderse su influencia en el arte y, en general, en la cultura occidental. Los misterios de la fé... y la realidad del poder (en otras épocas) omnímodo y brutal de la iglesia romana que no admitía desviaciones so pena de castigos terribles.

Esta semana tendrá lugar uno de los espectáculos paganos derivados de la tradición religiosa en México, a saber, la recreación de la crucifixión de Jesucristo. Una exhibición que se ha asentado ya irremisiblemente en la cultura popular de la capital del país y que carece, a mi juicio, de cualquier rasgo de calidad artística – tiene mucho de circo y casi nada de teatro – pero que año tras año congrega multitudes morbosas para ver a un pobre muchacho panzón cargar una pesada cruz y sufrir todo género de maltratos por parte de una banda de fascinerosos disfrazados conforme a una visión hollywoodesca de lo que podría ser un soldado romano. Lástima que sigan alentando estas prácticas lastimeras (por su vulgaridad y mal gusto) que bien poco tienen qué ver con una tradición religiosa bien fundada. Ya puestos en eso, ¿por qué no mejor propiciar la presentación de conciertos con la música de la Pasión, de Bach o de otros excelsos compositores? ¿En cuántas iglesias de México se toca - aunque fuera fragmentos, para no aburrir demasiado a la concurrencia - música religiosa de calidad? Esta carencia refleja, por supuesto, la ignorancia de los curas.

domingo, 21 de marzo de 2010

Eventos del día

Varios de mis corresponsales me han conminado a dejar el tono pesimista – hasta catastrofista – que suele, según me dicen, marcar estas modestas notas semanales. Con gusto lo haré, aunque debo añadir que no será fácil tarea desprenderse de las sensaciones de angustia que deja la lectura de la prensa cotidiana. Y con ese propósito en mente pasaré, primero, a comentar la esperada carta pastoral del señor Ratzinger que, bien vista, no pasa de ser, como ya lo había sospechado, pura “agua de borrajas”.

Frases como “deberán responder no solamente ante dios, sino también ante la justicia terrena” llevan a pensar, por un lado, que dios debe haber estado ocupado en otras cosas y no ha considerado de suficiente monta los crímenes de sus ministros en la tierra, los curas pederastas y, por otro, que la justicia terrena parecería haber estado a la espera de que el jefe de la iglesia romana autorizara su intervención en el asunto (vaya que ha tardado; igual que dios, ha de tener otras cosas más apremiantes). “Ofrece disculpas a las víctimas”: esto me suena a burla, aunque está peor lo de que ha “ordenado una misión mundial para todos los sacerdotes y religiosos, que consistirá en retiros, predicaciones y ceremonias”, según reporta el diario Reforma (21-03-2010). Pues si cree que con esto va a solucionar el problema... Como dije en mi anterior entrega, en otras épocas la justicia divina era más directa y expedita.

En otro orden de cosas, hoy me ha despertado la salva de petardos con que en este país se saluda a santos y próceres de la patria. Ya el pasado viernes el festejo del esposo de María y padre virginal de Jesús había provocado a tempranas horas descomunal estruendo, y el de hoy, aunque dedicado a la celebración del natalicio de un prócer menos estimado por la iglesia, no le fue a la zaga en cuanto a frecuencia y volumen. Y resignado a no poder conciliar el sueño en esas condiciones, me fui mentalmente deambulando hasta que, por una natural asociación de ideas, llegué al tema del mentado bicentenario que se festeja este año.

Y me hago la misma pregunta que en el caso del primer centenario: ¿qué es lo que con tanta enjundia vamos a celebrar en el segundo? ¿La Independencia? Claro que no me voy a meter en minucias históricas que han sido ya exhaustivamente estudiadas por los especialistas, pero hay ciertos aspectos sobre los que creo que hay un acuerdo general y que vale la pena dejar asentados en este momento: a) La revuelta encabezada por Hidalgo en 1810 no tenía por objeto alcanzar la independencia de España; b) la guerra de Independencia terminó – y sólo hasta entonces se pudo formalizar propiamente la Independencia – en 1821; c) la vida independiente de nuestro país se inició sin que estuviera claro para los mexicanos de qué se trataba eso.

Y, salvo que mis limitados conocimientos me estén llevando a decir tonterías (y me apresuro a admitir esa posibilidad), baste citar el hecho de que ni siquiera tenían preparado el nombre oficial del recién nacido país. Después de la infortunada aventura de Iturbide hubo primero que buscar al extraviado Guadalupe Victoria, que andaba haciendo vida de ermitaño en la selva (aunque si consultamos la página oficial del bicentenario obtendremos una relación de patrióticas mentiras sobre su biografía, pero esto ocurre siempre) para que se hiciera cargo del desastre político, social y económico en que se encontraba sumido el país.

¿Y quién de mis lectores sabe dónde y por qué salió lo de Estados Unidos Mexicanos? Nuestros vecinos del Norte habían consolidado su país y sus instituciones con una rapidez meteórica después de la revolución de 1776, y la adopción del nombre United States tenía el sentido de dejar claro y hacer justicia a los trece estados autónomos que ya existían desde antes de iniciarse la lucha contra la Corona Británica. Mi opinión – sin duda, políticamente incorrecta – es que aquí, como es habitual, no había nada preparado, ni siquiera el nombre que se le daría al recién independizado país. Y, bueno, se fueron por la fácil: ¿por qué no llamarse igual que los vecinos del Norte, simplemente haciendo la distinción con el toponímico? Como que si lo usaban ya en un país estable y poderoso, habría de ser un nombre respetable. ¿O no?

No se le dio importancia al hecho de que, en estricto rigor, los estados propiamente no existiesen todavía en 1824, fecha de la primera constitución del país, que en su Título I, Art. 2, dice a la letra que el territorio de la nación “comprende el que fue del virreinato llamado antes N. E., el que se decía capitanía general de Yucatán, el de las comandancias llamadas antes de provincias internas de Oriente y Occidente, y el de la baja y alta California con los terrenos anexos e islas adyacentes en ambos mares. Por una ley constitucional se hará una demarcación de los limites de la federación, luego que las circunstancias lo permitan.” O sea, la denominación se adelantó a los hechos: ¡los Estados Unidos Mexicanos se constituyeron antes de hubiera estados! Una más de las ficciones de nuestra historia.

Y como tantas veces, igual que sucede con las personas, lo cargan a uno desde el bautizo con un nombre que quizá no habría sido elegido, de haberse tenido la posibilidad. Es indudable que para todos los mexicanos el país se llama México: ya quisiera ver a cualquiera de mis connacionales arriesgar el ridículo al contestar a la pregunta ¿país de origen? ¡Estados Unidos Mexicanos!

Y cierro estas líneas mientras espero los resultados de la votación en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos (estos sí, de verdad) sobre la reforma del sistema de salud que abandera el Presidente Obama. Todo parece indicar que pasará. Y de ser así, estaremos presenciando un evento histórico en aquel país.

sábado, 13 de marzo de 2010

¿Y el castigo divino?

Cuando ví el encabezado de la nota publicada el 10-03-2009 en el diario Reforma quedé atónito. Qué insólita justificación: no sólo la Iglesia abusa. ¿Será una broma? Pero, no, el sentido del humor del Reforma no va por ahí, y seguramente muchos de sus lectores se sentirían ofendidos si ése hubiera sido el caso. Luego de leer la nota con cuidado no me quedó más remedio que convencerme de que, en efecto, la posición del Vaticano sería, más o menos, que, vaya, pues los curas también somos humanos y, como tales, sujetos a las tentaciones diabólicas de la carne, así que no somos los únicos: “los delitos sexuales también se dan en otros ámbitos de la sociedad (sic)”. Sí, pues; por ejemplo, entre psicópatas pervertidos; entre presidiarios de alta peligrosidad; entre bandas de sicarios asesinos; entre proxenetas y las mujeres que tienen esclavizadas, por citar algunos casos. ¡Caramba! Así que déjese usted de cosas; si va a meter a su hijo o hija en una escuela católica, estése preparado y luego no vaya a quejarse amargamente si es que resulta por ahí algún caso de violación. Ya lo advirtieron los altos jerarcas de la iglesia: es muy natural, sucede en todas partes.

Pues para mí que estos son crímenes horrendos, merecedores de los más duros castigos, y no de la protección velada del Vaticano, que salda las cosas con una simple reprimenda y pide a los culpables un acto de contrición – el arrepentimiento, que borra todas las culpas – y hasta ahí llegamos. En estricta verdad, ha habido muchos casos donde el castigo divino a quienes infringen las reglas ha sido francamente, diría yo, exagerado. Desde la expulsión del Edén a los primeros seres humanos – y no me aparto un ápice de lo que dice la Biblia (Génesis 3, 17) – por haberse comido una manzana, pasando por la tremenda inundación que acabó con todo ser viviente, culpable e inocente por igual, excepto Noé y su familia; y la lluvia de azufre y fuego sobre Sodoma y sobre Gomorra que liquidó a todos sus moradores, hombres, mujeres y niños (entre los que, por precoces que hubieran sido, muchos de ellos eran inocentes) y hasta la pobre mujer de Lot, que no hizo otra cosa que mirar hacia atrás, y tantísimas otras instancias de castigos desproporcionados, hemos visto como se trataba a los pecadores en los buenos tiempos biblícos. Lluvia de azufre y fuego, ¡nada menos!

Si se usara la misma vara de medir, a todos estos curas que han traicionado la confianza depositada en ellos por padres engatusados con la imagen de bondad y los votos de castidad y pureza que tanto pregonan, a todos ellos, repito, por lo menos una buena dosis de azufre y fuego les tendría que haber caído, y todos los que hemos dejado de creer en esas cosas tendríamos motivo de sobra para recobrar la fé. Y no vale decir que esos canallas ya lo pagarán en el infierno, pues no fue ése el razonamiento cuando aquello del diluvio y el incidente de Sodoma y Gomorra: nada de eso, se dijo, aquí y ahora mismo seréis castigados. Pues no, no se entiende bien cuál es la lógica del asunto.

Puede ser que haya habido, al paso de los siglos, un ablandamiento de la justicia divina y que, cansado de proceder tan rigurosamente con la especie humana usando penas severísimas para mostrarnos de lo que es capaz cuando se violan sus dictados, dios haya decidido ser más tolerante y pasar por alto transgresiones que considerase de poca monta. Aunque esta explicación no sería congruente con la sucesión de catástrofes naturales – que, como bien sabemos, no podrían suceder sin su divina anuencia – que una y otra vez asolan a nuestro planeta, castigando por igual a pecadores e inocentes (aunque hemos visto que esta distinción sutil no era óbice, en aquellos tiempos, para las lluvias de azufre y fuego y los diluvios).

Se nos dirá que los designios del señor son inescrutables (God moves in mysterious ways) y que nuestro entendimiento no es suficiente para comprender lo que él hace, ni sus razones. Pues sí, digo yo, pero es lo que él mismo nos otorgó cuando la Creación; no le hubiera costado nada dotarnos con algo más potente, lo que nos habría permitido acercarnos más a él y no pensar, a veces, que sus castigos son de una infinita crueldad – no compatible con lo que tanto nos dicen de su infinita misericordia. Sobre todo, que suelen no alcanzar a quienes evidentemente mucho los merecerían.

Algo parece estar mal en este divino rompecabezas. Y lo peor es que, sin que los demás se dieran cuenta, algunos muy listos tomaron en sus manos la interpretación de los designios del señor, lo que nos ha dejado a merced de exégetas francamente muy cuestionables. Y, para ejemplo, la indulgencia con que se trata a los curas pederastas que se han convertido en una plaga – en los países que presumen de católicos, por supuesto.

domingo, 7 de marzo de 2010

Celebremos el bicentenario

Para un lego en la materia – como es mi caso – la historia de la revolución soviética ha sido siempre un misterio insondable. Comenzando por los nombres de los protagonistas, cuya castellanización siempre causa dificultades para leerse y peor aún para recordarse – igual como me sucede con las novelas rusas - y el tremendo embrollo político interno y externo en el que se gestó aquel evento histórico, nunca he logrado pasar de una lectura superficial de algún texto elemental para tratar de hacerme una idea de lo sucedido en aquella convulsa época.

Cierto, la revolución mexicana – o sea, la colección de los diversos golpes de estado, asesinatos, guerras y “guerritas” que ocuparon buena parte del escenario mexicano en el período de 1910 a 1920 – no es tampoco un ejemplo de claridad histórica, y he logrado sólo después de muchos años tener una interpretación de esa época que, si bien admito que es muy personal, siento más o menos congruente con lo aprendido en los libros y artículos que he podido revisar a ratos perdidos.

Ha sido la lectura – que cité ya en otra edición de este blog – de la novela de Leonardo Padura “El hombre que amaba a los perros” (por cierto, título que evocaría más la figura de un veterinario o miembro de alguna sociedad protectora de animales que la de uno o dos personajes muy importantes en la época del estalinismo) lo que me picó la curiosidad para enterarme un poco más acerca de los eventos en cuestión. Algo me ha quedado después de esto y, aunque nunca me atrevería a comentarlo con algún amigo historiador so pena de que me abrume mortalmente con una retahila de nombres, fechas y otros datos – ya me ha pasado en otras ocasiones -, me parece que podría moverme ya con un poquillo de confianza en los aspectos elementales de lo que sucedió en aquellos años. (Por ejemplo, sin pizca alguna de vergüenza puedo decir que ya sé por qué le llaman ”Revolución de Octubre” a un evento que no comenzó en ese mes de 1918, sino el 7 de noviembre siguiente).

En todo caso, la malhadada insistencia para celebrar este año el bicentenario, aludiendo al inicio, por una parte, de la guerra de Independencia en 1810 y, por la otra, al inicio de la mentada “revolución mexicana” en 1910, me ha llevado (por una malsana curiosidad) a tratar de establecer algunas comparaciones entre esta última y la soviética de 1918, y así entender la nuestra un poco mejor.

Entre otras cosas me doy cuenta de que aquí el objetivo original explícito era forzar la salida del presidente Porfirio Díaz, quien se había excedido considerablemente en el tiempo que tenía asignado, y establecer una democracia liberal al estilo norteamericano, con campañas electorales y toda la parafernalia del caso y, en cambio, allá se trataba de llevar a cabo una transformación radical del estado. El primer presidente en México después de la salida de Díaz (él, por cierto, corrió con mucha mayor suerte que el zar Romanov y su infortunada familia) fue Madero, quien apenas pudo completar un año y tres meses en el puesto debido a su defenestración y fusilamiento. Mal comienzo.

En cambio, Lenin y sus colaboradores traían un formidable bagaje intelectual e ideológico y una vasta experiencia de activismo político que, bueno, para no hacer el cuento muy largo, les permitió de inmediato poner en marcha una reforma agraria, nacionalizar los bancos y expropiar las cuentas privadas, nacionalizar las propiedades de la iglesia, dar a los soviets el control de las industrias y repudiar la deuda externa. Ah, me olvidaba, y crear casi desde el primer día la tenebrosa Cheka (el órgano de seguridad interna del estado; la policía política, pues) y reorganizar las fuerzas armadas bajo la dirección de Trotsky, lo que dio origen al Ejército Rojo.

Sin hacer un juicio de valor, estoy seguro de que allá habría sido imposible un ridículo golpe de estado al estilo de Victoriano Huerta, pues la Cheka era, a más de otras cosas nada simpáticas, extremadamente eficaz y antes de que se hubiera dado cuenta Huerta habría sido detenido y liquidado, para usar el término correcto. Nada de juicios ni zarandajas de ésas...

Y en cuanto al Ejército Rojo, fue fundamental para hacer frente a los embates de dentro y de fuera durante el período de 1917 a 1923, en la Guerra Civil Rusa que sobrevino después de la Revolución Soviética. El saldo de esa guerra fue verdaderamente terrible: alrededor de veinte millones de personas muertas en menos de siete años, de 1917 a 1923, las tres cuartas partes civiles y casi cuatro millones de soldados en batalla, de uno y otro lado.

Un aspecto que me llama la atención en particular es que la mayor parte de los mandos del Ejército Rojo en esos años llegó a estar constituida por jefes y oficiales ex-miembros de los ejércitos zaristas, reconociendo que la capacidad militar no puede improvisarse y no se puede sustituir por buena voluntad y echarle ganas, a la mexicana. Cierto es que cada destacamento militar contaba, además, con un comisario político designado por el partido comunista para evitar, es de suponerse, cualquier intento de salirse del redil.

Pero, al grano, pues. ¿Y la revolución mexicana? Como ya dije, Madero logra sacar a Díaz del gobierno, pero Zapata rompe con Madero; poco más de un año más tarde, Huerta elimina a Madero; Carranza, junto con Obregón, Villa (por cierto, éste fue nombrado brigadier por Madero; menuda carrera militar la de Villa, ¿no?, de robavacas a general brigadier, por dedazo) y otros, se levanta en armas para combatir a Huerta, quien renuncia en julio de 1914. Y así, sucesivamente, hasta el final..., Carranza manda matar a Zapata, Obregón manda matar a Carranza y Villa muere en una acción de justicia retributiva. ¿Esto es lo que vamos a celebrar?

Desde luego, me parece que la intensidad de nuestra revolución no guarda proporción con la de la soviética. La fama militar de Villa (que, debo confesar, me parece un psicópata analfabeto y sanguinario) se basa en unas cuantas escaramuzas que en otra parte no serían dignas de mención. La toma de Zacatecas, por ejemplo, en junio de 1914, es hoy celebrada en el portal web de la Secretaría de la Defensa como el anuncio de grandes hazañas, a pesar de que apenas unos meses después, en abril de 1915, su célebre División del Norte haya sido hecha trizas en Celaya por Álvaro Obregón y la carrera de Villa truncada (no me explico cómo es que le pusieron el nombre División del Norte a una de las avenidas más importantes de nuestra ciudad de México, cuando que no merecería llevarlo ni un pobre callejón).

Y una más: habría sido, a mi juicio, un gesto de grandeza y virtud ciudadana que todos los jefes y caudillos de la época de la Revolución renunciasen a sus títulos y grados militares al término del conflicto armado (me refiero, claro está, a quienes no los hubieran obtenido por la vía del escalafón regular a partir de la formación inicial en el Colegio Militar o equivalente). Pero creo que habría sido mucho pedir y, de todos modos, no hubiera sido suficiente.

Pero, hemos de celebrar, pues, el bicentenario con resignación... y optimismo.