Esta temporada de fiestas “bicentenarias” me deja algunas reflexiones que quiero compartir con mis amigos y lectores.
Much ado about nothing es la shakespeariana frase que resume mi pensamiento al respecto. Y es de lamentarse que, una vez más, gobierno e instituciones privadas se regodeen en presentarnos una serie de eventos seudo históricos como una trama ordenada, con principio y fin, donde descuellan personajes ficcionales que no tienen un ápice de verosimilitud. Y no sólo no son verosímiles, sino que cada uno aparece retratado en diferentes versiones contradictorias: la abominable serie de Televisa – “Gritos de muerte y libertad”, de una vulgaridad apabullante -, la película “Hidalgo; la historia jamás contada”, de la cual solo ví unas cuantas escenas; la de Discovery Channel: “El grito que sacudió a México”, y la de National Geographic Channel: “Hidalgo, la verdadera historia”.
Por supuesto, no pretendo tener un conocimiento especializado en el tema solo por haber visto unos cuantos programas de televisión y leído unos cuantos libros de historia de México. Sí me queda, en cambio, la sensación de que hay una falta de rigor en el tratamiento de los especialistas – quizá por mi formación en un área donde los hechos se presentan sin subjetividad y las interpretaciones no dependen de la nacionalidad o la filiación política o religiosa de quien las hace. Así, a fin de cuentas, nuestra historia nacional termina siendo un pot-pourri de fechas, nombres y eventos desordenados y frecuentemente inverosímiles. La consecuencia es que no se entiende (ni yo ni nadie) a este país.
Ya he mencionado anteriormente algunas de mis objeciones a que se sacralice al cura Hidalgo como “Padre de la Patria”. No se requiere un gran conocimiento para llegar a la conclusión de que ni ideológicamente, ni intelectualmente, ni militarmente, ni políticamente reúne este personaje cualidades que lo hagan merecedor a tal distinción. Era miembro de un grupo de criollos conspiradores en busca de terminar, sí, con los privilegios políticos y económicos de los españoles peninsulares, pero solamente para hacerlos extensivos a su grupo, no para lograr independencia de España y menos para acabar con la hegemonía de la Corona española. Y su “grito”, no olvidemos, incluía el “Viva Fernando VII”.
Y, pensándolo bien, hay otro aspecto de ignominia que sólo se menciona de pasada en el recuento del breve paso de Hidalgo por aquella guerra: la espantosa degollina de los españoles refugiados en la Alhóndiga de Granaditas; hombres, mujeres y niños apaleados, violados y destripados por la plebe sedienta de sangre, legitimada por el “mueran los gachupines” que se había incorporado a las arengas del cura y que, aún hoy, resuena ocasionalmente en las celebraciones septembrinas. Hidalgo no quiso, o no pudo, frenar a la turba en ese momento, pero no cabe duda de que él fue quien propició los acontecimientos. ¿No sería el momento de que nuestra ilustre Comisión Nacional de los Derechos Humanos tomara cartas en el asunto y emitiera, por lo menos, alguna recomendación para los que ensalzan la memoria de quien, ahora, sería considerado un criminal de guerra?