En general, la distancia nos da una mejor perspectiva, y creo que es una buena costumbre – para el observador de la realidad nacional - alejarse de tiempo en tiempo para enfocarse en las cuestiones de fondo y no perderse en los detalles, casi siempre insustanciales, con que nos agobia la lectura cotidiana de la prensa escrita. La de nuestro país, digo, pues frecuentemente he comparado el tiempo que dedico a hojear los diarios que la maravilla tecnológica del internet pone a mi disposición y, bueno, de los diez o quince minutos que me lleva la lectura del Reforma dominical de México a la hora y media que habría que dedicar a El País o a Le Monde o al New York Times, pues hay una gran diferencia.
Y es que el signo del México actual es la frivolidad. No hay interés por involucrarse seriamente en nada – o, cuando mucho, solamente dentro de los límites estrechos de la actividad profesional - ; de ahí, pues, que nuestros diarios dediquen más espacio a temas triviales, o bien que aborden los asuntos de mayor importancia solo de manera superficial, recurriendo más a la expresión vehemente o al lirismo desenfrenado que a la reflexión seria y prudente. Y puedo incluir aquí a muchos de nuestros intelectuales. El no sorprendente despliegue de homenajes póstumos, discursos y ditirambos al reciente fallecimiento de Carlos Monsiváis ejemplifica lo anterior. Desde luego, no quiero descalificar a Monsiváis (parafraseando a Cantinflas, digo que ya otros se encargarán de hacerlo), pero no creo errar al usarlo como ejemplo de lo que afirmé antes. Entiendo por qué alguien como la señora Poniatowska se deshaga en elogios y santifique al “cronista de todos los cronistas”; lo que no entiendo es por qué ella se alza como representante de la clase pensante y no hay protestas (y recuerdo, por cierto, la sentencia de Octavio Paz: “Monsiváis no es un hombre de ideas sino de ocurrencias”). En fin, que nadie es profeta en su tierra, pero también hay los que solamente en su tierra son profetas.
Y pongo otro ejemplo reciente: como residente de San Ángel no pude menos que sentirme agraviado por la intención del gobierno del D.F. de cambiar el nombre de la avenida Altavista por “Paseo José Luis Cuevas”. Vivimos en una de las ciudades más inseguras del mundo, con problemas atroces en cuanto al suministro de agua potable, al desalojo de aguas residuales, a la recolección de basura, al transporte público, en fin, en todas las áreas de la incumbencia municipal. Y ahora, como si la intención fuese burlarse de los ciudadanos, nos ofrece una propuesta concreta: ¡cambiar el nombre de una calle! Quienes por ahí vivimos nos sentiríamos contentos si el gobierno de la frivolidad intentase resolver algunos problemas reales y dejara en santa paz a la avenida Altavista.
Aunque, por otro lado, el diario Reforma (23-Jun-2010) recoge en una entrevista al pintor Cuevas la siguiente opinión, a propósito del cambio de nombre a la avenida: “Él tiene su casa, tiene su calle, tiene todo; ¿entonces porque yo no voy a tener exactamente lo que Diego Rivera tuvo?" No entraré a juzgar la equiparación entre Rivera y Cuevas que propone este último (Cuevas, como todos sabemos, es la personificación misma de la frivolidad), y no opinaré sobre si debe tener o no lo mismo que Rivera pero, habiendo tantísimas calles en la ciudad que no tienen nombre (véase, por ejemplo, la Guía Roji, para constatarlo: la cantidad de calles que se designan por número es enorme), ¿por qué no se premia mejor a Cuevas con alguna de ésas? Al oriente de la Av. Plutarco Elías Calles, a lo largo de la calzada Ermita Iztapalapa, o en San Juan de Aragón, por citar solo dos zonas, hay centenares de calles y avenidas que bien podrían usar el nombre del díscolo pintor y satisfacer su ego. No vaya a ser que, si los vecinos de San Ángel logran frenar la impúdica intención del gobierno citadino, se le ocurra pedir en compensación que le pongan su nombre al Paseo de la Reforma.
Y, en otro orden de cosas, veo que se ha armado un revuelo por la advertencia del secretario Gómez Mont a los comisionados de derechos humanos, conminándolos a no convertirse en “tontos útiles de la delincuencia”. Parece que la expresión “tontos útiles” tiene su historia, y suele atribuirse a Lenin su utilización al referirse a los capitalistas que le venderían al estado comunista la soga con que éste los ahorcaría. Claro que Lenin hablaba en ruso (creo más bien que la expresión usada por Gómez Mont proviene del inglés “useful idiots”), así que resulta difícil saber qué es lo que realmente dijo, y más bien parecería que la expresión original en inglés sería “utter simpleton”, usada por Keynes para referirse al presidente Wilson, y que podría traducirse como “completo simplón” o “completo inocentón”. En todo caso, a reserva de que Gómez Mont clarifique el sentido preciso de su expresión, no veo por qué habrían de indignarse los comisionados de marras. ¿No estamos, acaso, en un país donde todo el mundo clama por el respeto a la libertad de expresión? Es evidente que el secretario está haciendo uso de ese derecho, y no tiene nada de reprochable que exprese su opinión (que, me adelanto a decir, comparto plenamente). Ahora, no lo dude usted, vendrán los desgarramientos de vestiduras, en una manifestación más de nuestra mexicana frivolidad.
miércoles, 30 de junio de 2010
domingo, 20 de junio de 2010
Impresiones de Turquía
Una visita relámpago a Turquía, planeada sin más pretensiones que una simple excursión turística, me ha dejado turulato. Además de una visita a las ruinas de Éfeso, uno de los centros destacados de la Grecia clásica y del imperio romano y de cierta importancia, además, en las primeras épocas de la cristiandad, el impacto sobresaliente lo recibimos en Estambul. Es difícil describir esta ciudad – imposible competir con tantos escritores prodigiosos que ya lo han hecho, desde Pierre Loti hasta Orhan Pamuk – y debo confesar que ciertos prejuicios antiguos me habían siempre mantenido sin mayor interés en visitarla. Y no me queda duda, ahora, de que es una de las más bellas ciudades que conozco: lo mismo en sus aspectos naturales, ubicada a ambos lados del Bósforo (cuyo nombre evoca los misteriosos relatos sobre los emperadores otomanos, sus serrallos y las constantes pugnas con sus contrapartes cristianas), que por los imponentes palacios y mezquitas que dominan el paisaje urbano, por un lado y, por otro, las modernas construcciones residenciales que bordean el paso hacia el Mar Negro, que recordarían los panoramas de muchos sitios de la próspera costa occidental de los Estados Unidos.
En los pocos, pero intensísimos, días que estuvimos ahí nos dimos cuenta de que nuestra ignorancia era monumental. Desconocíamos, por ejemplo, que es una ciudad de quince millones de habitantes – tanto o más que nuestra ciudad de México –, con un tráfico caótico, igual que en casa, pero con un sistema de transporte público de primer nivel, a diferencia del nuestro. Y con una vitalidad que se refleja en el movimiento de los centenares de embarcaciones que día y noche transitan por el estrecho, desde los veleros y lanchas deportivas y las pequeñas naves de pasajeros que hacen servicio de transporte de un lado al otro, hasta los enormes petroleros y mercantes que van y vienen de los países en las orillas del Mar Negro. En fin, una ciudad de la cual nos quedamos prendados.
Ahora bien, aparte de los aspectos aparentes de la ciudad – que, por cierto, no es la capital del país, pese a ser la más grande – se pueden apreciar otras cosas que por fuerza requieren adentrarse en la historia remota y reciente del país. Para empezar, es un país musulmán – escuchamos diversas versiones que sitúan entre el 93 y el 99 por ciento a quienes profesan esa religión – pero al mismo tiempo es un estado laico. Lleno de mezquitas que, a las horas acostumbradas, lanzan desde sus minaretes los llamados a la oración que, con toda tranquilidad, son ignorados por la mayor parte de la gente que vemos por la calle. Hay un cierto número de viandantes que llevan el atuendo tradicional, los hombres con sus chilabas y las mujeres con la cabeza cubierta o incluso llevando la burka, pero la mayor parte lleva vestimenta europea y llegamos a ver buen número de jóvenes mujeres con vestidos que aun en España llamarían atrevidos. Pero hay un alto grado de tolerancia al respecto, por lo que se puede apreciar; se ven grupos de jovencitas departiendo en los cafés, algunas con velo y otras sin él, como si nada. La venta y el consumo de alcohol es totalmente libre, como en cualquier país occidental. Y siendo musulmán, no es un país árabe, lo que a nosotros nos pareció algo extraño. El idioma es absoluta y totalmente incomprensible, aunque usan el alfabeto latino, si bien con algunas letras levemente modificadas para adecuarse a fonemas que no corresponden a ese alfabeto.
Bueno, y va un pequeño breviario cultural. Desde mediados del Siglo XV se consolidó el imperio otomano, que fue durante siglos una de las entidades políticas más importantes del mundo y una permanente piedra en el zapato para el cristianismo en la lucha por el control del Mediterráneo. En 1571, con la derrota de la flota otomana en la batalla de Lepanto, se frenó el expansionismo turco en el Mediterráneo occidental, pero el imperio se mantuvo hasta el final de la primera guerra mundial, en 1918. Es decir, Turquía nunca fue un país sojuzgado, y durante casi quinientos años mantuvo un status de potencia imperial.
Ahora bien, lo que sucede en las tres décadas entre 1915 y 1945 es realmente impresionante (y debo confesar que lo ignoraba hasta ahora, cuando mi visita a Estambul hizo imprescindible documentarme al respecto). Bien, para no aburrir al lector diré rápidamente que en la guerra de 1914-1918 Turquía estaba aliada con Alemania, y la derrota tuvo como consecuencia que los ejércitos victoriosos ocuparan el país. Pero esto tuvo el efecto de alimentar el nacionalismo turco y antes de cuatro años los ejércitos de ocupación, principalmente los británicos, incapaces de controlar el movimiento nacionalista, se vieron forzados a abandonar el país. ¡Sólo cuatro años! En ese corto lapso se expulsaron las fuerzas de ocupación, se abolió el imperio otomano de casi cinco siglos de antigüedad, se constituyó la república de Turquía y este país volvió a tomar el control de una de las zonas estratégicas más importantes del mundo, a saber, el paso del Egeo al Mar Negro que, obviamente, era el botín más codiciado por las naciones contendientes. ¡Absolutamente increíble!
¿Cómo entender eso? Claro, fue la ola de nacionalismo turco, pero al frente de ella la figura del gran líder Mustafá Kemal, que fue electo presidente de la república en 1923 (y recibió el nombramiento honorífico de Atatürk - padre de los turcos – en 1934). Este personaje, cuyo prestigio se basó inicialmente en su estrategia para derrotar a los británicos en la sangrienta batalla de Gallipoli, estuvo al frente del estado turco hasta su muerte, en 1938, y en esos quince años impulsó su modernización con una serie de medidas que son difíciles de entender para alguien que viene de un país que en los últimos noventa años no ha podido poner en práctica cabalmente un proyecto de nación. Entre otras cosas, logró:
- Abolir el imperio otomano e instituir una república democrática parlamentaria.
- En un país musulmán, imponer el estado laico y dejar fuera del juego a los clérigos (para comparación, véase lo que está sucediendo ahora en Argelia).
- Forzar el cambio de la escritura, imponiendo el alfabeto latino.
- Imponer, como tarea esencial para el estado turco, la unificación y modernización de la educación, dejando claro que la liberación de un país solamente es posible con un sistema educativo eficaz. Es interesante mencionar que tuvo, como asesor para este proyecto, al filósofo norteamericano John Dewey (¿se imagina el lector lo que pasaría en nuestro país si el presidente invitara a un norteamericano para asesorarlo en materia educativa?).
- Incorporar a la mujer con plenos derechos, suprimiendo la costumbre todavía prevalente en los países árabes de subordinación al hombre. El otorgamiento de la igualdad jurídica entre los sexos se adelantó incluso a varios países europeos.
- Con la modernización de la escritura, impulsó la lectura del Corán en idioma turco, lo que puso al alcance de todos el acceso a los textos religiosos, suprimiendo así el control de los clérigos sobre su interpretación.
- Con una actitud pragmática llevó a cabo la reforma del sistema jurídico turco basándose en los modelos suizo e italiano, eliminando, entre otras cosas, los tribunales islámicos.
- Bueno, hasta la indumentaria, pues poniendose él mismo como ejemplo se generalizó el uso de la moda europea y se obligó a todos los empleados públicos a utilizar ese atuendo.
Como puede notarse, me he quedado profundamente impresionado con aquel país. Y con la evidencia de que es posible hacer cambios profundos en relativamente corto plazo. ¿Seremos los mexicanos capaces de algo igual?
(Por afortunada coincidencia, ha aparecido en el diario El País de hoy un artículo de Juan Goytisolo - excelente, como siempre - sobre el tema de Turquía, que recomiendo sin reservas a quien quiera conocer un poco más sobre ese país y su paradójica relación con la Unión Europea).
En los pocos, pero intensísimos, días que estuvimos ahí nos dimos cuenta de que nuestra ignorancia era monumental. Desconocíamos, por ejemplo, que es una ciudad de quince millones de habitantes – tanto o más que nuestra ciudad de México –, con un tráfico caótico, igual que en casa, pero con un sistema de transporte público de primer nivel, a diferencia del nuestro. Y con una vitalidad que se refleja en el movimiento de los centenares de embarcaciones que día y noche transitan por el estrecho, desde los veleros y lanchas deportivas y las pequeñas naves de pasajeros que hacen servicio de transporte de un lado al otro, hasta los enormes petroleros y mercantes que van y vienen de los países en las orillas del Mar Negro. En fin, una ciudad de la cual nos quedamos prendados.
Ahora bien, aparte de los aspectos aparentes de la ciudad – que, por cierto, no es la capital del país, pese a ser la más grande – se pueden apreciar otras cosas que por fuerza requieren adentrarse en la historia remota y reciente del país. Para empezar, es un país musulmán – escuchamos diversas versiones que sitúan entre el 93 y el 99 por ciento a quienes profesan esa religión – pero al mismo tiempo es un estado laico. Lleno de mezquitas que, a las horas acostumbradas, lanzan desde sus minaretes los llamados a la oración que, con toda tranquilidad, son ignorados por la mayor parte de la gente que vemos por la calle. Hay un cierto número de viandantes que llevan el atuendo tradicional, los hombres con sus chilabas y las mujeres con la cabeza cubierta o incluso llevando la burka, pero la mayor parte lleva vestimenta europea y llegamos a ver buen número de jóvenes mujeres con vestidos que aun en España llamarían atrevidos. Pero hay un alto grado de tolerancia al respecto, por lo que se puede apreciar; se ven grupos de jovencitas departiendo en los cafés, algunas con velo y otras sin él, como si nada. La venta y el consumo de alcohol es totalmente libre, como en cualquier país occidental. Y siendo musulmán, no es un país árabe, lo que a nosotros nos pareció algo extraño. El idioma es absoluta y totalmente incomprensible, aunque usan el alfabeto latino, si bien con algunas letras levemente modificadas para adecuarse a fonemas que no corresponden a ese alfabeto.
Bueno, y va un pequeño breviario cultural. Desde mediados del Siglo XV se consolidó el imperio otomano, que fue durante siglos una de las entidades políticas más importantes del mundo y una permanente piedra en el zapato para el cristianismo en la lucha por el control del Mediterráneo. En 1571, con la derrota de la flota otomana en la batalla de Lepanto, se frenó el expansionismo turco en el Mediterráneo occidental, pero el imperio se mantuvo hasta el final de la primera guerra mundial, en 1918. Es decir, Turquía nunca fue un país sojuzgado, y durante casi quinientos años mantuvo un status de potencia imperial.
Ahora bien, lo que sucede en las tres décadas entre 1915 y 1945 es realmente impresionante (y debo confesar que lo ignoraba hasta ahora, cuando mi visita a Estambul hizo imprescindible documentarme al respecto). Bien, para no aburrir al lector diré rápidamente que en la guerra de 1914-1918 Turquía estaba aliada con Alemania, y la derrota tuvo como consecuencia que los ejércitos victoriosos ocuparan el país. Pero esto tuvo el efecto de alimentar el nacionalismo turco y antes de cuatro años los ejércitos de ocupación, principalmente los británicos, incapaces de controlar el movimiento nacionalista, se vieron forzados a abandonar el país. ¡Sólo cuatro años! En ese corto lapso se expulsaron las fuerzas de ocupación, se abolió el imperio otomano de casi cinco siglos de antigüedad, se constituyó la república de Turquía y este país volvió a tomar el control de una de las zonas estratégicas más importantes del mundo, a saber, el paso del Egeo al Mar Negro que, obviamente, era el botín más codiciado por las naciones contendientes. ¡Absolutamente increíble!
¿Cómo entender eso? Claro, fue la ola de nacionalismo turco, pero al frente de ella la figura del gran líder Mustafá Kemal, que fue electo presidente de la república en 1923 (y recibió el nombramiento honorífico de Atatürk - padre de los turcos – en 1934). Este personaje, cuyo prestigio se basó inicialmente en su estrategia para derrotar a los británicos en la sangrienta batalla de Gallipoli, estuvo al frente del estado turco hasta su muerte, en 1938, y en esos quince años impulsó su modernización con una serie de medidas que son difíciles de entender para alguien que viene de un país que en los últimos noventa años no ha podido poner en práctica cabalmente un proyecto de nación. Entre otras cosas, logró:
- Abolir el imperio otomano e instituir una república democrática parlamentaria.
- En un país musulmán, imponer el estado laico y dejar fuera del juego a los clérigos (para comparación, véase lo que está sucediendo ahora en Argelia).
- Forzar el cambio de la escritura, imponiendo el alfabeto latino.
- Imponer, como tarea esencial para el estado turco, la unificación y modernización de la educación, dejando claro que la liberación de un país solamente es posible con un sistema educativo eficaz. Es interesante mencionar que tuvo, como asesor para este proyecto, al filósofo norteamericano John Dewey (¿se imagina el lector lo que pasaría en nuestro país si el presidente invitara a un norteamericano para asesorarlo en materia educativa?).
- Incorporar a la mujer con plenos derechos, suprimiendo la costumbre todavía prevalente en los países árabes de subordinación al hombre. El otorgamiento de la igualdad jurídica entre los sexos se adelantó incluso a varios países europeos.
- Con la modernización de la escritura, impulsó la lectura del Corán en idioma turco, lo que puso al alcance de todos el acceso a los textos religiosos, suprimiendo así el control de los clérigos sobre su interpretación.
- Con una actitud pragmática llevó a cabo la reforma del sistema jurídico turco basándose en los modelos suizo e italiano, eliminando, entre otras cosas, los tribunales islámicos.
- Bueno, hasta la indumentaria, pues poniendose él mismo como ejemplo se generalizó el uso de la moda europea y se obligó a todos los empleados públicos a utilizar ese atuendo.
Como puede notarse, me he quedado profundamente impresionado con aquel país. Y con la evidencia de que es posible hacer cambios profundos en relativamente corto plazo. ¿Seremos los mexicanos capaces de algo igual?
(Por afortunada coincidencia, ha aparecido en el diario El País de hoy un artículo de Juan Goytisolo - excelente, como siempre - sobre el tema de Turquía, que recomiendo sin reservas a quien quiera conocer un poco más sobre ese país y su paradójica relación con la Unión Europea).
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